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14 julio, 2015

Jorge Pérez y Beatriz Sotelo “Nos sentimos orgullosos de esta artesanía y de nuestro trabajo”

Lo que más me llamó la atención fue lo ceremonioso de su actitud y las extensas indicaciones que me dio para llegar a su casa, tan específicas y bien intencionadas que mi cabeza las iba perdiendo tras anotar un par de detalles sobre cada instrucción. El lugar que dio como referencia el artesano textil Jorge Pérez era una plaza, la única, que había cerca de su hogar. La nostalgia de ver niños y niñas jugando flotaba sobre la insípida sensación que proponía la cancha vacía, la tierra pegada al suelo, y las bancas sedientas de un amor dominical.
Golpeé la puerta y apareció raudo. Su actitud solemne era al mismo tiempo tan liviana que me confundió. Me recibió con una sonrisa en la cara, como gusta que lo reciban a uno en otras casas, y caminamos hasta su taller. Apenas entramos a dicha habitación apareció su esposa, Beatriz Sotelo, y ambos tomaron posición de trabajo. “Esto es lo que hacemos” dijo Jorge mientras el paleteo en el telar llenaba la sala de preguntas.
Doñihue
Los chamantos y las mantas, me explican entre los dos, tienen un gran peso en cuanto a la representatividad. Quienes hacen uso de estas prendas son los corraleros y los folcloristas, donde los diseños y colores de sus vestimentas cargan la identidad de la familia o de la institución que les toque representar. Los competidores, en cada campeonato de cueca o jornada de rodeo, llevan una ornamenta que los diferencia del resto.
La cuna de esta artesanía está en Doñihue. Jorge me cuenta sus recuerdos referentes a dicha localidad, los cuales narra con estas palabras:
“Es un pueblo pequeño a unos 45 kilómetros del centro de Rancagua. Usted rodea por la carretera el río Cachapoal y llega a Doñihue a los 20 minutos de andar en auto. Antiguamente era de calle polvorientas; yo me acuerdo de haber ido a Doñihue cuando no había pavimento, pero sí una chamantera casa por medio. El paleteo se escuchaba desde que usted ingresaba al pueblo. Ahora, en estos días, encontrar una chamantera en Doñihue es muy escaso.”
¿Qué tan antigua es la tradición chamantera?
“Mi abuela aprendió allá en Doñihue. Imagínese que ella nació en 1913 y que en Doñihue ya había varias generaciones de tradición chamantera: la persona que le enseñó a mi abuela, la persona que le enseñó a esa otra persona, y así para atrás. Yo calculo que esta tradición debe tener fácilmente unos doscientos años”.
Beatriz complementa:
“La artesanía chamantera viene de la artesanía de los mapuches y de lo que ellos hacen en sus telares. Según sabemos nosotros, la técnica del chamanto la perfeccionó una ciudadana francesa. Ella trajo hilos más finos y empezó a cuidar más los detalles. Comenzó a poner diseños en las telas, como flores y colores que fuesen más representativos de quien hacía la manta o de quien la usaba”.
Ambos disfrutan explicando lo que hacen. Tienen sus telares para repasar con detalle los conceptos que no alcanzo a comprender. Nos reímos entre medio. Cuentan la historia de sus vidas con una alegría que contagia. Jorge es quien ha heredado la tradición y Beatriz la ha recibido como dote desde su matrimonio. Él lleva más de treinta años y ella casi 20, pareciera que aún les queda mucho tiempo más.
La importancia del patrimonio
Empapado del sano entusiasmo que han demostrado con respecto a su oficio, les pregunto si están dispuestos a enseñar la técnica a alguien más. Jorge apunta con un ademán los otros dos telares en la sala, esos que están desiertos y que no utilizan ni él ni su mujer.
“Claro que sí. Esos telares que usted ve ahí los usan un matrimonio joven que trabaja con nosotros. Ellos se acercaron y tuvieron la disposición de aprender. Ya llevan como seis meses trabajando aquí. A todas las personas que estén interesadas yo estoy dispuesto a enseñarles.”
¿Le parece importante conservar la tradición?
“Por supuesto. Y mantenerla tal cual se me enseñó a mí, sin alterar los dibujos ni hacer inventos que echen a perder las piezas. Hay que preservar los detalles porque si no la artesanía se muere.”
Jorge hace una demostración con la paleta, la cual me ha dicho que se fabrica de corazón de espino, madera noble nativa de nuestro país y que tiene la resistencia necesaria para dar golpes fuertes que afirmen el tejido. “Si uno no golpea fuerte, por ejemplo, el chamanto se le puede desarmar después” dice mientras retumba un mazazo en el telar. Beatriz toma la palabra.
“Ha habido otros estilos de tejido. Mi suegra vio un tejido liso y firme, el llamado chamanto con crescidura, y que hoy en día nadie sabe hacer porque nadie lo enseñó. Mi suegra no tuvo la oportunidad de aprender y, aunque lo vio, no sabe cómo realizarlo. Esa técnica se perdió en el tiempo”.
Jorge agrega: “Hay mucha gente que ha pasado por acá para aprender y yo siempre estoy dispuesto a compartir lo que se”.
Jorge y Beatriz dicen que muchas veces llega gente con ganas de aprender y que muchos de ellos se aburren rápidamente. Explican que el trabajo chamantero involucra muchas horas de actividad, que ellos comienzan a trabajar a las nueve de la mañana y que a veces terminan su jornada pasado de la medianoche. Tardan meses en hacer un chamanto y el cansancio de aquello se acumula con los años.
Su tiempo con la Fundación
Jorge trabaja con Artesanías de Chile desde que la fundación existe. En sus palabras, explica que el trabajo con la fundación le resulta bastante funcional: “Ha sido beneficioso y estoy muy conforme. Además del par de mantas mías que tienen en exhibición, ellos me ayudan bastante con la labor de venta. Nosotros pasamos mucho tiempo trabajando en las piezas, por lo que salir a ofrecer y vender el producto es muy difícil. A veces voy a rodeos para ofrecer mis chamantos y eso sería todo. Así que me resulta una ventana súper buena. La Fundación, junto a las recomendaciones que hacen los clientes que quedan satisfechos, son mis únicos canales de venta”.
La manta que tienen en el museo es de 1996. Aquella pieza fue comprada por la red de artesanos, quienes de paso le invitaron a formar parte de ella. La Fundación Tiempos Nuevos compró el chamanto con la promesa de volverlo parte de un museo itinerante. El tejido de Jorge continúa formando parte del actual espacio que Fundación Artesanías de Chile tiene a disposición del público en el Centro Cultural del Palacio La Moneda.
El futuro
“Lo bueno de esto es que, aunque se maneje la misma técnica, ningún trabajo queda igual al otro. Los detalles son tan pequeños que no se pueden notar, pero para nosotros, que llevamos años, nos parecen evidentes. Uno a veces se equivoca sin querer y tiene que solucionarlo. Ahí se va creando lo único de cada pieza”.
Les encanta trabajar juntos y administrar sus propios tiempos. Lo único que lamentan son las vacaciones, las cuales no se dan nunca por su devoción al trabajo y lo demandante de este. A pesar de eso les gusta lo que hacen y saben que lo hacen bien. “Nos sentimos orgullosos de esta artesanía y de nuestro trabajo” dice el siempre sonriente Jorge.
Antes de irme le pregunto si seguiría en esto mucho tiempo más. “Si mi vista y mis manos no me fallan, voy a seguir en esto hasta que me den las fuerzas. Con esto, mi mente se mantiene activa y además hago ejercicio. Imagínese que mi mamá tiene setenta y tantos años y sigue paleteando”.
La despedida en la puerta fue menos ceremoniosa, pero no menos liviana. De ahí la caminata hasta la plaza, con los niños que no estaban y las bancas vacías. Ya no se veía tan desolador como al principio y no porque algo hubiese cambiado. Quizás había más luz que antes o, definitivamente, era una señal de que la nostalgia que flota nunca se encuentra afuera de uno.
Periodista: Alfredo Rojas
Fotografía: María Paz Arias