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25 septiembre, 2015

Nancy Cortínez, artesana en crin de caballo Colores de Rari

Alguien nos comentó en algún momento que Nancy era una mujer sumamente agradable y, a decir verdad, eso nos dio mucha confianza. Su voz al teléfono daba señales de que así sería, de que no teníamos espacios para dudarlo, de que todo saldría bien pasara lo que pasara, dijésemos lo que dijésemos, hiciéramos lo que hiciéramos.

Llegamos hasta la comuna de San Miguel y nos paramos frente a su casa. Antes de que entráramos amarraron al perro que pululaba con timidez intimidante por todo lo largo del patio, esos patios que pueden acoger la aparatosa carrocería de un par de autos o un par de camionetas. El joven que amarró al perro era, según nos enteraríamos más tarde, la pareja de una de las hijas de Nancy, un tipo altísimo y flacuchento con una expresión liviana en el rostro. Buscamos a Nancy con la mirada. No pudimos encontrarla hasta que ella nos encontró a nosotros.

Salió de la casa y atravesó el patio para abrir la reja del portón. Sus saludos y comentarios venían siempre con una sonrisa adjunta, una demostración del derroche de simpatía que nos entregaría minutos después. Cruzamos el umbral de la puerta y nos repartimos por la sala de estar. Dos sillones negros contrapuestos hicieron el llamado a una charla que comenzó cauta y simple, aferrada a la pauta mental que diseñé para obtener lo que quería.

La alegría de la niñez

Nancy Cortínez nació en Panimávida, una pequeña localidad en la Región del Maule, ubicada a unos pocos kilómetros de Linares. Panimávida se sustenta económicamente gracias a la atracción turística que representan las termas ubicadas en el sector. La artesanía en crin de caballo proviene de un pueblito llamado Rari, cercano a Linares y Panimávida, donde desde principios del siglo XIX se desarrolla dicha actividad. Es aquella cercanía entre las distintas localidades nombradas la que volvió el tejido en crin un oficio representativo de la familia de Nancy.

La primera persona en la familia que aprendió la artesanía fue su bisabuela. Los productos significaron siempre un ingreso extra, puesto que la actividad turística del sector propiciaba un tránsito monetario idóneo para las ventas artesanales. Ella dice que aprendió más por juego que por obligación. Las tardes en que su madre y sus tías enfocaban sus mentes en entrelazar y doblar aquellos hilos gruesos y de alegres colores, ella flotaba por el sitio con la ligera personalidad y drástica inocencia que caracteriza a los niños, queriendo jugar a la adultez aunque fuera un instante.

En la actividad se le dio un espacio para la distención y la parsimonia. Aquella bella artesanía, tan ínfima y delicada, encaja irremediablemente con su voz tenue y sus maneras livianas de comportarse. Las primeras producciones propias llegaron en su adolescencia, donde la fineza de sus figuras le significaron ingresos que pintó sobre los demandantes bosquejos que presenta la juventud.

El tiempo le trajo cambios, con esa forma inevitable en que la narrativa que posee vida los trae. Contrajo matrimonio y tuvo hijos. De Rari debió emigrar a Santiago para aportar en la educación de Natalia, hija que nació con sordera y que, por ende, quedaba a la deriva en la menoscabada integración que este país entrega en sus descentralizadas regiones. Bajo la misma premisa debió abandonar la artesanía y concentrar sus esfuerzos en ayudar a su hija, lucha que ha tenido los resultados que ella esperaba.

La mesa inundada

Al preguntarle por los tipos de figura que elabora se levanta y desaparece de la escena por un par de minutos. Sus pasos se oyen más lentos, crecientes y arrítmicos en la lejanía, deambula por su casa, pero también por su historia. Cuando regresa, lo hace cargada con cajas de materiales y productos, ofreciéndonos mirar y tocar lo que queramos. Nosotros no nos atrevemos a tocar.

Marcadores de libros, collares, mariposas, brujas, damas antiguas y ángeles en época de navidad. Explica que elabora los productos según los pedidos de la Fundación Artesanías de Chile y de los clientes que desde hace años le compran. Tras cada pequeña explicación acerca de sus trabajos va dejando ejemplos de los tipos de productos sobre la mesa de centro, la cual se vuelve cada vez más pequeña conforme pasan los minutos. Las figuras que realiza son representaciones de épocas que albergan los cimientos de nuestra actualidad, como las damas antiguas que diseña y que visten los vestidos largos y anchos propios de esos tiempos en suspensión.

Dice también que le encanta enseñar. Cada vez que las complicaciones que representan el tiempo y el dinero no son un peso demasiado importante, se da la tarea de compartir sus conocimientos. “La gente valora más esta artesanía cuando se da cuenta de la inversión que significa”. Los niños son los que más le impresionan, quienes junto a sus juegos y risas ensamblan un respeto hacia el trabajo que le emociona.

Ha realizado múltiples talleres en diferentes lugares del país. Puerto Varas, Linares, Antofagasta y Santiago son algunos de los sitios en los que ha enseñado a tejer. Hoy trabaja en el Centro Penitenciario Femenino de San Joaquín, en una actividad que califica de enriquecedora debido a los intercambios de perspectiva que obtiene de las diferentes historias y personalidades de aquellas mujeres privadas de su libertad ambulatoria.

Una última foto

Los aspectos técnicos e históricos de los que necesitábamos saber de ella quedan al descubierto muy pronto y la charla evoluciona. Sus dos nietos le hacen brillar aún más los ojos, sus hijas le significan aún más sonrisas, su madre, a quien podemos ver en un cuadro colgado en la sala principal, es aún más motivo de orgullo. Pronto tiene que viajar al sur a atender un negocio familiar que nada tiene que ver con artesanías. Parece exigente, pero ella sonríe.

El tiempo llevaba una siesta larga esa mañana y los minutos que duraría esa conversación se transformaron en horas. Ahora estamos más entrados en confianza y no hay artesanía que dejemos descansar en la mesa. No nos quedan dudas de que son bellas creaciones o quizás así nos lo ha hecho sentir. Le pedimos que nos deje fotografiarla trabajando y ella accede. Mientras manipula el crin de caballo con paciencia y elegancia, sonríe como ha sonreído durante toda la mañana. Ese encanto que se encuentra en el ímpetu infantil sigue saliendo de sus ojos, como si desde su primer intento con el tejido no hubiesen pasado ni dos domingos. Y ahí estamos nosotros, viéndola tejer, viéndola sonreír.