Logo Fundación artesanías de Chile

25 septiembre, 2015

“Somos una cultura viva” Antonio Paillafil, maestro artesano tallador mapuche

Paillafil se despidió de nosotros con una parsimonia que a esas alturas ya no nos impresionaba e inmediatamente atendió el llamado de alguien que no alcanzábamos a ver. Su figura, o quizás la investidura que le daba la conversación que habíamos sostenido, hacía juego con aquella fachada que escasamente habíamos contemplado antes. Lo miramos caminar directo hacia una esquina y se nos hizo evidente que en los próximos segundos desaparecería de nuestra vista.

Una de las cosas que más impresión me causó fue su equilibrado sentimiento de resignación y molestia en torno a su nombre y a la forma en que el pueblo chileno se lo había deformado. Me había comentado momentos antes que Paillafil Llanquileo era su nombre verdadero, donde Paillafil significa serpiente tranquila y Llanquileo piedra de río. “Nosotros no tenemos apellido, pero cuando me fueron a inscribir en el registro civil la gente occidental exigió que yo tuviese un nombre. Todo fue muy extraño, porque los que eran mis nombres pasaron a ser mis apellidos”.

La gente del lugar charlaba sonriente dentro de la ruca en la que acabábamos de estar, mientras que el sol daba fuertes azotes fuera de ella. La bandera del pueblo mapuche revoloteaba sin patrones. Las cosas tenían sentido, pensé antes de caminar, tanto como la espontaneidad de Paillafil, su forma directa, su solidez, su contundencia, su seguridad y, por sobre todo, su orgullo mapuche.

Serpiente tranquila

Para conversar nos instalamos dentro de la ruca, sentados sobre cualquiera de los troncos que por allí había. No hubo muchos preámbulos. En cuanto se sentó me quedó mirando fijo, como expectante, y yo, que no tenía muy claro por donde sería mejor partir, lancé una tímida primera pregunta: “¿Cómo se llaman los tótems que tallas?”.

“Esas figuras se llaman chemamel o mamelche que significa gente de madera. Che significa gente y mamel madera. En la cultura mapuche puedes leer cruzando las sílabas. Como sea que se pronuncie significa lo mismo”.

Me cuenta que los tótems son figuras astrales que pertenecen singularmente a cada mapuche, en un mundo donde todo tiene que ver con una existencia que supera la materialidad. Dice que su cultura no cree en una muerte tan brutal como la que se suele pensar, puesto que dicho perecer se realiza solo en términos físicos. “Lo único que se muere es la materia. Nosotros sabemos que paralelo a ese tránsito existe una vida espiritual y, por lo tanto, el miedo que la muerte provoca en la cultura occidental, esa idea de que tú tienes un inicio y que tienes un final, nosotros no la tenemos”.

Las maderas que utiliza en sus trabajos pertenecen a árboles nativos distribuidos a lo largo de este suelo. En particular, hace uso del Ciprés debido a su alto contenido resinoso. Me explica que las maderas nobles tienen un gran vigor dentro y fuera de ellas, cualidad que las hace resistentes al sol, la lluvia y el frío. Finalmente agrega con respecto a su trabajo: “Hoy en día no solo hago tótems. Ahora también estoy descifrando la simbología mapuche. Esta simbología es muy sencilla, pero es muy grande y rica en contenido, y tiene que ver con la cosmovisión de nuestro pueblo”.

Resguardando el patrimonio

Paillafil rescata el acercamiento que tiene la gente hacia sus trabajos. Cree firmemente en que hay una necesidad dentro de las personas por conocer otras verdades que superen aquel espacio rutinario que determinan las estructuras económicas regentes. Me cuenta que antes de empezar a tallar una pieza efectúa un rito de purificación, un baño con agua limpia de la interacción humana la cual consigue en alguna cascada del Cajón del Maipo. “Los mapuches vivimos de rituales y por eso no tenemos una semana santa. Para nosotros desde que nacemos, en cada día y a cada hora, todo es santo”.

Me explica que ha trabajado en diversos lugares de Santiago, recorriendo comunas como Peñalolén, Pudahuel, Quinta Normal, Buin, Paine, entre otras. La idea de su trabajo es generar un efecto dominó capaz de combatir el genocidio intelectual que occidente promueve hacia los pueblos originarios. Para él, este ataque se debe principalmente a que los pueblos originarios viven al ritmo de la naturaleza, fuera de la estructura que occidente le ha dado al tiempo en torno a la producción. “Nosotros vivimos en base a un calendario de la naturaleza y del movimiento de la tierra, no del dinero”.

Para Paillafil ambos mundos son muy diferentes. “Los pueblos originarios son únicos porque provienen de una cultura ancestral. Las nuevas culturas son híbridas y no tienen una raíz clara; tienen muchos colores y mezclas y les es difícil saber de dónde vienen. Nosotros en cambio tenemos todo a mano. Nuestra cultura la respiramos, la palpamos, la comemos. Somos una cultura viva”.

Amarra tu bestia afuera y entra

Le pregunto por una máscara que cuelga en la pared. “Esa máscara se llama yankán. Son las máscaras que usan en los rituales en los que se espanta el mal. Todos los seres humanos nacemos con un mal, inevitablemente, porque somos imperfectos. Ese mal nuestro es la envidia. No existe la envidia sana. Uno tiene envidia porque está pendiente de lo que el otro tiene y no está pendiente de lo que uno mismo tiene. Ese mal hay que extirparlo para poder vivir en armonía. Es como se dice en español: Amarra tu bestia afuera y entra”.

Paillafil me cuenta que el pueblo mapuche lleva constantemente una búsqueda que va más allá de lo material. La materia tiene una existencia finita, siendo tan solo una pincelada de tiempo dentro de la gran historia de la eternidad. No hay un eterno retorno, ni una muerte constante con forma de presente, sino que el espacio que ocupa esta cosmovisión trasciende las narrativas tradicionales y fusiona el espacio de lo eterno con todo aquello que lo quiera encontrar. La vivencia es única. Por lo mismo, su búsqueda apunta a estar en armonía con el entorno y eso incluye a los pares.

Eso mismo es lo que vemos en nuestro cuadro final antes de marcharnos. La gente está alegre dentro de aquella ruca, con la misma simpleza que saborearon hace miles de años. Son las mismas personas, aquellas que saben que pueden abrazar la eternidad y prescindir de la banalidad. Paillafil Llanquileo desaparece definitivamente de nuestra vista al doblar la esquina y nosotros, en silencio, emprendemos el camino de regreso a casa.