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25 Octubre, 2015

“Estoy difundiendo, no rescatando” Leonardo Muñoz, reproducción de cultura atacameña

El departamento de Leonardo Muñoz llama la atención por muchas cosas. Lo primero que saltó a mi vista fue un clarinete descansando sobre una repisa repleta de libros. Había mucho material de lectura repartido por el lugar. Solo revisando la habitación principal se podían obtener datos sobre él y su personalidad, sus gustos e intereses. El Quijote de la Farola (fotografía clásica de la época pre revolucionaria en Cuba) adornaba con gran presencia una de las paredes que quedaban descubiertas. Afiches de encuentros chamánicos revestían otros espacios, así como los vinilos acumulados sobre una vieja estantería colmaban el aire de sonidos inminentes.

Su acercamiento a la cultura atacameña vino por una inquietud musical. De joven, nos cuenta, le encantó la música nortina y se dedicó a explorar sus melodías e implicancias. Hace veinticinco años se unió a una agrupación musical llamada Manka Saya, conjunto donde hasta el día de hoy toca la zampoña y la mandolina. Así se fue sumergiendo en el mundo atacameño, rodeándose de personas que admiraban aquella cultura y viajando a los lugares que habitaron los pueblos precolombinos del norte. En este contexto se aventuró, por hobby, a realizar tallados de figuras que copiaba de antiguos libros.

La reproducción que realiza es de objetos ceremoniales. Particularmente talla tabletas de rapé y todas las piezas complementarias a la función que en tiempos pasados cumplieron. En estas tabletas los chamanes vertían un polvo alucinógeno que les provocaba estados de conciencia con los cuales podían realizar ritos espirituales. El polvo se obtenía desde las semillas de una planta nativa y se molía en un mortero. Se inhalaba con un tubo también tallado en madera, cuya principales fuentes eran el algarrobo, el chañar y algunos árboles amazónicos.

A pesar de ser de Santiago tiene sus raíces en las tierras nortinas. Su madre nació y vivió durante largo tiempo en la localidad de Toco, una salitrera ubicada en un espacio intermedio entre Iquique, Tocopilla y Antofagasta. Dice que esa raíz le cobija a la hora de trabajar con dicha cultura. Fue un libro que encontró por las estanterías de su casa el que encendió la mecha. Siempre ha sido autodidacta. El conocer gente y recopilar material de estudio son los elementos que le llevaron a alcanzar el nivel prolijo que hoy plasma en sus trabajos.

Leonardo lleva diez años tallando. En cuanto a sus ventas, señala que lleva alrededor de cuatro años trabajando junto a Artesanías de Chile y un tiempo similar realizando encargos para el Museo Chileno de Arte Precolombino. “Estoy difundiendo, no rescatando” señala respecto a este oficio. “Me gusta mucho. La parte fome de esto es la parte comercial. Siempre tengo problemas con impuestos internos por la cuestión de las facturas y esas cosas, pero la verdad es que olvido todos esos trámites”.

La confianza en su trabajo la ha ido adquiriendo gracias a la buena recepción de las personas que lo han visto, tanto así, que lo han invitado a participar de diferentes espacios en el continente para exhibir sus reproducciones. “Yo creo que logré alcanzar el nivel de trabajo que esperaba. Ahora lo que más quiero es poder hacer más piezas”. Durante sus tiempos libres se dedica a crear artesanías nuevas, mezclando diferentes materiales y explorando los alcances de su creatividad. “Tallar otras cosas y trabajar con otros materiales me ayuda a mejorar la mano y la técnica” dice.

Nos explica que el proceso de creación tiene muchas etapas. Al momento de recibir un encargo debe investigar en relación a lo que se le pide y realizar un trabajo de observación y aprendizaje antes de tallar. Luego, conseguir la madera en bruto, por lo general raulí, y utilizar la sierra para ajustarla al tamaño necesario. Lo siguiente es tomar el cinzel y trabajar prolijamente la forma y los detalles de la pieza en construcción. La pieza es teñida con extracto de nogal, una  tintura natural que le otorga un color café similar al que poseían las originales. Finalmente las pule y les incrusta las piedras turquesa previamente lijadas y modeladas.

Nos cuenta que le gusta enseñar el tallado, que trabajó en un colegio de educación diferenciada y que la experiencia fue sumamente enriquecedora. Sin embargo, critica la falta de valor que le atribuyen en el mercado al conocimiento que él ha desarrollado, puesto que cuando le quieren contratar para realizar talleres de su especialidad siempre las remuneraciones ofrecidas son bastante bajas.

Antes de irnos nos pregunta, con el relajo que le ha caracterizado, dónde puede ver el producto final de esta conversación. Dice que hace unos meses fueron a fotografiarlo y que nunca le enviaron nada. Esta vez espera que sea distinto. Nos agradece y nos acompaña hasta fuera del edificio, cuidadoso de que su perro no escape. Nosotros dejamos el lugar con la tarea de enviarle todo y emparejar la gratitud.