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Nacida y criada en la Isla de Pascua, Julia Hotus se vino al continente a los 20 años. Y fue aquí en Santiago donde trabajó junto a la organización Orongo, junto a 5 artesanos más de la isla.


¿Cómo aprendiste el trabajo con conchitas?

La artesanía siempre me llamó la atención, mi madre me enseñó y también aprendí mirando a mis tías el trabajo las conchitas de la isla.

Surgió primero como una necesidad ya que estudié solo hasta 8º básico y luego fue el cariño y todo el éxito que me ha entregado este oficio lo que me instó a seguir, ya que a los chilenos les gusta nuestro trabajo y lo compran mucho.

En la isla la artesanía significa relajación, me siento muy orgullosa de mostrar lo que es el trabajo del caracol en la isla, quienes son parte del regalo que nos hace la naturaleza del mar, es parte ornamental para hombres y mujeres, para verse más lindos en los trajes típicos. Que se une también al trabajo con plumas.

¿Qué relación tienes con Fundación Artesanías de Chile?

Hace muchos años que trabajo para Artesanías de Chile, pero luego perdimos rastro para retomar ahora último. Mi padre Lázaro Hotus tiene 95 años y para el reciente Día Nacional de los Pueblos Indígenas que se celebró en La Moneda, vi piezas en la exposición que preparó Artesanías de Chile que eran de él, realizadas con hueso de ballena, eso me llenó de orgullo, además de saber que estas piezas no estaban a la venta sino que eran parte de la colección patrimonial de la Fundación.

El trabajo que se realiza en la Fundación es de primera calidad, aquí he aprendido el valor de los detalles en la presentación de la artesanía, como también en la imagen general, en la entrega de contenido, no solo del producto, sino de su historia, de la historia de nosotros sus creadores y nuestro pueblo, nuestro entorno.

En este viaje también conocí donde se cambió la Fundación, la casa patrimonial donde están ahora, me alegro que la Fundación esté allí ya que son los rescatan a los mejores artesanos del país.

¿Es importante la artesanía en la isla?

Mucho, por ejemplo para el Tapati, la semana Rapanui que se celebra todos los años, los primero 10 días de febrero, une la gastronomía, el arte, la música, el deporte, las lanzas y la artesanía típica, en convivencia y armonía tanto para los isleños como para los que nos visitan.

¿Cómo ha sido tu experiencia en los talleres del Centro Cultural Palacio La Moneda?

Los talleres han sido muy lindos, es tercera vez que vengo aunque la segunda vez los hizo mi hija Siri Hotus. Ahora eso sí considero que están mucho mejor, ya que hay guías que hacen la introducción al taller y que luego me ayudan con los participantes.
Desde la primera vez fue muy interesante ya que aquí llegan tanto chilenos como extranjeros.

También trabajar con niños es muy bueno ya que así saben el trabajo de la Fundación y aprendan lo que es parte del país y del pueblo Rapanui. También es muy bonito que participen grupos de adultos mayores o los que tienen necesidades educativas especiales.

Estar acá me enseña y potencia que no es solo vender mi artesanía, sino que debe estar presente la preocupación por difundir la historia y el rescate inmaterial.

A la gente le encantan las caracolas, es tan importante la manualidad ya que cada uno tiene sus habilidades, cada uno diseña como más les guste, que el niño haga su propia creación lo pone muy feliz.

¿Cómo se llaman las conchitas con las que trabajas?

Son conchitas y semillas, como los ketekete, los pure (conchitas más grandes), los compipi (caracolas finas), los pipiuriuri (conchitas negras), semillas de ceibo, las caracolas tomotótane y las tomotó vahine.

Maururu Taua ara piri (¡Muchas gracias, nos vemos pronto!)

Rodolfo Pichunman vive en una pequeña casa ubicada en la comuna de El Bosque. Comparte el espacio con parte de su familia, en una morada que cubre las necesidades de siete personas además de él. El taller se encuentra en el segundo piso, aunque solamente es una habitación que se ha visto gradualmente invadida por los materiales y herramientas que Rodolfo juntó durante largos años.

Nos ofrece té. Mientras baja a buscarlo al primer piso nos dedicamos a recorrer aquel reducido espacio. Hay una mesa de trabajo con trozos de plata encima. Dos pequeñas ventanas contrapuestas regalan una débil luz, tan cálida y grisácea como el verano que ya se marcha. La radio rellena con una forzada conversación el silencio que ha dejado Rodolfo, el mismo que desaparece en cuanto vuelve a cruzar la puerta con su humeante bebida en la mano.

Los primeros pasos

Rodolfo tiene 43 años y desde hace 13 que trabaja orfebrería. A los 30 años ingresó a estudiar diseño en la Universidad Católica de Temuco. Nos cuenta que allá había un taller de orfebrería y que en ese lugar se involucró con el trabajo en plata. “Me gustó mucho, me encantó, al igual que la cerámica… y al igual que todos los otros materiales” dice riendo. Señala que le parece interesante trabajar manualidades en cualquier elemento, pero que la plata lo cautivó particularmente, tanto así, que hizo su práctica en un taller de trabajo orfebre, intentando observar y aprender lo más posible de aquella experiencia.

Desde eso hasta independizarse pasaron unos cuántos años. El 2008 su madre enfermó y debió volver a Santiago para vivir con ella y cuidarla. Aquella circunstancia le dejó tiempo para comenzar a trabajar en un taller que hasta ese momento no existía. Juntó herramientas de a poco y empezó a ensayar en materiales sólidos los diseños que su mente constantemente creaba. Su madre falleció en enero del 2011.

Los años posteriores a aquel punto de inflexión se los pasó trabajando en metales. Asistió a algunos talleres para mejorar su técnica y comenzó a experimentar con el tallado de madera. “Yo trabajo con madera también. Hago trabajos de orfebrería, madera y la combinación de materiales”. Se reconoce a sí mismo como un reproductor de la orfebrería mapuche y lamenta muchas situaciones históricas que han mermado la preservación de aquella cultura y sus tradiciones.

¿Los diseños en plata tienen algún significado particular?

“Claro que lo hay, pero lo que pasa es que esa información se perdió cuando ocurrió el genocidio y mataron a mucha gente mapuche en los años 70’. La llamada ‘pacificación de la Araucanía’. Toda la gente que conocía los símbolos y tenía esa sabiduría murió. Por lo tanto nosotros nos quedamos sin esa información. Hay muchas cosas de la cultura mapuche que, por lo mismo, aún no se les revela el significado. No hay antecedentes, nadie sabe”.

Rodolfo cree que la platería mapuche es muy menospreciada dentro de las artesanías originarias de Latinoamérica. Nos cuenta que en algunos de los seminarios en que ha participado, la orfebrería mapuche no es correctamente reconocida. “No se habla de platería mapuche. Es como si nunca hubiera existido. El discurso habla de las orfebrerías de otros países y de que acá no hay cultura platera. Pero eso está mal. La intervención en la plata plasma técnicas ancestrales de nuestro pueblo. Los mapuches impregnan su cosmovisión en la plata”.

El presente

Hoy en día Rodolfo se dedica a trabajar en su taller y a hacer clases. Buscó trabajo en varias municipalidades y en Quilicura fue aceptado. Actualmente realiza una clase semanal de tres horas. Se define como un maestro generoso en la entrega de información, puesto que no le gusta que la gente abandone el taller por no encontrar motivaciones.

En relación a la venta de sus productos declara que ejercer la labor de vendedor es muy difícil, porque tampoco posee una gran cantidad de clientes. “Mis compradores son, por lo general, personas conocidas. Gente que le gusta la orfebrería y contactos que he ido haciendo a lo largo de los años. La información de mi trabajo se mueve de boca en boca. Yo soy el encargado de vender mis cosas, de llamar a la gente, de catetear para que paguen. Igual es un poco estresante ese estilo de venta”.

Con respecto a Fundación Artesanías de Chile señala: “Artesanías de Chile es muy conocida entre los artesanos. Yo quise entrar para visibilizar mi trabajo, para que mis productos se conocieran. Para mí era como obtener un reconocimiento y lo logré. Además que conviene porque te pagan rápido y no te tienen tramitando. Eso es bueno, porque lo que más necesitamos nosotros los artesanos es que se pague a tiempo y que además sea por un precio justo”.

Sobre el final vienen las fotografías. Dice que prefiere sacarlas antes que ser apuntado por el lente de la cámara. Mientras es fotografiado nos comenta sobre sus proyectos a futuro, los talleres que hará, las piezas que pretende crear, los fondos que espera obtener. Comenta que las piezas que fabrica en plata son reproducciones miniatura porque no puede permitirse obtener grandes cantidades de material.

Dice que le gustaría tener más espacio, que su taller fuese más céntrico, que Quilicura no quedara tan lejos y que más gente llegase hasta su casa a aprender. Pero se le ve contento. Ha deslizado la idea de que le gusta la gente que es capaz de lograr grandes cosas con pocos elementos. No maneja un gran capital y no lo necesita. Su creatividad y versatilidad convierten aquel taller en un barco que navega a toda máquina.

La casa de Francisco Santana está ubicada en la comuna de Conchalí. Él hace espuelas desde el principio hasta el final. Es decir, toma metal desechado y lo funde en un horno casero, lo lanza a la tierra en moldes que ha diseñado previamente y empieza a realizar los dibujos cuando ya tiene el material solidificado. Les lija, les saca brillo y, finalmente, les pone aquel aro puntiagudo que termina de conformar la espuela.

Su casa estaba atestada de diversos materiales con apariencia escombrosa. Llantas añejas, juguetes perdidos, piezas de vehículos, maderas roñosas, metales atemorizados, entre otras cosas irreconocibles. Torres y torres de una realidad que colmaba el patio y que no entendíamos a primeras. Jamás preguntamos por la acumulación de cacharros en la casa. Lo asumimos como normal, casi por una imposición de lo que nuestra noción de cordialidad nos dictaba.

Se acomodó en su lugar de trabajo en silencio, tomó un martillo, un clavo, una espuela en proceso y, sin mirarnos, comenzaron a resonar los golpes sobre el metal. Nos asombramos de la fuerza con la que lanzaba los martillazos hacia el clavo, situación que da cuenta de la experiencia que acumula. Son los años de trabajo los que han hecho olvidar el miedo a reventarse un dedo en un mal cálculo. Ya no realiza malos cálculos.

¿Cuándo comenzaste a hacer espuelas?

“Uuuh, desde cabro chico. Es que esta es una tradición familiar. Mi abuelo empezó con esto. Él trabajó con el papá de Ramón Vinay (famoso cantante lírico) quien comenzó con el asunto de las espuelas en Chillán”.

Además de dedicarse a la espuelería, Francisco es taxista, labor en la que se desenvuelve durante los meses estivales a causa de las bajas ventas de su artesanía. Dice que con lo del taxi y las espuelas le alcanza para vivir, que al fin y al cabo solo queda él junto a su esposa, ya que los hijos han emigrado del nido hace un tiempo.

¿Y tus hijos saben trabajar espuelas?

“No, mis hijos no saben. Más que nada por el sacrificio que involucra esta pega y porque es mal pagada. O sea, a decir verdad a mí nunca me ha ido mal. Ni a mí, ni a ninguno de mis tres hermanos nos ha ido mal, pero esta es una pega de sacrificio, como te digo. Mis dos hijos menores se dedican a arreglar motos, que es lo que les gusta, y mi hijo mayor trabaja en un banco. Les va bien a todos”.

De pronto mira hacia el entorno y repasa cuidadosamente las montañas de materiales que inundan su patio. Nos mira y explica sin que lo esperáramos: “Esta embarrada en el patio me la tienen mis hijos. Tuvieron unos problemas en el taller y me llenaron la casa de cosas. Ahí debajo de esas cuestiones yo tengo mi horno para fundir el metal. Si no estuviese enterrado por ahí te lo mostraría”.

¿Por qué te dedicaste a la espuelería?

“Aprendí por la tradición familiar a hacer esto. Me acuerdo que cuando tenía quince o dieciséis años obtuve una beca y la posibilidad de viajar a Brasil a estudiar lo que yo quería en ese tiempo. Yo quería ser mecánico, me gustaba harto el asunto ese. Bueno, finalmente no me dejaron ir y yo me salí del colegio. Si no podía estudiar lo que quería, ¿para qué iba a seguir estudiando?  Así que ahí empecé a dedicarme en serio a esto, que también me gustaba mucho. Creo que fue para mejor, aunque uno nunca sabe”.

En relación a Artesanías de Chile, nos cuenta que lleva un buen tiempo trabajando en conjunto a la fundación. Dice también que durante varios años ha sido un espacio de venta importante, uno de los pocos que maneja, y que, si bien no le compran todo lo que quisiera, entiende que en Chile hay una enorme cantidad de artesanos que necesitan lo mismo que él.

¿Has enseñado la técnica para hacer espuelas?

“Sí, claro que sí. He trabajado con hartos muchachos acá y les he enseñado a hacer esto. Pero la verdad es que la mayoría se aburre después de un tiempo. Es una pega re fácil de aprender. Lo más difícil es hacer los diseños en la espuela”.

Coloca un trozo de metal sobre su yunque de trabajo y me alcanza el martillo con los clavos que utiliza para dibujar. “Trata tú”. Con timidez intento golpear, pero estoy lejos de poder impregnarle la fuerza que le he visto a él poner en los martillazos. Acabo con el experimento tras golpearme un dedo. “Es cosa de que te acostumbres” dice él.

Tras mostrarnos todo el proceso de creación de una espuela nos invita a un vaso de bebida. Nos sentamos en el interior de la casa y conversamos sobre nuestras vidas. Nos habla de su padre, de sus hijos, nos muestra fotos. Le preguntamos por su esposa. “Ella anda de vacaciones. Está en Ovalle. Que aproveche de viajar no más. Cuando ella vuelva voy a salir yo. Quizás me voy a Pucón o más al sur. El tema es viajar. A mí me encanta viajar”.

Cuando ya ha pasado un rato se ofrece a acercarnos al metro en su auto. “Yo los llevo, súbanse no más. Además en una de esas me sale una carrerita”. Me dice que vaya a la nieve, que aproveche de conocer. Mientras tanto, a mí duele un poco el dedo que me golpeé, pero jamás se lo diría. Llegamos a nuestro destino y nos despide con una sonrisa. “Ojalá le salga un cliente” comentamos al caminar, justo cuando su auto se detiene y sube una señora por la puerta trasera.

El Heraldo del Maule