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25 Noviembre, 2015

“Esta es una pega de sacrificio” Francisco Santana, artesano de espuelería

La casa de Francisco Santana está ubicada en la comuna de Conchalí. Él hace espuelas desde el principio hasta el final. Es decir, toma metal desechado y lo funde en un horno casero, lo lanza a la tierra en moldes que ha diseñado previamente y empieza a realizar los dibujos cuando ya tiene el material solidificado. Les lija, les saca brillo y, finalmente, les pone aquel aro puntiagudo que termina de conformar la espuela.

Su casa estaba atestada de diversos materiales con apariencia escombrosa. Llantas añejas, juguetes perdidos, piezas de vehículos, maderas roñosas, metales atemorizados, entre otras cosas irreconocibles. Torres y torres de una realidad que colmaba el patio y que no entendíamos a primeras. Jamás preguntamos por la acumulación de cacharros en la casa. Lo asumimos como normal, casi por una imposición de lo que nuestra noción de cordialidad nos dictaba.

Se acomodó en su lugar de trabajo en silencio, tomó un martillo, un clavo, una espuela en proceso y, sin mirarnos, comenzaron a resonar los golpes sobre el metal. Nos asombramos de la fuerza con la que lanzaba los martillazos hacia el clavo, situación que da cuenta de la experiencia que acumula. Son los años de trabajo los que han hecho olvidar el miedo a reventarse un dedo en un mal cálculo. Ya no realiza malos cálculos.

¿Cuándo comenzaste a hacer espuelas?

“Uuuh, desde cabro chico. Es que esta es una tradición familiar. Mi abuelo empezó con esto. Él trabajó con el papá de Ramón Vinay (famoso cantante lírico) quien comenzó con el asunto de las espuelas en Chillán”.

Además de dedicarse a la espuelería, Francisco es taxista, labor en la que se desenvuelve durante los meses estivales a causa de las bajas ventas de su artesanía. Dice que con lo del taxi y las espuelas le alcanza para vivir, que al fin y al cabo solo queda él junto a su esposa, ya que los hijos han emigrado del nido hace un tiempo.

¿Y tus hijos saben trabajar espuelas?

“No, mis hijos no saben. Más que nada por el sacrificio que involucra esta pega y porque es mal pagada. O sea, a decir verdad a mí nunca me ha ido mal. Ni a mí, ni a ninguno de mis tres hermanos nos ha ido mal, pero esta es una pega de sacrificio, como te digo. Mis dos hijos menores se dedican a arreglar motos, que es lo que les gusta, y mi hijo mayor trabaja en un banco. Les va bien a todos”.

De pronto mira hacia el entorno y repasa cuidadosamente las montañas de materiales que inundan su patio. Nos mira y explica sin que lo esperáramos: “Esta embarrada en el patio me la tienen mis hijos. Tuvieron unos problemas en el taller y me llenaron la casa de cosas. Ahí debajo de esas cuestiones yo tengo mi horno para fundir el metal. Si no estuviese enterrado por ahí te lo mostraría”.

¿Por qué te dedicaste a la espuelería?

“Aprendí por la tradición familiar a hacer esto. Me acuerdo que cuando tenía quince o dieciséis años obtuve una beca y la posibilidad de viajar a Brasil a estudiar lo que yo quería en ese tiempo. Yo quería ser mecánico, me gustaba harto el asunto ese. Bueno, finalmente no me dejaron ir y yo me salí del colegio. Si no podía estudiar lo que quería, ¿para qué iba a seguir estudiando?  Así que ahí empecé a dedicarme en serio a esto, que también me gustaba mucho. Creo que fue para mejor, aunque uno nunca sabe”.

En relación a Artesanías de Chile, nos cuenta que lleva un buen tiempo trabajando en conjunto a la fundación. Dice también que durante varios años ha sido un espacio de venta importante, uno de los pocos que maneja, y que, si bien no le compran todo lo que quisiera, entiende que en Chile hay una enorme cantidad de artesanos que necesitan lo mismo que él.

¿Has enseñado la técnica para hacer espuelas?

“Sí, claro que sí. He trabajado con hartos muchachos acá y les he enseñado a hacer esto. Pero la verdad es que la mayoría se aburre después de un tiempo. Es una pega re fácil de aprender. Lo más difícil es hacer los diseños en la espuela”.

Coloca un trozo de metal sobre su yunque de trabajo y me alcanza el martillo con los clavos que utiliza para dibujar. “Trata tú”. Con timidez intento golpear, pero estoy lejos de poder impregnarle la fuerza que le he visto a él poner en los martillazos. Acabo con el experimento tras golpearme un dedo. “Es cosa de que te acostumbres” dice él.

Tras mostrarnos todo el proceso de creación de una espuela nos invita a un vaso de bebida. Nos sentamos en el interior de la casa y conversamos sobre nuestras vidas. Nos habla de su padre, de sus hijos, nos muestra fotos. Le preguntamos por su esposa. “Ella anda de vacaciones. Está en Ovalle. Que aproveche de viajar no más. Cuando ella vuelva voy a salir yo. Quizás me voy a Pucón o más al sur. El tema es viajar. A mí me encanta viajar”.

Cuando ya ha pasado un rato se ofrece a acercarnos al metro en su auto. “Yo los llevo, súbanse no más. Además en una de esas me sale una carrerita”. Me dice que vaya a la nieve, que aproveche de conocer. Mientras tanto, a mí duele un poco el dedo que me golpeé, pero jamás se lo diría. Llegamos a nuestro destino y nos despide con una sonrisa. “Ojalá le salga un cliente” comentamos al caminar, justo cuando su auto se detiene y sube una señora por la puerta trasera.