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25 enero, 2016

Juan Carlos González Puca Tallador en piedra de Toconao

En un rincón de la tienda de Artesanías de Chile ubicada en el Centro Cultural Palacio La Moneda está Juan Carlos con sus herramientas y trabajos sobre una mesa. Conversa con una pareja de jóvenes que le compran una casita hecha con piedra poma, la materia prima con que realiza su arte. Con una sonrisa cómplice me indica que en instantes conversará conmigo.

Juan Carlos proviene de Toconao, localidad que se ubica a 40 kilómetros del centro de San Pedro de Atacama, en la Región de Antofagasta. Desde ese lugar ha viajado a Santiago, donde estará dos semanas haciendo talleres y mostrando su trabajo. “Para mí trabajar es descansar”, es lo primero que dice, dejando claro que no dejará sus herramientas mientras conversemos.

Cuenta que antes de llegar a Toconao vivió en Calama y Antofagasta y que durante su niñez y adolescencia nunca estuvo ligado a la artesanía. “Llegué a Toconao a los 23 años buscando una mejor situación laboral. Ahí me acogió mi abuela materna y así me ahorraba gastos importantes”.

En un principio trabajó en una cantera sacando loza y materiales para la construcción de casas. Su vínculo con la artesanía se dio de manera inesperada y gracias a otra de las cosas que le gustan. “Me gusta mucho el fútbol y me gustaba llegar un rato antes de que empezaran los partidos para así poder ver qué hacían los otros jóvenes. Ahí me di cuenta de que todos tenían sus herramientas y andaban recogiendo piedras. Me pareció interesante y de a poquito fui aprendiendo”.

En Aguas Blancas, a 12 kilómetros de Toconao, es donde se extrae la materia prima. En ese lugar Juan Carlos catea las piedras blandas, duras y partidas. Escoge las que él considera propicias  y luego vuelve al pueblo. “Una vez en el taller uno tiene que volver a seleccionar, para cortar en forma manual o con máquina según dimensiones. Después de eso me siento cómodamente y empiezo a trabajar según lo que me han pedido”.

En un comienzo se dedicó exclusivamente a la artesanía, pero hoy tiene que realizar otros trabajos para poder subsistir y ayudar a sus 7 hijos. “En los años 80’ tú pasabas por las casas del pueblo y veías a familias enteras trabajando, hoy quedo yo y 3 personas más. La artesanía de afuera es mucho más barata, no se puede competir. Por suerte todavía hay gente a la que le interesa el origen de la artesanía y eso hace que aún podamos existir”.

Sobre su vínculo con Artesanías de Chile señala lo siguiente. “Yo empecé a trabajar con la Fundación este año y estoy muy agradecido porque muchos artesanos vivimos en pueblos que están desprotegidos, a los que nadie mira, por lo que estar aquí en Santiago y que la gente me pueda conocer es algo que me ayuda muchísimo”.

La pieza que más realiza es el campanario, pero no tiene una favorita. Después de todo, cree que lo más importante es lo que le guste a la gente.  “Si a mí me piden algo, yo lo hago feliz. En el taller soy feliz, con los parlantes a todo chancho, escucho harta música tropical”. Hace poco le pidieron 30 antenas como las que hay en los observatorios del norte. “Entiendo que a la gente le gusten porque algo que disfruto mucho es acostarme a ver la estrellas, tal como lo hacen las antenas”.

Como tallador en piedra poma cree que nunca tocó techo, pero con la experiencia que ha adquirido en un poco más de tres décadas como artesano ha desarrollado sus virtudes. “Con la piedra poma se hacen muchas cosas, yo creo que no llegué al máximo, pero sí llegué a la técnica, que es ser capaz de ir a la cantera y entre mil piedras distintas elegir precisamente las cien que te sirven. Voy con mi martillo y voy cateando, sabiendo cuáles son las correctas”.

Según sus propias palabras lo que su artesanía representa es la zona andina de las Regiones de Tarapacá y Antofagasta. Dice que en todos los pueblos uno se va a encontrar con un campanario en el medio de la plaza y que en todas las zonas hay cactus. Asegura que cada artesano debe mantener vivo al pueblo que tiene detrás.

Sobre lo que intenta expresar como artesano es claro. “Yo trato de representar lo que voy descubriendo, porque tenemos mucha riqueza bajo nuestros pies y el hecho de poder darle un valor material a eso me ha permitido crear un gran grupo familiar. La artesanía fue clave en ese sentido y por lo mismo debo agradecerle a la Fundación por permitirme mostrar y vender lo que hago”.

Antes de despedirse aclara que no se puede obligar a nadie a que se interese por la artesanía, pero sí cree  que es necesario acercarla a los niños. Muestra una casita realizada por un niño que estuvo en el taller. “Está mejor que la mía”, dice.

Deja la casita sobre la mesa y cierra: “hay que lograr que las escuelas de todo Chile puedan hacer que los niños vean esto y se interesen, te aseguro que a muchos les motivaría, pero si no lo conocen nunca se van a acercar. Gracias a la Fundación logré sacar personalidad y puedo explicarle a la gente mi trabajo y contar mi historia. Hay que conseguir que esto no se pierda, que crezca. Si me llaman de nuevo para que venga a Santiago voy a venir feliz, me gustaría que me llamen”.