TERESA Y MARISOL OLMEDO: CERAMISTAS DE TALAGANTE

“Nuestra abuela se llevó el secreto a la tumba”, dicen las hermanas Teresa y Marisol Olmedo, artesanas herederas de una tradición que data de tiempos de la Colonia, cuando las Monjas Clarisas llegaron desde España a Talagante (localidad ubicada en la Región Metropolitana) y comenzaron a enseñar el arte de hacer miniaturas de loza policromada. Fue su abuela la última artesana que supo cuál era el “ingrediente secreto” que incorporaban a esta loza para que no solo fuera colorida, sino también perfumada. De hecho, dicen que Bernardo O´Higgins, quien alguna vez compró una de estas figuras de greda coloreada, solía comentar su singular aroma a rosas. Hoy, mucho tiempo después, las hermanas Olmedo día a día siguen modelando la greda para crear características figuras de la zona, como los cuasimodos, las temporeras y árboles frutales. Son conocidas como “las loceras de Talagante” y, junto a su prima, son las herederas de una familia que mantienen viva la tradición alfarera en su quinta generación. 

 

LUZMIRA MAMANI: TEXTILERÍA AYMARA

Nació en Cariquima, una localidad ubicada en el altiplano chileno, en la comuna de Colchane, casi frontera con Bolivia. Pero desde hace muchos años Luzmira Mamani vive más al norte, en Arica, muy cerca de la frontera de Chile con Perú. Hábil con las manos, siendo niña aprendió a hilar el vellón de alpaca y a convertirlo en hilo por medio de una puska, huso en aymara. Observando a su madre aprendió a tejer en telar precolombino, de cintura y de estacas, que hoy pocas artesanas saben usar. En cambio, el tejido a telar de dos y cuatro pedales -donde teje chales, entre otras piezas- lo aprendió observando a su padre,  ya que antiguamente eran los hombres quienes maniobraban estos telares -introducidos por los españoles- para fabricar telas y, con ellas, confeccionar trajes.

Con su saber hacer Luzmira ha recorrido el mundo. De hecho, como artesana aymara ha viajado por distintos rincones, entre ellos a ferias en destinos tan lejanos como Israel en 2018.

JUAN BETANCOURT: TALLADOR EN CACHO DE BUEY

Juan Betancourt viene de una familia donde se trabaja el cacho de buey. Su papá vivía en el campo donde, para vivir, vendían cabezas de animales, entre ellas, de bueyes. Pero nadie quería los cachos. Su padre, entonces, empezó a acumularlos en el patio de su casa hasta que un buen día su mujer le dijo “o haces algo con ellos o los sacas de acá”. Entonces al padre de Juan se le ocurrió empezar a trabajar los cachos para convertirlos en recipientes para tomar vino. Vino en cacho, como se acostumbra en el campo. Juan Betancourt vio esa historia desde niño y, a medida que crecía, empezó a trabajar siguiendo los pasos de su padre. Pero al trabajo de artesano le dio su propio sello. Desarrolló técnicas para aplanar los cachos de buey y en eso dio vida a piezas nuevas, como peinetas (similares a las que utilizan en España), además de cucharas y también utensilios como saleros y pimenteros, de terminaciones delicadas y finas.

ROSA HUAIQUIÑIR Y EL ARTE DE LA CESTERÍA EN ÑOCHA

Cada vez que Rosa quiere tejer alguna de sus piezas de cestería, revisa el calenario para ver cuándo hay luna menguante. Es uno de los tantos secretos para trabajar la fibra de ñocha porque, dicen las artesanas de la zona, si se cosecha en otro momento, al tejer la soga esta se corta. En esa fecha Rosa se programa para cosechar las hojas desde el invernadero que tiene en su casa en Huentelolén, en la comuna de Cañete. Así como ella también lo hacen también sus compañeras de la agrupación Ñocha Malen, quienes juntas mantienen vivo el oficio de la cestería tejida con esta fibra vegetal que abunda en la zona. Con ellas crearon Tañi Mapu -“De mi tierra” en mapudungun-, colección de lámparas y contenedores que desarrollaron en conjunto con Fundación Artesanías de Chile. Una serie que toma como referencia piezas patrimoniales mapuche que eran parte de sus memorias familiares y las lleva al uso cotidiano con toques contemporáneos.

GUADALUPE SEPÚLVEDA: MAESTRA EN CRIN

En Rari, la localidad rural al interior de Linares, desde hace más de 150 años las artesanas mantienen vivo el oficio de la microcestería en crin. En un principio, la estructura base de sus piezas la armaban con raíz de álamo, árbol que crecía en los alrededores del río que atraviesa Rari. Hoy encontrar una pieza con raíz de álamo es encontrar un verdadero tesoro, ya que es una fibra escasa que ha ido desapareciendo con el tiempo. Sin embargo, todavía hay artesanas que crean mini tesoros con raíz de álamo como Guadalupe del Carmen Sepúlveda, quien teje pequeños canastos con raíz de álamo los cuales decora con flores de crin de caballo. Ella aún va al río a buscar las raíces de este árbol para luego limpiarla y tejerla tal como lo hacía su abuela, de quien aprendió el oficio cuando tenía cinco años. Una pieza muy valiosa que es reflejo de las tradiciones de esta localidad artesana y que Guadalupe se empeña en mantener vivo para rescatar el oficio desde sus inicios.

HILANDERAS DE LOS MIL PAISAJES, TEJEDORAS DE CHILOÉ

Una de las localidades donde se mantiene muy vigente la textilería chilota es en Quemchi, famosa por sus artesanas, herederasde la tradición hilandera de Chiloé, quienes aprendieron de sus mamás y abuelas a trabajar la lana de oveja y a usar el huso o la rueca para hilar. Como varias viven en islas cercanas a Quemchi y les cuesta estar siempre comunicadas, decidieron agruparse como “Las hilanderas de los Mil Paisajes”. Así, se ayudan a comprar materia prima y recibir encargos. Cada vez que pueden se juntan a hilar y mantener vivo el oficio textil de Chiloé. Hacen tejidos a palillo, como gorros, calcetines y pantuflas, y también piezas en telar como bajadas de cama.

TERESA OLAVARRÍA, TEXTILERA DE LA CARRETERA AUSTRAL

Teresa Olavarría, quien vive en Metri —una de las seis localidades donde a las artesanas se les conoce como “las textileras de la Carretera Austral” aprendió a hilar y a tejer a los ocho años, de solo observar detenidamente e imitar a su madre. La textilería del Seno del Reloncaví, de la cual ella es representante, es resultado de una mezcla entre la textilería huilliche y española, cuya técnica las mujeres chilotas comenzaron a copiar de las revistas de punto cruz que traían las monjas desde España. Esa referencia dio vida a un tipo de tejido que le dio un sello a las artesanas textiles de la Carretera Austral por casi cien años: la frazada brocada —o florida—, que tiene una base de cuadrillé blanco con negro y donde, en los cuadraditos blancos, van intercalando una trama de hilado suplementaria colorida, que le da fuerza al tejido. Aunque parecen flores bordadas sobre la frazada, en realidad se trata de una ingenioso entramado que las artesanas hacen a medida que tejen en el telar.

JORGE MONARES Y EL TRABAJO EN COBRE

El artesano Jorge Monares heredó el oficio de su papá, quien hacía retablos con láminas de cobre. Trabajaron juntos largo tiempo. Jorge se casó y tuvo hijos jóvenes. Pero en un momento decidió emprender su taller de manera solitaria, sin su papá, y fue entonces cuando comenzó a hacer piezas nuevas, como angelitos o piezas con volumen por medio de la técnica del repujado a mano. ¿Qué significa eso? Que de una lámina de cobre Jorge puede hacer una pieza sin sumar material, sino solo dándole forma a esa lámina, que es como un pliego de papel.