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Platería Aymara

Fundiendo las técnicas y motivos ancestrales con la platería española, en los valles altos y bajos de la precordillera del Norte Grande los plateros Aymara hasta el día de hoy elaboran joyas y ornamentos femeninos. Ya sea para uso ritual o como indumentaria que complementa la vestimenta tradicional, son piezas que en cada detalle transmiten elementos de la cosmovisión andina propia de este pueblo.

Platería Aymara

 

Fundiendo las técnicas y motivos ancestrales con la platería española, en los valles altos y bajos de la precordillera del Norte Grande los plateros Aymara hasta el día de hoy elaboran joyas y ornamentos femeninos. Ya sea para uso ritual o como indumentaria que complementa la vestimenta tradicional, son piezas que en cada detalle transmiten elementos de la cosmovisión andina propia de este pueblo.

En ocasiones es la luna, que simboliza a la mujer. En otras, el cóndor (mallku), que alude a los imponentes cerros sagrados donde realizan ceremonias como el Machaq Mara (Año Nuevo Aymara). Las hojas y las flores representan la madre tierra y símbolos de prestigio social como la prosperidad, el rol social y la riqueza de quien porta la pieza.

En tiempos antiguos, el bienestar de una familia Aymara se representaba a través de monedas de plata (kolke), que conseguían a cambio de animales, lana, tejidos o alimentos que recolectaban. Casi todas las familias procuraban tener algunas. Así, en tiempos de baja prosperidad, los hombres de la casa siempre podían fundir las monedas y convertirlas en singulares objetos de plata.

Así se mantuvo la tradición durante siglos, hasta que las monedas de plata comenzaron a escasear: de acopiarlas, como estas empezaron a ser un medio de cambio, ya no abundaban en las casas. Por lo mismo, poco a poco los plateros fueron desapareciendo y con ellos sus tradicionales técnicas, que hoy salvaguardan escasos cultores, en su mayoría mujeres. 

 

 

Lo peculiar es que ellas aprendieron el oficio de manera autodidacta: no se lo enseñaron ni sus abuelos ni sus padres. Todo lo que saben lo aprendieron capacitándose, observando el artesanato de antiguos plateros y aprendiendo la simbología de antropólogas. Muchas dicen que en varias ocasiones el contacto con el mundo académico fue lo que las llevó a entender antiguas colecciones familiares y símbolos que hasta entonces desconocían.

Para fundir la plata, en la época prehispánica las artesanas utilizaban huayras, una especie de horno que consistía en pequeñas torres circulares hechas de piedras o de barro, con huecos en sus paredes, que permitían inyectarle aire al fuego de manera natural. Conocían al dedillo los metales preciosos. Y, como tal, se basaban en un principio: como la plata no se oxida ni reacciona químicamente, a diferencia de un metal base como el plomo, en vasijas copelaban la plata del plomo. Calentaban la mezcla a altas temperaturas, hasta que la plata comenzaba a aglomerarse, mientras que el plomo formaba escorias.

Hoy, en cambio, compran la plata en gránulos, que contienen 95% de plata y 5% de cobre, y en un crisol, dispuesto sobre una base de ladrillos, con un soplete la calientan hasta fundirla. Para conseguir una lámina de medio milímetro de espesor, con habilidad las artesanas estiran y estiran la plata, con una laminadora de dos rodillos planos, que giran en sentido inverso, siempre cuidando no expandir demasiado sus delicadas vetas, para evitar roturas. Sobre las láminas dibujan y luego recortan. La chapa se trabaja por repujado, una técnica que consiste en obtener efectos de relieve golpeando la pieza por el reverso de la superficie, levantando distintas protuberancias con cada golpecito, que luego afinan por los bordes con un cincel.

Con más o menos pasos, a partir de ese extenso proceso las plateras Aymara crean hoy todo tipo de piezas. Bastones de mando (santurei), con empuñadura de plata, para los caciques. Cabezales de mula de plata (chapaje) para engalanar a sus animales en tiempos de ritos y carnavales. Recipientes como cachos (wajra), copas (wernegal) y platos (kolkeplato). Y arcos ceremoniales (kolke arku), que adornan con flores y cuelgas de platos, cucharas, cucharones y copas de pie alto, siempre el tercer día de las grandes fiestas patronales, para celebrar matrimonios.

El corazón de este oficio, eso sí, está en las piezas de ornamentación femeninas. Para amarrar el vestido tradicional las Aymara elaboran los llamados tupu, prendedores alfiler compuestos de dos cucharas de plata, terminadas en una punta aguzada, que van unidas por una cadena y grabadas en su parte cóncava con figuras en forma de corazón, aves o vegetales.

Con sus manos hacen pulseras, anillos y zarcillos (sarcillu) -de mayor o menor tamaño si es de uso cotidiano o ceremonial-, grabados con hojas o flores y de los cuales muchas veces cuelgan aves. También hacen collares y rosarios, que llevan cuentas de distintos colores y que terminan en un crucifijo mayor. A diferencia del rosario católico, el Aymara no lleva un número fijo de cuentas, las que en este caso además se separan por figuritas: peces, cucharas, aves, monedas y vasitos.

Fuente bibliográfica:
Para el desarrollo de este contenido fueron consultadas publicaciones del Museo Precolombino, el Manual de producción de Platería Aymara de la antropóloga Andrea Molina y las artesanas Mercedes Mamani y María Gómez, integrantes de la agrupación QullQina Ampara (manos de plata), reconocidas con el Sello de Artesanía Indígena en 2016 y en 2018 por sus zarcillos Aymara y su bastón de mando, respectivamente.

Retrato:
Por Paula Salah. Agrupaciones Warmi y Qullqina Ampara.

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