EN ES
Menu
0 item Basket: $0
No hay productos en el carrito.

Cerámica de Talagante

En la provincia de Talagante, Región Metropolitana, las loceras locales elaboran una tradicional cerámica pintada, característica de la zona, con la que representan –en piezas en miniatura–, elementos de su entorno como árboles frutales, animales y personajes populares de la cultura mestiza y rural; como cuasimodos, chinchineros y la pareja de enamorados.

Este saber, cultivado hoy con fines festivos, fue introducido en el territorio durante el período colonial por las monjas españolas del monasterio Santa Clara, donde las religiosas daban forma a objetos vinculados a sus costumbres y raíces de origen morisco, como jarros y ánforas perfumadas. Muy pronto la sabiduría del oficio, inicialmente con fines religiosos, fue traspasado a las personas del pueblo. La sabiduría se transmitió de generación en generación, principalmente en manos de mujeres. 

Cuentan las loceras que el secreto mejor guardado de las religiosas era el aroma que le impregnaban a sus piezas. Olían a rosas, bien lo sabía la fallecida artesana María del Rosario Toro, una de las últimas loceras de la zona que perfumó sus piezas, hasta que el proceso comenzó a dañarle a la vista.

Desde entonces muchas cosas han cambiado. En vez de preparar la greda de los terrones, las artesanas la compran en grandes pelotas en Pomaire. Piezas aromadas se encuentran pocas, solamente antiguas. La tradicional técnica, en cambio, sigue siendo la misma. De las pocas loceras que quedan en la zona, casi todas son, de una u otra forma, familiares de María del Rosario Toro, cuyo legado ha sobrevivido durante cinco generaciones.

Así, sobre un papel de diario dejan la greda, un pocillo con agua, un cuchillo fino y moldes, fabricados por ellas mismas o heredados de sus madres o abuelas. Para ahorrar tiempo, moldean parte por parte cada una de sus piezas: mientras el cuerpo y la cabeza de una figura humana se secan, elaboran el tronco y las ramas de un árbol, vasijas o jarritos.

“Nosotras nacimos entre la greda. Jugábamos con ella desde que éramos niñas, tal y como nuestra tatarabuela se lo enseñó a nuestra bisabuela, y así de generación en generación. La historia cuenta que María del Rosario Toro aprendió el oficio de las mismísimas monjas clarisas, observando a algunas internas que entonces se alojaban en su casa. Luego las internas se fueron, pero el oficio quedó entre nuestra familia”— Teresa y Marisol Olmedo, integrantes de la agrupación de loceras Las Marías de Talagante.

De las grandes pelotas que compran van desprendiendo greda en la medida que van moldeando. Una vez que la figura está lista, con sus dedos untados en agua alisan la superficie y la dejan secar al sol, por más tiempo en invierno, y menos en verano. Cuando la pieza está seca, comienza el cocido. En una cama de leña, siguiendo al pie de la letra una específica posición, disponen las piezas. Luego, las cubren con leña, prenden fuego y esperan. Con los minutos, la pieza pasa de un tono negro a uno rojo. Solo entonces, rojizas, las sacan, y las dejan enfriar hasta el día siguiente.

Para que queden más firmes y brillante, las artesanías se cubren con una capa de agua de cola granulada y luego se pintan, antes con papelillo en polvo, que le otorga ese tono opaco a las piezas antiguas. Hoy los esmaltes sintéticos permiten a las loceras optar por una gama más amplia de colores, con los que pintan sus piezas tradicionales y otros pedidos especiales, según la época del año: angelitos, árboles y pesebres en Navidad, parejas de cueca, cantoras, chinchineros, organilleros, caballos y novillos antes de las Fiestas Patrias.

Fuente bibliográfica:
Para la elaboración de este contenido fueron consultadas las loceras Teresa y Marisol Olmedo, quinta generación de artesanas en loza, cuya tatarabuela era María del Rosario Toro.

No hay productos en el carrito.
Inicio
Categorías
0 Carrito