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Cestería en chupón

En la Región de La Araucanía, en medio de una reserva rica en biodiversidad, mezcla de flora y fauna nativa, a los pies de los bosques del Lago Budi crece silvestre el chupón o quiscal. Una planta endémica sin tallo, de hojas alargadas, gruesas y rígidas, con bordes de espinas aserradas, con la que las familias Mapuche Lafkenche han dado vida tradicionalmente a las pilwas o wilal: bolsa en mapuzungun.

Cestería en chupón

En la Región de La Araucanía, en medio de una reserva rica en biodiversidad, mezcla de flora y fauna nativa, a los pies de los bosques del Lago Budi crece silvestre el chupón o quiscal. Una planta endémica sin tallo, de hojas alargadas, gruesas y rígidas, con bordes de espinas aserradas, con la que las familias Mapuche Lafkenche han dado vida tradicionalmente a las pilwas o wilal: bolsa en mapuzungun.

Por esencia ecológica –pues su fibra nace y se degrada en la tierra–, la pilwa comenzó a tejerse desde tiempos ancestrales con fines utilitarios. Tal y como dice su nombre, las comunidades Lafkenche son gente de mar. Y antiguamente, para acarrear los cuantiosos mariscos que recolectaban o las papas que cosechaban, idearon un contenedor resistente, que en sí mismo transmitía la fuerza intangible de la naturaleza: para obtener la mejor fibra de chupón, bien sabían, esta debía crecer bajo la sombra del bosque nativo. Y era menester que las hojas que se extraían fueran nuevas, blanditas, recién crecidas cerca del corazón de la planta. Solo así se podía torcer la soga larga, flexible y duradera que requerían.

“Mi mamá, quien me crio gracias a la pilwa, aprendió a tejerla por obligación. Sus papás la hacían torcer la soga y después ellos tejían la bolsa. De ahí la mandaban a intercambiar al almacén: por una pilwa le daban una tacita de hierbas o de azúcar. Había que tener pilwas en abundancia”.– Paulina Puelpán (27), artesana del Lago Budi.

 Más allá de la fibra, es en el torcido de las hebras donde radica el secreto mejor guardado de este oficio: si la soga no está bien torcida, se corta. Y para que el tejido quede realmente fino, el grosor debe ser uniforme. Si, adicionalmente, se mantiene siempre en un lugar templado, han comprobado los artesanos más sabios, se puede estar seguro de que durará para toda la vida.

Hacer una pilwa implicaba un trabajo arduo y colectivo: después de recorrer decenas de kilómetros a pie, cuando por fin encontraban la planta, hombres y mujeres arrancaban hábilmente las espinosas hojas evitando pincharse, y comenzaban su retorno. Entonces, después de un día entero acompañando a sus padres y abuelos en la recolección, los niños se reunían en la ruka, y en torno al fervor del fogón torcían con sus manos pequeñas la fibra, mientras los adultos tejían utilizando la técnica del anudado. En ese espacio íntimo observaban y aprendían los más pequeños. Portadores innatos que fueron transmitiendo, de generación en generación, los conocimientos de una de las más antiguas tecnologías cesteras de su pueblo.

Con el paso de los años y la paulatina incorporación de almacenes abarrotes en los pueblos, su popularidad fue inminente: esa delicada, pero firme pieza podía soportar entre diez y veinte kilos, y su sistema de malla la hacía ideal para trasladar compras y verduras, evitando que estas últimas transpiraran de más. Así, si antes eran tejidas exclusivamente para uso familiar, prontamente la pilwa se convirtió en un medio de subsistencia e intercambio. Por cada una que hacían, los artesanos recibían una tacita de hierbas o de azúcar.

Esa época fructífera llegó a su fin entrados los años ochenta, cuando se introdujo en la actividad comercial la bolsa de nylon, que desvalorizó casi de forma inmediata el oficio cestero. Si tenían suerte podían conseguir como máximo 150 pesos por pilwa. Además, la degradación del bosque nativo aumentó a tal punto de la zona, que cada vez se hacía más difícil hallar la planta endémica utilizada como materia prima. Aun así, la pilwa se resistió a morir, esta vez las encargadas de rescatarla fueron principalmente mujeres artesanas y sus familias, quienes se han propuesto devolver su patrimonio artesanal cestero al uso cotidiano.

Por eso, cuando hoy comienzan las primeras lluvias del invierno, dejan el trabajo del campo a un lado para concentrarse en la producción de pilwas con la misma técnica: luego de recorrer decenas de kilómetros para encontrar el chupón, de regreso en casa, con un paño grueso de mezclilla o un trozo de pantalón de buzo, los artesanos limpian las hojas una por una y les sacan las espinas. Después, con una peineta de madera con dientes de clavo, van separando la hoja en hebras, que luego dejan secando al sol entre tres y cuatro días o, en su defecto, si llueve, cerca de la cocina a leña. Entonces comienza el delicado trabajo: 30 metros de soga y cinco horas de tejido hasta terminar una pilwa

Retrato artesana:  
María Bebráñez de la Agrupación Wilalfe Kay. Lago Budi, Región de La Araucanía.

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