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Cestería de Ilque y Huelmo

En el arte de entrelazar fibras vegetales, a siete kilómetros de distancia entre sí las localidades costeras de Ilque y Huelmo, en el Seno del Reloncaví, al sur de Puerto Montt, portan una historia de larga data, que está íntimamente relacionada con la cestería chilota.

Cestería de Ilque y Huelmo

 

En el arte de entrelazar fibras vegetales, a siete kilómetros de distancia entre sí las localidades costeras de Ilque y Huelmo, en el Seno del Reloncaví, al sur de Puerto Montt, portan una historia de larga data, que está íntimamente relacionada con la cestería chilota.

Comparten materialidades y técnicas, pero a ojos expertos hay matices, que radican
principalmente en su fibra: en Ilque y en Huelmo los artesanos y artesanas trabajan el
junquillo y la manila. El endémico junquillo primero, herencia del vínculo y comprensión
profunda de la naturaleza de los pueblos Mapuche Huilliche y Chona que habitan la zona
hace doce mil años. Y la manila después, introducida para su cultivo y recolección. Pero
ambas utilizadas para dar vida a objetos ligados a labores agrícolas, pesqueras, de
recolección y conservación. Para almacenar alimentos o con un fin ornamental.

Desde la Región del Maule, pasando por Chiloé y llegando hasta el extremo sur de Chile, el
junquillo crece en junquillales donde la humedad abunda. Tiene la forma de una varilla, es
de color verde y de contextura uniforme. Mide entre ochenta y ciento veinte centímetros de
alto. Y florece principalmente en verano, de diciembre a febrero, aunque los artesanos y
artesanas de la zona suelen recolectarlo desde octubre, cuando la mata alcanza los dos
metros de largo. 

Solo entonces arrancan las hebras y con un cuchillo cortan la parte más dura. Luego las clasifican según su grosor y proceden a tostarlas mediante un complejo y riesgoso proceso. Concentrados cien por ciento en su tarea, pasan las fibras por ceniza caliente, ni mucho tiempo ni muy poco, para tostarla y no quemarla, en campos abiertos y expuestos al viento, para darle al junquillo mayor flexibilidad. Después de tostarlas las blanquean: en las pampas las disponen ordenadas, alternando de tanto en
tanto sus caras, para que reciban luz y rocío, y adquieran ese tono blanquito. Recién entonces la fibra está lista para ser tejida.

Se recolecta con el buen clima del verano para poder tener ahorros para los fríos inviernos. Así ha sido durante los últimos cincuenta años, convirtiéndose en el principal sustento económico de las familias locales, que realizan todas las etapas de las piezas de junquillo en conjunto. Para hacer canastos y pisos redondos u ovalados, por ejemplo, niños y niñas acompañan a los mayores en la recolección, y son ellos quienes tejen, con la técnica del entramado tupido, los fondos de la pieza. Las paredes y las tapas, en cambio, son terminadas por los más experimentados, pues en ellas se asegura su calidad y durabilidad. No por nada, se descubrió en 1973, en un aledaño sitio arqueológico ubicado en Monte Verde se encuentran restos de cordeles hechos con junco, anudados a marcos de madera que formaban una especie de toldo. Además de flexible, el junco podía resistir el agua. Por eso hasta el día de hoy es posible verlo en la construcción de techumbres.

La introducida fibra vegetal de manila es cuento aparte. Se trata de una resistente planta de mata, de hojas anchas y largas verde oscuras, que puede llegar a crecer hasta tres metros de largo. Se le conoce como pitilla, pita o “lino de Nueva Zelanda”, aunque su nombre científico, derivado de los maorí —pueblo indígena neozelandés—, es phormium tenax.

Con ella confeccionaban antiguamente una especie de chaleco que, trenzado a punta de hojas de manila, funcionaba como una especie de armadura, que amortiguaba las heridas en combate. La savia alojada en la parte inferior de la fibra era empleada como pegamento. Y las raíces eran el mejor remedio para bajar los niveles de glicemia en la sangre.

Las artesanas y artesanos Mapuche le llaman ñocha. Su cosecha se realiza luego de dos o tres años de crecimiento de la planta y solo en otoño, cuando está justo en su punto para elaborar piezas cesteras. Se corta desde la base con un cuchillo y se seleccionan las hojas del centro, que son las más largas. De cada hoja se cortan o deshilachan varias hebras, según el grosor deseado, con las manos o alguna herramienta como un partidor, que
los mismos artesanos hacen con un trocito de madera con clavos. Para aprovechar al máximo la flexibilidad y maleabilidad de la fibra, se deja secar en los entretechos de las casas, en un lugar que no acumule la humedad. Y luego de ocho días se dejan al rocío, para volver a hidratarlas y luego tejer.

Al igual que el junco, la ñocha se puede tejer con la técnica del entramado. Pero también ofrece otras posibilidades, como la técnica de aduja, en la que las fibras se van envolviendo de manera espiral y concéntrica por otra hebra que va haciendo de hilo tejedor, obteniendo por resultado una textura tupida. A diferencia del junquillo, que crece silvestre e implica todo un sistema comunitario, al ser una fibra cultivada y requerir un menor tiempo de preparación, la ñocha permite, además, trabajarla de manera individual.

Los conocimientos cesteros de las localidades de Ilque y Huelmo se ven plasmados en una rica variedad de canastos y canastas, cada cual con sus características y funciones
específicas para las tareas de recolección, transporte y almacenamiento de alimentos como la lita, una especie de plato tejido que se usa para limpiar los granos; el llole, un canasto pequeño para acarrear la pesca; o el chaihue, un canasto tupido donde se guardan granos.

Retrato:
Artesana Julia Chávez, de la Agrupación De Junquillo y Manila. Ilque y Huelmo, Región de Los Lagos.

 

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