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Alfarería de

Quinchamalí

Una de las manifestaciones más tradicionales e iconográficas de la artesanía chilena es la que se desarrolla en Quinchamalí, un pueblo ubicado entre los ríos Ñuble e Itata, a treinta y dos kilómetros de Chillán. Su tradición alfarera nació en cuna Pehuenche y Mapuche, resistió el periodo de la Colonia y sobrevivió a las nuevas formas de vida campesina gracias a las talentosas manos y sabiduría de abuelas, madres e hijas, que perpetúan hasta hoy el oficio de la cerámica negra.

Alfarería de Quinchamalí

 

Una de las manifestaciones más tradicionales e iconográficas de la artesanía chilena es la que se desarrolla en Quinchamalí, un pueblo ubicado entre los ríos Ñuble e Itata, a treinta y dos kilómetros de Chillán. Su tradición alfarera nació en cuna Pehuenche y Mapuche, resistió el periodo de la Colonia y sobrevivió a las nuevas formas de vida campesina gracias a las talentosas manos y sabiduría de abuelas, madres e hijas, que perpetúan hasta hoy el oficio de la cerámica negra.

Si algo caracteriza a la loza de Quinchamalí es el espacio familiar en el que se elabora y el trabajoso y extenso proceso que implica. Al calor del fogón, siempre mujeres -aunque hay algunos hombres que también se dedican al oficio-, se crean cántaros, vasijas, ollas y platos de uso doméstico, que las artesanas solían conchabar: a cambio de una pieza de cerámica obtenían todas las legumbres, cereales, frutas o verduras que alcanzaban a caber en ella. Eso, hasta que a principios del siglo XX llegó al lugar el tren, que permitió conectar a Quinchamalí con las grandes ciudades de Chillán y Concepción, hasta donde las artesanas llegan a comercializar sus piezas utilitarias, como también otras de carácter decorativo, como chanchitos de tres patas, gallinas, chivos, jinetes y guitarreras. 

En tiempos antiguos, para extraer la materia prima las mujeres partían en carretas o autos para perderse, acompañadas de palas y picotas, buscando minas de arcilla, tierras amarillas y arena, con las que creaban la greda. La travesía continuaba en las vetas de Santa Cruz de Cuca, donde extraían unas finas tierras llamadas colo rojo y blanco, que les otorgaban ese característico tono a sus piezas. Con el tiempo la extracción del material ha cambiado, en la medida que buena parte de esas vetas hoy están en zonas privadas, de acceso limitado. Pero el resto del proceso sigue siendo tradicional como antes.

De regreso en sus casas, como si estuvieran cocinando, en una caja forrada en plástico las artesanas vierten un balde de arcilla, tres cuartos de balde de arena, un cuarto de tierra amarrilla y un poco más de agua, dependiendo del ojo de cada artesana. Lo dejan reposar de un día para otro, para luego amasar la mezcla con los pies: a punta de pisadas. Con la ayuda de los hombres las artesanas pisan y pisan hasta que la mezcla queda compacta. Luego solo les queda bastorear: con las manos van haciendo un lulo, retirando todas las piedrecillas de la mezcla.

Dos técnicas utilizan las artesanas para construir sus piezas. Para crear objetos cerrados, como un chancho o una guitarrera, utilizan una técnica denominada tapas, que consiste en amasar bolitas para luego aplastarlas y ondearlas con la mano y un pedacito de mate de calabaza húmedo. Uniendo dos tapas forman una base esférica u ovalada y comienzan a modelar la figura. Para piezas abiertas, en cambio, como ollas y cántaros, se utiliza la técnica canco: a partir de una pelota muy húmeda, con las manos hacen un agujero en el centro y poco a poco van abriendo la greda hasta ir armando la superficie. Para hacer las paredes de la vasija agregan un lulo en forma de espiral y con la ayuda de un trozo de madera van dando forma a las paredes. Para que las paredes y sus bordes queden lisos -bien lisos-, las artesanas ocupan un cuero que llaman cordobán y le añaden a la pieza los adornos: orejas, narices, patas.

Después de que el modelado se oreó, con una piedra lisa de río y un poco de agua comienzan a bruñir las piezas, alisando nuevamente la superficie y disipando cualquier detalle o imperfección. Terminado el bruñido, con un pañito encolan la pieza, pintando por completo su superficie con colo rojo —una mezcla de tierra roja y agua—, que garantiza el intenso color negro de la pieza en el futuro.

Cuando la pieza se seca vuelven a bruñir, esta vez sin humedad, hasta que cada parte quede lisa al tacto. La lustran con aceite o enjundia, que es la gordura de gallina frita. Y a modo de toque final, continúan con el esgrafiado: con una herramienta conocida como pintor, formada por una aguja de vitrola o de coser y un palito de ciruelo, dibujan los surcos e icónicos diseños que caracterizan a esta compleja tradición.

Sin ninguna gota de humedad, solo entonces comienza la quema o cochura. En una cama de brasas y guano de buey las artesanas disponen los objetos y los tapan con leña. Solo cuando las piezas están al rojo vivo las retiran del fuego, añaden a las brasas guano de caballo molido y con el humo que emana tiñen las piezas de un intenso color negro. Cuando las piezas se enfrían las frotan con colo blanco —una mezcla de greda blanca y agua— la superficie, especialmente sobre los dibujos, pues cuando está seca, con la ayuda de un paño ese tono blanquizo se impregna en cada surco.

 

 

Fuente bibliográfica:
Para el desarrollo de este contenido fueron consultadas publicaciones de la antropóloga Sonia Montecino (Quinchamalí: Reina de Mujeres, 1986) y también la conservadora y restauradora Lissette Martínez (Colección de cerámica Quinchamalí del MAPA, 2012).

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