Publicado el 5 de febrero de 2026 en Diario Emprende Valdivia, Diario de Valdivia y Diario San José de la Región de Los Ríos.
El 12 de enero de 2016, bajo el programa Unesco ejecutado en Chile desde 2009 por el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, el Centro Cultural Casa Prochelle I del Museo de Arte Contemporáneo de Valdivia abrió sus puertas para hacer oficial un hito inédito para el patrimonio artesanal de la Región de Los Ríos: el reconocimiento de 22 artesanas y artesanos de Alepúe como Tesoros Humanos Vivos (THV) por la preservación y transmisión de la cestería tradicional en Püll Püll Foki (boqui pil pil), una enredadera nativa que crece al interior de la selva valdiviana, que el pueblo mapuche lafkenche ha tejido desde tiempos precolombinos como parte de su identidad cultural, heredando la técnica original de generación en generación.
“Mi abuelita hacía piezas de carácter utilitario, como el chaiwe (canasto tradicional mapuche), y las vendía en Valdivia. En ese entonces el acceso para llegar allá no era como ahora. Aunque era un trabajo muy sacrificado, de eso se alimentaban. Así mismo lo hemos hecho nosotros”, rememora Rosario Ancacura, Premio Maestra y Maestro Artesana 2012.
“Con las manos arrancamos cuidadosamente la parte de la enredadera que no se conecta con las raíces madre. Así nos enseñaron nuestros ancestros que se debe hacer para no arruinar la fibra y tener más boqui en el futuro”, cuenta Rosario.
Cuando regresan de la montaña, el primer paso es cocer la fibra. “Dos horas por reloj, desde que empieza el primer hervor”, explica Rosario, y continúa recitando el paso a paso que lleva en la memoria de sus manos. “Después de eso, llevamos la fibra al agua de corriente por ocho días y la dejamos bien afirmadita con piedras, hasta que la fibra se deslava. Luego la pisamos con los pies para soltar la corteza, la lavamos nuevamente y la tiramos encima de las matas para sacarle la corteza hasta que la fibra queda blanca blanca. Ahí se le da una última lavadita más y se deja secar al sol, dos días en verano, tres días en invierno”.
El resultado de ese largo proceso artesanal es una fibra flexible de color blanquecino, que las cesteras y cesteros de Alepúe tejen utilizando la técnica original: el mismo entramado de tiempos precolombinos, que consiste en una estructura base (urdimbre), que van recubriendo con fibras entrelazadas (trama), con la que dan vida a piezas tradicionales, como canastos, cuelgas de pajaritos y su icónico “Árbol de la vida”, y piezas contemporáneas como paneras, gallinas hueveras y pantallas de lámparas de diversos volumenes.
Profesionalizar el oficio
Si bien la cestería en boqui pil pil tiene sus orígenes en Alepúe, durante mucho tiempo se ha creído que el oficio proviene de la zona central de San José de Mariquina. “La municipalidad tiende a darle más visibilidad a quienes lo trabajan en la ciudad. Por eso mismo la gente de Mariquina es más conocida en el oficio. Pero fue aquí donde nació la cestería tradicional en boqui”, cuenta Rosario. En eso, reconoce, el título de Tesoros Humanos Vivos (THV) otorgado por la Unesco les abrió una ventana.
Si el título de Tesoros Humanos Vivos les abrió una ventana, dice Rosario, conectar con Fundación Artesanías de Chile les abrió una puerta, primero en 2013, cuando varias artesanos y artesanos de Alepúe comenzaron a comercializar sus piezas en las tiendas de la fundación.
“Cuando me piden una pieza, lo primero que me preguntan es si yo fui una de las reconocidas. Recibir ese reconocimiento fue como subir un escalón, llevar el honor de nuestra abuelita un paso más arriba y dar cuenta de que las artesanas antiguas seguimos aquí, trabajando”, dice hoy.
En 2022, 12 de ellas y ellos se sumaron a Proartesano, el programa de formación para artesanas y artesanos que Fundación Artesanías de Chile ejecuta desde hace más de una década con el financiamiento de Subsecretaría del Trabajo del Ministerio del Trabajo y Previsión Social y el Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio.
Además de reconocer prácticas e historias en común, integrándolas como parte del valor cultural de su oficio, durante los primeros dos años de formación el grupo se dedicó a fortalecer el proceso productivo, mejorando la calidad de sus piezas sin romper su lógica cultural y reforzando técnicas de teñido en fibras vegetales, utilizando dos tintes naturales que obtienen de especies de su propio territorio: la raíz de michay, que da un tono amarillo intenso, y la flor del notro, con la que consiguen tonos rosas.
“Eso fue muy gratificante, porque no solo nos permitió aprender nuevas herramientas, sino también reunirnos e intercambiar nuestros saberes con otros artesanos que, aunque también son de Alepúe, solo nos veíamos de paso”, recuerda Rosario.
“Saber valorizar nuestras piezas nos ha ayudado a tomarle el peso a nuestro trabajo, pero también a entender que nuestro oficio es parte del patrimonio de un país. Por eso, cuando alguien compra nuestras piezas no solo se está llevando artesanía tradicional, sino que está aportando directamente a que Tesoros Humanos Vivos como nosotras y nosotros tengan futuro”, reflexiona.