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Hilo hecho a mano

El hilo hecho a mano por una artesana hilandera es resultado de una cadena de eslabones conectados virtuosamente entre sí. Sin hilo no existirían tejidos ni textiles. No existiría el abrigo de la manta que nos abraza al momento de nacer. Hilar a mano es parte de un ecosistema milenario que se construyó de la frágil vinculación entre la naturaleza, los animales, las hilanderas y los artesanos y artesanas que se dedican al arte textil.

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Hilo hecho a mano

 

El hilo hecho a mano por una artesana hilandera es resultado de una cadena de eslabones conectados virtuosamente entre sí. Sin hilo no existirían tejidos ni textiles. No existiría el abrigo de la manta que nos abraza al momento de nacer. Hilar a mano es parte de un ecosistema milenario que se construyó de la frágil vinculación entre la naturaleza, los animales, las hilanderas y los artesanos y artesanas que se dedican al arte textil.

 

 

Antes de que existieran los hilados industriales que abundan hoy en día, la única forma de obtener la materia prima para tejer era resultado del trabajo de las hilanderas: artesanas que dentro de su saber dominaban el arte de hacer hilo a mano.

A diferencia del hilo fabricado de manera industrial, donde el proceso de transformar el vellón de la oveja o la fibra de alpaca lo hace una máquina (por lo que sus costos de producción son más bajos), aquel hecho a mano por artesanas hilanderas es demoroso, trabajoso y, por ende, su costo de producción y de venta es alto. Con el tiempo y el devenir de los mercados -incluso el de las materias primas donde se abastecen los artesanos y artesanas-, ha dejado de ser cotizado por ser visto como “caro y mal pagado”, lo que ha desincentivado a las artesanas a mantener vivo el oficio de las hilanderas.

Por eso, hoy son pocas artesanas y artesanos que mantienen vivo el oficio del hilado manual, que consiste en transformar —solo utilizando sus virtuosas manos y un huso de madera—, en hilo el vellón obtenido de los animales, que varía según la cultura y las materias primas.

La línea comercial de Artesanías de Chile “Hilo Hecho a Mano” busca revalorizar el oficio de las hilanderas: es una exclusiva partida de ovillos de lana de oveja hechos con materia prima obtenida del Banco de Lanas.

 

En el norte de Chile, en las regiones de Arica y Parinacota, Tarapacá y Antofagasta, originarias de las culturas andinas, se trabaja el hilado con fibra de alpaca y llama, denominada “fibra apreciada” o “fibra preciosa”, más fina y liviana que la lana, solamente de dos hebras. Mientras, en la zona sur, especialmente en las regiones de La Araucanía y Los Lagos, el hilado se elabora a partir de lana de oveja, mucho más gruesa y elástica, de ondulado natural, de una o dos hebras dependiendo del tejido a realizar.

Desde que hombres y mujeres lograron domesticar a los animales, hace aproximadamente 15 mil años, el arte de hilar a mano ha sido la forma tradicional de preparar toda materia prima que se utiliza para tejer. Pero no cualquiera hila. Para hacerlo se requiere una especial destreza y atención, que resguarda todo un ecosistema. Así como la carne y el cuero, la fibra de camélido y la lana de las ovejas forman parte fundamental en la cultura andina y Mapuche, para fines ceremoniales o utilitarios. Por eso, a sus camélidos y rebaños ovinos los cuidan cariñosamente. Y una vez que los esquilan, se disponen a entregarle a esa preciada materia prima una primera capa de significación: la textura que ostentará el futuro tejido.

La textura dependerá de cómo la artesana o artesano realice su hilado. Es en el proceso del hilar cuando se confeccionan los “cabos”, conjuntos de fibras torcidas y ordenadas en una misma dirección. Y tanto en el norte como en el sur, para hacerlo las artesanas requieren de un huso: un instrumento de madera compuesto por una varilla y un disco que la atraviesa por el centro. Para hilar la mota o vellón adelgazado con las manos, las hilanderas van enrollando la fibra en la varilla, mientras el huso gira en vertical, de manera libre o apoyado en una superficie, gracias a un peso de madera, piedra o cerámica que se ubica en el extremo inferior de la varilla. Se trata de husos con “torteras”, que al rotar en una dirección constante, ya sea a la izquierda —torsión en “S”— o a la derecha —torsión en “Z”—, van estirando las fibras, tensándolas y torciéndolas para formar un primer cabo.

 

Según la necesidad de resistencia, flexibilidad y espesor que el tejedor o tejedora requiere, hay hilos de uno o de múltiples cabos, cada cual denominado de forma diferente según el número de elementos que los componen: al producto que se obtiene de la primera torsión se le llama “cabo”, mientras que al que se obtiene de la primera retorsión —compuestos de dos o más cabos, ahora torciéndolos entre sí, pero en la dirección contraria— se le denomina “hilado”. Es en el hilado, describe Pedro Meje en su texto

Arte textil Mapuche (1990), donde la materia prima se “antropomorfiza” por primera vez, es decir, donde toma una primera forma. Y donde las hilanderas e hilanderos preservan, además de su tibieza, las características renovables, no contaminantes y biodegradables de la fibra. 

Una artesana que sabe hilar conoce bien al animal del que extrae el vellón. Tanto en el norte como en el sur, siempre en verano, son ellas mismas quienes los esquilan. Una vez que el vellón está limpio, libre de impurezas de semillas, hojas y pasto, aún aglutinada dejan secar la fibra al sol hasta conseguir una humedad y un peso específico, dependiendo de la pieza a tejer. Luego, frente al huso, con ese mismo criterio hilan casi por inercia hasta dar con el grosor. El problema es que artesanas como ellas quedan pocas. Por falta de recursos o de un espacio adecuado, la cantidad de alpacas u ovejas que pueden tener las hilanderas es reducido. Y solo algunas de ellas saben reconocer sus razas: las ovejas para carne, por ejemplo, dan poca lana y de un pelo corto, mientras que las ovejas laneras tienen una natural fibra rizada. “Mientras más rizos posea la fibra, más fino será el tejido”, fue la frase que crecieron escuchando de sus madres y abuelas, por ejemplo, las hilanderas de la Región de Los Lagos. Fueron ellas quienes les enseñaron que si el vellón no se aísla lo justo, la humedad —o falta de ella— lo apelmaza. Y que el secreto de todo buen hilado, además de asear muy bien la fibra, es que el hilo sea tan compacto como blando, que sea posible hacer una hebra y a la vez abrirla fácilmente.  

Dependiendo del grosor y el nivel de torcido, los hilados Mapuche pueden distinguirse como aquellos de uso masculino o femenino. Y de la fibra de alpaca -bien lo saben las hilanderas Aymara-, se puede llegar a obtener hasta treinta tonos naturales diferentes. Ese ojo experto, que solo algunos logran distinguir del hilado industrial, es el bien más preciado de los pocos hilanderos e hilanderas que aún viven, que con el conocimiento entre sus manos consiguen una meticulosa y sinigual fibra: suave al tacto, de largos de mecha de buen tiro y de una estructura tal, de uniformes y finas ondulaciones que, bien tejida, dan por resultado piezas tan resistentes, aislantes y de secado rápido, como las que tejían sus antepasadas, que permiten hacerle frente al frío, el viento y las lluvias que la naturaleza quiera entregarles. 

 

Fuentes bibliográficas
Para la elaboración de este contenido fue consultada el Área de Cultura de Artesanías de Chile, además de publicaciones del Museo Chileno de Arte Precolombino y del Centro de Innovación y Desarrollo para Ovinos del Secano, Ovisnova, de la Universidad Santo Tomás.

 

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