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Textilería

A lo largo de Chile existe una rica y diversa tradición textil que se define y distingue según las particularidades de cada territorio. Esta riqueza tiene una raíz en el pasado: antes de la llegada de los españoles, el tejido era ya uno de los oficios más logrados. 

Así, hoy en día, la textilería que mantienen viva principalmente mujeres artesanas, es expresión de dos culturas “madre”, ambas precolombinas: la textilería andina, en el norte de Chile, y la Mapuche, que determina todo el tejido desde el centro del territorio hacia el sur.

 

TEXTILERÍA

 

A lo largo de Chile existe una rica y diversa tradición textil que se define y distingue según las particularidades de cada territorio. Esta riqueza tiene una raíz en el pasado: antes de la llegada de los españoles, el tejido era ya uno de los oficios más logrados. 

Así, hoy en día, la textilería que mantienen viva principalmente mujeres artesanas, es expresión de dos culturas “madre”, ambas precolombinas: la textilería andina, en el norte de Chile, y la Mapuche, que determina todo el tejido desde el centro del territorio hacia el sur.

La textilería Andina en Chile se concentra en el Norte Grande, principalmente en las regiones de Arica y Parinacota, Tarapacá y Antofagasta, donde hay mayor población de artesanas aymara. Su textilería tiene orígenes en épocas precolombinas y se define por sus tejidos de gran prolijidad, realizados con pocas herramientas, artefactos muy simples. Así, las textileras aymara mantienen intactas al día de hoy técnicas prehispánicas, heredadas de hace miles de años y donde el proceso del tejido se inicia con la obtención del vellón del animal, sigue con la selección de la fibra, el hilado y el tejido en el telar. 

La textilería aymara está determinada por la crianza de llamas y alpacas, actividad que los hombres y mujeres de los Andes han desarrollado desde hace más de siete mil años. En la actualidad esta tarea se desarrolla en pequeños pueblos interiores, lugares donde la relación con estos animales sobrepasa lo material y productivo; el vínculo con ellos es también simbólico y afectivo. Por eso en muchas ceremonias y ritos las llamas y alpacas están presentes y son decoradas especialmente para la ocasión.

 

La textilería atacameña es heredera de la gran tradición textil presente en la Región Andina, cuyo desarrollo ha sido un proceso continuo de aproximadamente 10.000 años y forma parte de la vida cotidiana, social y ritual de las comunidades que habitan esta zona. Tanto en tiempos prehispánicos como en el presente, los artesanos de esta zona han ido plasmando en los tejidos una serie de identidades dinámicas, de tradiciones, de formas de ver y manejar el mundo, representándose también cierto espacio y tiempo. Por ello, algunos investigadores se refieren a ella como un lenguaje visual que forma el ‘Arte Mayor de los Andes’. La finura del hilado, la calidad del tejido y la enorme complejidad de las técnicas alcanzadas en tiempos precolombinos habla de la prioridad y tiempo que le dedicaban a este oficio. 

En el mundo andino la principal materia prima es la fibra de llama o lana de oveja y, en menor proporción, de alpaca. El proceso tradicional para la elaboración de una pieza parte con la esquila de los animales, sigue con el escarmenado e hilado del vellón con huso, torcido, teñido, tejido a telar y terminaciones. Tanto hombres como mujeres hoy hilan en la rueca de origen europeo.

Las mujeres tejen en los telares de cintura o de estacas las prendas más tradicionales como las chuspa, talegas, costales y llijlla. Ellas también se han apropiado del tejido a palillo o agujetas de espinas de cactus con los cuales tejen gorros, calcetas, guantes y bolsitos. Los hombres adoptaron el telar de pedales o español con los cuales tejen bajadas de cama y también peleros en el telar de marco. Ellos, además, hilan un hilo grueso que usan para la cordelería, dando vida al trenzado de sogas, hondas y atapolleras. Actualmente, esta división del trabajo no es así de marcada, ya que las mujeres tejen en el telar de pedales bajadas de cama y frazadas y hacen cordelería.

En la región norte existen dos grandes zonas de tradición textil, cada una con sus característicos colores y dibujos, aunque comparten una forma de hacer común: Textilería Atacameña del Salar, con influencia del noroeste argentino, y Textilería Atacameña del Loa, donde están presentes elementos aymara y quechua.

En tanto, en la zona central de Chile, donde se hace evidente la influencia europea, el textil tiene una expresión mestiza en el valle, con las mantas y las fajas de los huasos y más indígena hacia la cordillera. 

Los cruces de influencias se expresan en el tipo de hilo que utilizan, pero sobre todo en el tipo de telar: mientras en el norte las tejedoras y tejedores mantienen vigente el uso de telares precolombinos (como el de cintura), también se han abierto al uso del telar de pedales, herencia europea. En la zona central, esa mezcla pasa a ser entre el telar mestizo, el cual es una adaptación del telar mapuche o witral, que en ciertas zonas del sur -donde existe mayor presencia de comunidades Mapuche- sigue siendo utilizado para la elaboración de piezas tradicionales. 

La textilería mapuche también es una tradición que se remonta a tiempos precolombinos. Con la llegada de los españoles vivió un proceso de mestizaje -el más importante: la sustitución de pelo de camélidos por lana de oveja-, pero la técnica original de tejido en witral (telar parado) se conserva hasta hoy.

 

En el mundo del tejido mapuche predomina la presencia de mujeres, quienes adquieren su destreza con la práctica, aprendiendo el oficio desde su niñez. La textilería es muy importante para el desarrollo de la vida, ya que mediante este oficio las tejedoras realizan los tejidos para su familia, con los cuales visten su hogar y dan abrigo y protección a sus seres queridos y a su comunidad.

En las áreas mapuches los tejidos contemporáneos muestran un fino hilado, figuras rectilíneas y colores parejos con figuras en forma de cruz, rombo, zig-zag. El telar mapuche es un telar vertical compuesto por dos palos largos de madera, dispuestos paralelamente, y dos palos de madera en menor formato que se disponen de manera transversal -uno arriba y uno abajo- los cuales definen en largo del tejido a realizar. En este telar se tejen las prendas de vestir tradicionales como el chamal -manta de uso mixto-, los trariwe y mantas. Así como los pontros o frazadas y la lama o alfombra.

 

Esta expresión sigue activa en Chiloé, donde la importancia del textil radica en sus usos, como las piezas tejidas para abrigo; frazadas de lana de oveja y mantas o ponchos para el frío y la lluvia, piezas tejidas en quelgo -también llamado kelgo o kelwo-, telar tradicional de gran formato que se dispone de forma horizontal en el suelo. El formato de este telar exige que la artesana o artesano se siente o hinque para su manejo. Esta tradición destaca, además, porque permite a la artesana aplicar técnicas textiles como tres tramas, pelo o brocado, mediante los cuales decoran sus piezas. Otra técnica textil que es tradicional de Chiloé es el tejido de punto realizado con palillo, técnica con la cual se realizan prendas como chalecos y gorros. 

En Chiloé las mujeres son las encargadas de practicar y conservar la tradición del textil. Ellas hilan y tiñen la lana, arman los ovillos y confeccionan los tejidos -frazadas, alfombras, mantas- en el quelgo o telar chilote o tejen a palillo piezas de abrigo más pequeñas, como ponchos, gorros, guantes, bufandas, calcetines y también muñecos que representan personajes de leyendas locales. Para hilar, las tejenderas pueden utilizar dos instrumentos: la rueca y el huso (aunque las chilotas prefieren el huso).

Para confeccionar los textiles del archipiélago de Chiloé, las tejedoras y tejedores utilizan lana de oveja, seleccionando el vellón más apropiado para lo que se quiera tejer, el cual es escarmenado, hilado, lavado y teñido. Las tejedoras y tejedores utilizan hojas, cortezas, raíces, ramas, flores, frutos y algunos minerales de la región para darle color a la fibra. Entre estos, destacan el barro negro o depe, el yogo, las hojas de maqui o el arrayán para realizar el color negro; el canelo para el verde claro;​ el chilco, el quintral y la raíz de nalca para el gris; el laurel para el verde oscuro; el maqui para el violeta; el culli para el rojo; la nalca, la barba de palo y la parquina para el amarillo; el radal y el huinque para el marrón, y la corteza del ulmo para el beige. También ocupan especies como el palguín para obtener el amarillo, y la barba de palo, el pello pello, el radal, el tenío y el maqui para obtener los tonos marrón y beige. Un tinte vegetal nunca dará como resultado el mismo color dos veces, depende de la cantidad, el mordiente que se utiliza para fijar el color y la voluntad de las plantas. 

Las artesanas también han incorporado tintes, como la anilina, sin que esto disminuya la calidad de sus tejidos.

 

 

Artesana (retrato):
Eva López, textilera quechua. Región de Antofagasta

Fuente bibliográfica:  
Memoria Chilena + Área de Patrimonio Fundación Artesanías de Chile

 

 

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