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La escoba de Curahuilla

Desperdigados a lo largo y ancho de la Región de O’Higgins, pocos son los artesanos que aún elaboran la “típica escoba del campo chileno”, una pieza clásica de la zona central hecha puramente con varas de curahuilla: una abundante gramínea parecida al maíz, que los cultores limpian y apilan en manojos, para luego atarlos a un palo de madera con un alambre tenzado. Aunque parece sencillo, se trata de un trabajo pesado y tedioso, que nada tiene que ver con el proceso de un escobillón plástico de bajo costo. Pero la competencia es tal que pocos son los jóvenes que se animan a aprender el oficio.

La escoba de Curahuilla

 

Desperdigados a lo largo y ancho de la Región de O’Higgins, pocos son los artesanos que aún elaboran la “típica escoba del campo chileno”, una pieza clásica de la zona central hecha puramente con varas de curahuilla: una abundante gramínea parecida al maíz, que los cultores limpian y apilan en manojos, para luego atarlos a un palo de madera con un alambre tenzado. Aunque parece sencillo, se trata de un trabajo pesado y tedioso, que nada tiene que ver con el proceso de un escobillón plástico de bajo costo. Pero la competencia es tal que pocos son los jóvenes que se animan a aprender el oficio.

De los maestros escoberos que sobreviven, la mayoría de ellos aprendió el oficio siendo apenas un niño. Por eso algunos, en vez de recolectar, siembran sus propias pepitas de curahuilla, chiquititas y duras, que al igual que el maíz se demoran siete días en salir. La cosechan en verano. Con una echona cortan la mata, siempre en la misma dirección, y se deja reposar unos días hasta que la curahuilla suelte la primera hoja que trae después del nudo. Solo entonces se descanuta. Si no la siembran, la extraen a mechones de los esteros y ríos que los rodean. La limpian a golpes o en máquina. Y luego dividen las varas en tres tramos: uno largo, “la caña”, sobre la que ponen el “recorte” —una rama secundaria que va al centro—, para luego terminar con la “hebra”, con la que cubren el hombro de la escoba.

Oreada y seca la hebra, quien distribuye las partes de la escoba es el armador, según la calidad de la curahuilla. La de mejor calidad es la que llaman “sobre”, que va por fuera; la del medio se llama “tapa” y a la última le dicen “tripa”, por ser la menos estética de las tres. En la punta, donde se barre, sin embargo, todas son iguales.

El segundo paso del armado de una escoba de campo está a cargo del cosedor, quien, luego de aplanar la curahuilla y utilizando una enorme aguja punta roma, va añadiendo la fibra al palo de madera.

Cuando las escobas están listas, el endocenador las agrupa de doce en doce clasificadas en sus diversos tipos. Para adornos para las casas o para barrer las chimeneas, en miniatura; unas medianas pensadas en niños y niñas; y los escobillones más grandotes para barrer veredas y calles. Aunque el proceso en talleres familiares está dividido, los pocos escoberos que siguen con el oficio hacen todos los pasos ellos mismos: una sola persona. 

Según aseguran quienes siguen haciéndola, la escoba más solicitada es la clásica para hacer aseo en la casa: la escoba para barrer. De esas un escobero diestro, como Jaime Jara, uno de los más antiguos que sigue con el oficio en la localidad de Pichidegua, puede llegar a hacer fácilmente unas ochenta al día. En el caso de Jara, cuando junta un lote suficiente, comienza su travesía: las que no vende en la zona, las sube a un camión, en el que recorre desde La Serena hasta Chiloé. Así va vendiendo escobas, pueblo por pueblo, con una convicción: aunque la competencia del plástico es fuerte, él se mantiene fiel a su técnica, pues para barrer cualquier superficie no hay cómo la durabilidad y resistencia de la “típica escoba del campo chileno”.  

Retrato:
Jaime Jara, artesano escobero de Pichidegua (Región de O’Higgins). 

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