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Platería de San José de la Mariquina

Aunque tradicionalmente la platería Mapuche ha sido un oficio de hombres, traspasado de generación en generación en manos de los rütrafe o plateros, en la Región de Los Ríos, 48 kilómetros al noreste de la ciudad de Valdivia, dispersas entre las localidades de San José de la Mariquina, Lleco y Puringue Rico, existe una agrupación de plateras que desde 2008 se dedica a mantener vivos los procesos y técnicas tradicionales que alguna vez desarrollaron sus antepasados.

No se trata de algo heredado de sus padres ni de sus abuelos, ni tampoco de algo que aprendieron siendo niñas; observando a antiguos plateros. Lo de ellas fue adquirido recientemente, y todo lo que saben hoy es gracias al maestro platero Raimundo Cona, quien las acompañó y asistió durante una extensa capacitación del Servicio Nacional de Capacitación y Empleo (Sence).

El trabajo con metales desarrollado por la cultura Mapuche existe desde antes de la llegada de los españoles. Pero no fue hasta mediados del siglo XVIII cuando alcanzó su apogeo; junto al auge del comercio de intercambio. Las artesanas de Mariquina (del mapudungun mariküga, que significa diez linajes o diez familias) lo aprendieron recién en 2008 y tras interiorizarse en el oficio de la platería –cuyas piezas son mayoritariamente de uso femenino, como el ajuar de ornamentos corporales, compuesto por piezas pectorales y para la cabeza–, este grupo de mujeres comenzó a trabajar tomando como referencia los dibujos y formas plasmadas en antiguas piezas de la Región de La Araucanía. Visitaron cuanto taller de plateros de ese territorio pudieron y, con lo que observaron, instaladas en su territorio lograron pulir la técnica, que desde hace diez años despliegan en delicados ornamentos como colgantes, collares de cuentas, pulseras y aros chawai.

“Convertirme en artesana de platería Mapuche me ha significado una riqueza personal. Me siento una mujer culta y eso se lo debo en parte a mi cultura Mapuche. Me siento orgullosa de ser una de las primeras mujeres de San José de la Mariquina que trabajamos la platería”. — Carmen Toledo Tripailaf (63), artesana platera de San José de la Mariquina.

En el universo de la platería tradicional coexisten múltiples técnicas. Estas pueden llegar a ser altamente complejas, por lo que pocos artesanos las trabajan, como es el caso de la fundición en tierra o por boleadoras. La técnica utilizada por las Plateras de Mariquina comienza con la fundición de la plata, a partir de la cual forman lingotes que luego transforman en láminas: el lienzo en blanco que ellas utilizan para crear. Marcan los diseños de las piezas, las decoran con dibujos hechos a mano alzada con cuño y buril, y luego cortan.

La materia prima la adquieren en formato de granalla: bolitas de plata que no superan el tamaño de un grano de arroz, que junto con cobre exponen a temperaturas altas y controladas, hasta fundirlas y convertirlas en láminas. Delgada, como una hoja de papel, o más gruesa, si la pieza lo requiere; lo que sigue es dibujar –a partir de moldes fabricados con sus propias manos– el diseño sobre la lámina. Con una herramienta similar a un cincel marcan los bordes, los recortan con una sierra y pulen exhaustivamente. A algunas piezas les añaden delicadas incisiones o diminutas varillas de alambre, también de plata, que le otorgan la forma curvilínea de un colgante, como los chawai o aros.

Para hacer un trariküwü el proceso es aún más minucioso. Se trata de pulseras compuestas solo de eslabones de plata, que son manufacturados uno a uno a partir de una lámina de plata, con la ayuda de una hilera. Primero forman un tubo largo de plata, que luego cortan en pequeños bloques. El resultado son una suerte de mostacillas chatas y alargadas, que son limadas o golpeadas.

Aunque a ojos inexpertos parecen detalles, lo cierto es que en todos y cada uno de esos elementos se aloja un significado cultural: ornamentos aprendidos y desarrollados de manera comunitaria, en los que las plateras autodidactas de San José de la Mariquina pueden reconocer aspectos de su propia identidad.

Retrato artesana:  
Dora Tripailaf, fotografiada por Juan Queirolo.

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