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TERRITORIOS ARTESANOS IMPERDIBLES – Revista Sky

Para agendar en la lista de viajes, esta es una selección de localidades casi desconocidas donde artesanas chilenas mantienen vivas antiguas tradiciones. Tesoros culturales en riesgo de extinción, que hay que apurarse en conocer. Nota publicada en la Revista Sky El tesoro de Puerto Saavedra: la pilwa Mucho antes del boom del plástico en los años 80, en los alrededores del Lago Budi, comuna de Puerto Saavedra, Región de La Araucanía, las familias mapuche-lafquenche sustentaban su vida tejiendo pilwas o huilal —”bolsa”, en mapudungún—, que hacían a mano, sin uso de herramientas, a partir de chupón: fibra vegetal que extraían en la zona codera, donde abunda el bosque nativo. Como era un contenedor residente —dependiendo de la firmeza del asa, soportaban entre 10 y 20 kilos—, en la zona se usaba para cargar la recolección de mariscos o, a la hora de trabajar la tierra, acarrear la cosecha de papas. Así, con el tiempo la pilwa se transformó en el sustento de la economía local: era la moneda de cambio para obtener mercadería y los habitantes de la zona las tejían para ganarse la vida. Por cada pilwa les daban una tacita de hierbas o de azúcar. Eso, a pesar de que el trabajo detrás de cada pílwa es muy arduo: el primer paso es recolectar el chupón, lo que toma un día entero (y ahora es cada vez más difícil, porque ya no abunda como antes). Arrancar las hojas es un trabajo arduo, porque el borde está lleno de espinas. Por eso se sacan con un paño grueso de mezclilla o un trozo de pantalón de buzo. Luego, con una peineta de madera con dientes de clavo, se separa la hoja en hebras y se dejan secando al sol. Tres o cuatro días después, los artesanos arman la soga torciendo las hebras. Tras una semana preparando la materia prima, viene el tejido. Un artesano virtuoso tarda entre 4 y 5 horas en tejer una. Cuando apareció la bolsa de plástico, en los años 80, la tradición en torno a la pilwa comenzó a perderse. Pero hoy, con la prohibición del plástico en el comercio en todo Chile, esta tradición artesana vive un revival y también la zona donde se produce. Trapa Trapa: en busca de los peleros Se puede llegar desde Concepción o Temuco, para luego dirigirse hacia Los Ángeles, desde donde el viaje sigue rumbo a la cordillera. Cerca de la frontera con Argentina, en Alto Biobío, a las faldas del volcán Copahue se encuentra Trapa Trapa, una localidad ubicada en un valle rodeado de un paisaje hermoso. Allí desde tiempos remotos vive una comunidad pehuenche que aún se comunica principalmente en mapudungun. Como buena zona apartada, la economía es de subsistencia: las familias suelen tener chacras para auto sustentarse, y ovejas, cabras y chivos para comer y abrigo. Por eso, son los animales quienes determinan los tiempos de la artesanía textil, clave en la zona. Alejada de los núcleos urbanos y del comercio, en Trapa Trapa la ropa y los textiles de abrigo los tejen las mujeres en sus casas. En “witral”, el tradicional telar vertical mapuche. En este las mujeres urden el hilado, que hacen con el vellón de sus propias ovejas, las que ellas mismas esquilan, limpian, tiñen y, finalmente, tejen. Por ser una zona en la alta cordillera, de caminos difíciles y donde casi no hay señal de telefonía móvil, en Trapa Trapa el caballo es el principal medio de movilización. Bueno, y de comunicación. Por eso los textiles están estrechamente relacionados con la figura del arriero y al caballo: los peleros —el tejido que se coloca bajo la montura— y las alforjas. En el caso del jinete: los ponchos y las calcetas de lana son piezas que en Trapa Trapa se hacen por necesidad, dando vida a una tradición artesana única. Caleta Gutiérrez y sus textiles brocados En este villorrio de casitas desperdigadas frente al mar, en la zona oriental del Seno del Reloncaví, a una hora de Puerto Montt, hay una agrupación de artesanas herederas de una riquísima tradición: la textilería propia de la Carretera Austral, en la Región de Los Lagos. El lugar, en el corazón de la Región de Los Lagos, donde se llega luego de pasar por varios caseríos, fue donde arribaron cuadrillas de hombres desde Chiloé y Calbuco en 1850 para explotar bosques de alerce y fabricar tejuelas para la construcción de casas. Con el tiempo, los hombres se asentaron en la zona y llevaron a sus mujeres. Ellas, a su vez, llevaron desde Chiloé la tradición textil: un modo particular de tejer frazadas, alfombras y bajadas de cama que hicieron de los textiles del Seno del Reloncaví una tradición singular. Las mujeres se hacían cargo de todo el proceso de transformación de la lana: lavar el vellón, el hilado, el teñido y tejido de piezas grandes; conocimiento que a mediados de los años 70 abandonaron porque los precios que les pagaban no alcanzaban a cubrir el codo del arduo trabajo. Eso, hasta que hace dos años, apoyadas por Fundación Artesanías de Chile —que implementó un programa de capacitación, en conjunto con la subsecretaría del Trabajo—, retomaron el tejido tradicional de la zona: la frazada brocada o florida. Reconocible por su base cuadrillé con colores naturales, que suelen ser café o el negro propio de las ovejas, en sus tradicionales cuadraditos blancos intercalan una trama de hilado suplementaria muy colorida que le da fuerza al tejido. Una técnica textil compleja, resultado de una ingeniosa forma de entramado que las artesanas hacen a medida que tejen en el telar.  

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