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Textilería de Chapilca

En la Región de Coquimbo, a unos treinta kilómetros de Vicuña, al interior del Valle del Elqui, en la localidad de Chapilca la textilería representa una tradición mestiza de al menos doscientos años de vida, relacionada con las actividades de arriería y trashumancia de la zona: una práctica prehispánica nómade, anterior al pueblo Diaguita y Kolla, que consiste en trasladar los rebaños de un lugar a otro, a cargo de un criancero, en búsqueda de forraje para los animales.

Para que el criancero pudiese sobrevivir a esas largas y frías jornadas, antiguamente, utilizando pelo de camélidos, las tejedoras le tejían a sus esposos e hijos los más finos ponchos, jergones para abrigarse, además de maletas o alforjas donde los crianceros portaban todo tipo de bienes para dicha travesía. Eso, hasta que en la zona empezó a abrirse paso la actividad ovina. Poco a poco las familias de Chapilca comenzaron a dedicarse a tiempo completo a la crianza de ovejas y cabras para el consumo de carne. Y de cada una de ellas aprovechaban, adicionalmente, su lana: una fibra gruesa, de pelo corto, que pocos utilizarían para elaborar textil, pero que con astucia, siguiendo de inicio a fin un extenso y cuidado proceso, las artesanas de Chapilca convierten el vellón en auténticos hilos que no se encuentran en ninguna otra tradición chilena.

Una vez que esquilan la oveja, con una tijera y las manos escarmenan el vellón eliminando todos los pedazos sucios. Y con el vellón así tal cual, sin lavar, comienza el hilado: colocan un huso sobre un plato, dispuesto en un tarro o con la rueca, y hacen girar el vellón en un primer uso. Y en un segundo van torciendo dos hilos simples para cuando se requiere un tejido más resistente, como es el caso de las piezas que utilizan los crianceros o para elaborar alfombras o bajadas de cama.

Terminado ese proceso, enmadejan la lana con un aspa y la lavan con agua y detergente en una batea, hasta quitarle la tierra y el exceso de grasa del animal a la materia prima.

Antes de tejer, tiñen, algunas con tintes naturales que extraen de hierbas, como brea, jarilla, mollaca, pacul, palqui, pecano y romero de la tierra, aunque lo más común es utilizar anilinas, de colores saturados y contrastantes. En el exterior de sus casas, siempre bajo la sombra, las artesanas colocan los fondos con los tintes, dejan hervir la mixtura y meten la lana, hasta que esta se impregna por completo de color, salvo por unas pequeñas motas, más claras, que aún conservan algo de la impermeable grasa animal de sus ovejas, otorgándole un toque único a cada madeja. En menor medida algunas artesanas incorporan antiguas técnicas andinas como el ikat: un teñido por reserva que consiste en atar hilos en pequeños manojos con algún material que no permita al tinte penetrar esa zona.

Cuando el teñido está listo, en un telar único en el territorio chileno llamado telar de palo plantado, propio del oficio textil del Norte Chico, que puede llegar a medir unos tres metros de largo, las artesanas tejen, bajo la sombra, siempre paradas, destinando todas sus fuerzas a apretar el tejido con manos y una paleta, mezclando la tradición española e indígena: el uso de pedales y lizos para tejer primero, y la técnica de faz de urdimbre después, en la que la cara visible del tejido la otorgan los hilos verticales.

Pese a las malas cosechas por sequías —que afectan directamente la actividad ovina— y al escaso interés de generaciones más jóvenes por continuar el oficio, en Chapilca aún viven alrededor de veinte mujeres artesanas que se han propuesto salvaguardar los conocimientos textiles de la zona tejiendo jergones, frazadas, bajadas de cama, ponchos, alforjas, alfombras, pasilleras y morrales con la misma técnica, casi impoluta, con la que sus antepasadas tejían piezas para los antiguos crianceros.

Fuente bibliográfica 
Para el desarrollo de este contenido fueron consultadas publicaciones de Memoria Chilena y el catálogo Colección Patrimonial. Textiles., elaborado por el Área de Conservación y Patrimonio de la Fundación Artesanías de Chile. 

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