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Alfarería Mapuche

Durante los siglos XVII y XVIII, desperdigados en los valles y la cordillera que hoy conforman la zona centro-sur de Chile y cuando la Región de La Araucanía todavía no era tal, entre los cazadores y recolectores de dicho territorio —que hoy habita el pueblo Mapuche—, existía un grupo que, además, poseía una virtuosa tecnología alfarera. En comunión con la naturaleza, esta requería de tres materiales: tierra, agua y fuego.

Alfarería Mapuche

 

Durante los siglos XVII y XVIII, desperdigados en los valles y la cordillera que hoy conforman la zona centro-sur de Chile y cuando la Región de La Araucanía todavía no era tal, entre los cazadores y recolectores de dicho territorio —que hoy habita el pueblo Mapuche—, existía un grupo que, además, poseía una virtuosa tecnología alfarera. En comunión con la naturaleza, esta requería de tres materiales: tierra, agua y fuego.

En su justa medida, mezclando greda (üku) o arcilla (raq) con agua, obtenían una masa ideal que les permitía moldear objetos a mano, desde su base hacia arriba: a medida que sobreponían aros de barro o greda cruda, iban alisando la superficie con sus manos hasta lograr pulcras paredes contiguas. Esta técnica ampliamente utilizada por los pueblos precolombinos es conocida como rodetes, pero los Mapuche la llamaban “de lulo”.

 

Una vez que las piezas estaban listas procedían a su quema. A fuego directo, cubriéndolas con las brasas de un pequeño fogón a leña —que solían mantener siempre encendido—, cocían los objetos hasta convertirlos en resistentes cántaros o metawes (vasijas simples o con asas). Entre otras cosas, con ellos solían acarrear el agua que extraían desde las vertientes. Y tenían la forma de animales propios de su entorno. Cantaritos, gallinitas (domo achawall), gallos (alka achawall) y patitos (ketrumetawe), que algunos cultores también llaman tüful metawe por el singular sonido que emiten al borbotear el agua por su pico, tuf, tuf, tuf, tuf, tuf.

De esa antigua técnica aún prevalece una escasa, pero valiosa herencia, que continúa vigente en comunas como Padre Las Casas, en la Región de La Araucanía. Allí, varios de sus cultores se rehúsan a abandonar una tradición que nació hace diecisiete siglos.

Fieles a su práctica, varios se han negado a incorporar herramientas que no sean sus manos, ni hornos que no sean a leña. Y es que además de utilitarias, sus piezas contienen símbolos de su cultura y sus creencias. Y en esas antiguas, pero vigentes piezas, elaboradas a partir de un sofisticado y cuidado proceso, se inmortaliza el entorno que habitan. Así, el ketrumetawe (jarro pato), por ejemplo, es una representación de la estructura familiar Mapuche, que imita el proceso de nidificación del pato ketro (tachyeres patachonicus), donde el macho prepara el nido y guía a la hembra a que deposite sus huevos en él. 

Las principales guardadoras de estos conocimientos son las mujeres Mapuche, quienes han dotado a la tradición de un toque personal: un universo femenino representado, por ejemplo, con protuberancias en sus cántaros a modo de pechos. Los mismos que suelen encontrarse en sus tumbas como un símbolo cuando se trató de una mujer casada.

Además de sus tradicionales metawes (jarros simple con asa) y challas (una especie de olla de cuello estirado y dos asas como agarraderas), entre las representaciones zoomorfas más frecuentes hoy se encuentra la gallina o domo achawall —domesticada por los Mapuche desde épocas prehispánicas— y el ketrumetawe o jarro pato.

 

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