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Cestería en chupón

A los pies de los bosques del Lago Budi, una zona lacustre y costera ubicada en la comuna de Puerto Saavedra, en la Región de La Araucanía, crece silvestre el chupón o quiscal. Una planta endémica sin tallo, de hojas alargadas, gruesas y rígidas, con bordes de espinas aserradas, con la que las familias Mapuche Lafkenche han dado vida tradicionalmente a las pilwas o wilal, que significa bolsa en mapuzungun.

Cestería en chupón

A los pies de los bosques del Lago Budi, una zona lacustre y costera ubicada en la comuna de Puerto Saavedra, en la Región de La Araucanía, crece silvestre el chupón o quiscal. Una planta endémica sin tallo, de hojas alargadas, gruesas y rígidas, con bordes de espinas aserradas, con la que las familias Mapuche Lafkenche han dado vida tradicionalmente a las pilwas o wilal, que significa bolsa en mapuzungun.

Por esencia ecológica —pues su fibra nace y se degrada en la tierra—, la pilwa comenzó a tejerse desde tiempos ancestrales con fines utilitarios. Tal y como dice su nombre, las comunidades lafkenches son gente de mar. Y antiguamente, para acarrear los cuantiosos mariscos que recolectaban o las papas que cosechaban, idearon un contenedor resistente, que en sí mismo transmitía la fuerza intangible de la naturaleza: para obtener la mejor fibra de chupón, bien sabían, esta debía crecer bajo la sombra de un bosque nativo. Y era menester que las hojas que se extraían fueran nuevas, blanditas, recién creciditas cerca del corazón. Solo así se podía torcer la soga larga, flexible y duradera que requerían.

 

Es en el torcido de sus hebras donde radica su secreto mejor guardado: si la soga no está bien torcida, se corta. Y para que el tejido quede fino, fino, el grosor debe ser uniforme. Si adicionalmente se mantiene siempre en un lugar templado, han comprobado los sabios artesanos, se puede estar seguro de que durará para toda la vida.

 

 

Pero hacer una pilwa implicaba un arduo y colectivo trabajo: después de recorrer decenas de kilómetros a pie, cuando por fin encontraban la planta, hombres y mujeres arrancaban hábilmente las espinosas hojas evitando pincharse, y comenzaban su retorno. Entonces, después de un día entero acompañando a sus padres y abuelos en la recolección, los niños se reunían en la ruka, y en torno al fervor del fogón torcían con sus manitos la fibra, mientras los adultos tejían utilizando la técnica del anudado. En ese íntimo espacio observaban y aprendían los más pequeños. Portadores innatos que fueron transmitiendo, de generación en generación, los conocimientos de una de las más antiguas tecnologías cesteras de su pueblo.

Con el paso de los años y la paulatina incorporación de almacenes abarrotes en los pueblos, su popularidad fue inminente: esa delicada, pero firme pieza podía soportar entre diez y veinte kilos, y su sistema de malla la hacía ideal para trasladar compras y verduras, evitando que estas últimas transpiraran de más. Así, si antes eran tejidas exclusivamente para uso familiar, prontamente la pilwa se convirtió en un medio de subsistencia e intercambio. Por cada una que hacían, los artesanos recibían una tacita de hierbas o de azúcar.

Esa fructífera época llegó a su fin entrados los años ochenta, cuando se introdujo en la actividad comercial la bolsa de nylon, que desvalorizó casi de forma inmediata el oficio cestero. Si tenían suerte podían conseguir como máximo $150 por pilwa. Y la degradación del bosque nativo de la zona

 

aumentó a tal punto, que cada vez se hacía más difícil hallar la planta endémica que utilizan como materia prima.

Aun así, contra todo pronóstico, la pilwa se resistió a morir. Y esta vez las encargadas de rescatarla son principalmente mujeres artesanas y sus familias, quienes se han propuesto devolver su patrimonio artesanal cestero al uso cotidiano.

Por eso, cuando comienzan las primeras lluvias del invierno, dejan el trabajo del campo a un lado para concentrarse en la producción de pilwas con la misma técnica: luego de recorrer decenas de kilómetros para encontrar el chupón, de regreso en casa, con un paño grueso de mezclilla o un trozo de pantalón de buzo, los artesanos limpian las hojas una por una y les sacan las espinas. Después, con una peineta de madera con dientes de clavo, van separando la hoja en hebras, que luego dejan secando al sol entre tres y cuatro días, o en su defecto, si llueve, bien cerquita de la cocina a leña. Entonces comienza el delicado trabajo: 30 metros de soga y cinco horas de tejido hasta terminar una pilwa. Las mismas que alguna vez les enseñaron sus antepasados a tantos y tantas niños y niñas.

Artesana (retrato):
María Bebráñez, Agrupación Wilalfe Kay
(Lago Budi, Región de La Araucanía)

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