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Cestería de Liucura

El caserío se llama Liucura y se encuentra, como dice el dicho, “donde el diablo perdió el poncho”. En este caso, eso es en la Región de Ñuble, cerca de la localidad de San Nicolás, escondido en medio del campo, donde las artesanas de la familia Betanzo Acuña tejen con sus manos diestras la paja de trigo (Tritiam vulgaris) que obtienen de proveedores locales de Chillán. Así salen piezas tradicionales y decorativas, frágiles y livianas, como cestos, canastos, paneras, cuelgas y costureros cuadrados y piramidales; que se caracterizan por sus colores vivos: rojo, morado, fucsia, verde.

Aunque algunos autores atribuyen el origen de sus piezas a una influencia española –por sus similitudes con las de paja de centeno registradas en Salamanca, Ávila y Segovia–, hay quienes sugieren que sus antecedentes podrían estar Asia. Hasta principios del siglo XX, en Liucura solía decirse que la técnica utilizada era “a lo chino”. Sin embargo, para la familia Betanzo Acuña, el origen es lo de menos. Lo que más les preocupa es la continuidad de su oficio, que mantienen a punta de porfía aun cuando sean cada vez menos los clientes.

Para trabajar la paja de trigo, el primer paso es despuntar la fibra con las manos. Cuando la paja está limpia, las artesanas la remojan en agua hirviendo con cenizas, para evitar que al manipularla se quiebre. Una vez que la fibra está seca, las ordenan por calibre: pajas largas, pajas cortas, pajas gruesas o delgadas, que trabajan –dependiendo de la pieza a realizar– en base a tres técnicas diferentes de construcción.

En la cestería rectilínea, por ejemplo –utilizada para hacer la tradicional “caja doble”, cofres y pañueleros–, las artesanas utilizan las pajas más largas para hacer la estructura, que luego van modelando con pajas de color por los lados exteriores; ya sean planos, cóncavos o convexos. Cuando todas las caras están listas, se unen con trenzas y flores decorativas, también hechas de paja y siempre en los mismos tonos del canasto, que en algunos casos –dependiendo de la artesana– pueden llevar flecos que cuelgan desde la base.

Utilizada principalmente en piezas como el cesto-globo o “pancora” y en la antigua costumbre campesina de “vestir botellas”, la otra técnica, llamada “redondeada de ajedrez”, es otro estilo. En simple, las artesanas abren las pajas y con la virtuosidad de sus manos van armando un entramado, cruzando en diagonal paja natural con paja teñida. El resultado es una superficie plana y multicolor, cuyas
terminaciones y asas son elaboradas con trenzas.

Si lo que corresponde hacer es un joyero, un jarro o una panera, la técnica utilizada por las artesanas es la de aduja, que consiste en tejer a mano largas trenzas en zigzag, cosidas en espiral, que construyen la forma final. El resultado está a simple vista: piezas de textura rugosa, otorgada por el trenzado, que sus artesanas acentúan con colores “salpicados” o “jaspeados”; cuyo grano puede ser fino o grueso dependiendo del número de cabos de la trenza. 

Retrato artesana  
Artesana Laura Acuña, fotografiada por Sergio Piña.

Fuentes bibliográficas
Para la elaboración de este contenido fue consultado el libro Arte Popular Chileno (1997) de Tomás Lago, publicaciones de Memoria Chilena y entrevistas realizadas en abril de 2019 por el equipo de Artesanías de Chile a la familia Betanzo Gutiérrez.  

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