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Cestería de Pichidegua

En plena Zona Central, en las fértiles tierras campesinas de Pichidegua, Región de O’Higgins, artesanas aprendieron a dar vida a piezas cesteras con hojas de choclo. Todo, gracias a una mujer: Dorila Román. En su natal Bucalemu, en el litoral de la región, aprendió desde niña a tejer la paja teatina. Pero cuando se casó con un capataz de fundo y llegó a Pichidegua no encontró paja, sino una fibra que sobraba por montones: la hoja de choclo.

Para la cestería con hoja de choclo las artesanas suelen usar las de un maíz en particular: el que los campesinos cultivan para alimentar a pollos y gallinas, y que posee hojas de características singulares. Cuando las cultoras tienen el maíz en sus manos, lo primero que hacen es separar cuidadosamente las hojas que envuelven la mazorca. Las exteriores, que son más duras, se reservan a un costado, y más tarde se utilizan para las partes más rígidas de las figuras, como el faldón de las muñecas. En cambio, las hojas del choclo que están más cerca de los granos del maíz, son más suaves y flexibles, por lo que sirven para hacer piezas más trabajadas, como trenzas y otras con una serie de dobleces. Para hacer detalles como el pelo de las muñecas, en cambio, se guardan las hilachas del choclo. Nada se pierde: las hojas para la cestería, el maíz para los pollos y la coronta para alimentar el fuego en reemplazo de la leña o, después de trituradas, como alimento para cabras y vacas.

En 1987, a sus setenta años, a la artesana Dorila Román se le podía ver por las mañanas, siempre con chupalla, en medio de su florido huerto, trabajando la tierra para dar vida a una tradición única.

A diferencia de la precursora Dorila Román, que solía usar siempre la fibra al natural, las artesanas de Pichidegua hoy la tiñen, otorgándole su toque de innovación. El color de la fibra lo consiguen con frutas y verduras que echan a hervir en una olla por horas, hasta que se impregnan con los tintes naturales. Si buscan un tono anaranjado, por ejemplo, en una olla echan a hervir naranjas. Cuando el color se ha disuelto en el agua, se sacan las frutas y las hojas de choclo se echan a la olla. Si se quiere un color terracota, en cambio, usan solo cuescos, repitiendo el proceso: primero cuecen y luego retiran los carozos para después verter las hojas en el agua colorada. Las tinturas naturales las encuentran en los jardines de sus propias casas, como cuescos de paltas y de nísperos, y en las plantaciones agrícolas vecinas, como frambuesa, arándano, maqui y uva tintorera. Hasta la cáscara de las cebollas sirven: todo lo que la tierra provee es materia prima para teñir; aunque cada cual tiene su propia receta y las proporciones dependen del ojo educado de cada artesana.   

Hacer la trenza con hoja de choclo es un proceso demoroso. Las artesanas de Pichidegua primero cortan tiras de hoja, siempre de forma pareja, para que idealmente queden del mismo grosor. Cuando ya tienen muchas tiras listas, comienzan a trenzar: entrecruzar las tiras siguiendo un patrón no es fácil, porque mezclan cuatro hebras; a diferencia de la trenza clásica que solo cruza tres. Con ese juego van dando forma a una cinta que, a medida que se acaba la fibra, se le van sumando más y más. Así se crean metros y metros de cinta trenzada, que pronto se convertirán en paneras, chupallas, centros de mesa, costureros, figuras de gallinas de campo y flores decorativas, que en cada pétalo honran el espíritu y la sabiduría de la pionera artesana Dorila Román.

“Mis nueras y mis nietas ya saben trenzar. Yo les enseñé. Tengo una nieta que me dice ‘yo te ayudo, abuelita’. Y me ayuda a cortar las hojas para empezar a hacer la trenza. Yo le digo que aprenda, porque esto le puede servir después”.— Celestina Zamorano, artesana cestera de Pichidegua.

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