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Cestería en quilineja

Aunque también se da entre en Colchagua y Aysén, cada vez más escasa, en los bosques nativos de Chiloé aún crece una antigua y leñosa enredadera de tallos delgados y flexibles, llamada quilineja (luzuriaga radicans), antiguamente llamada paupauhuén, con la que los artesanos cesteros del archipiélago han fabricado desde el siglo XVII piezas que constituyen un patrimonio cultural del lugar.  

Cestería en quilineja

 

Aunque también se da entre en Colchagua y Aysén, cada vez más escasa, en los bosques
nativos de Chiloé aún crece una antigua y leñosa enredadera de tallos delgados y flexibles,
llamada quilineja (luzuriaga radicans), antiguamente llamada paupauhuén, con la que los
artesanos cesteros del archipiélago han fabricado desde el siglo XVII piezas que
constituyen un patrimonio cultural del lugar.

Para hacer los cabos de las embarcaciones, se
sabe entre sus cultores, no había como las sogas de quilineja. Una particular resistencia que
los chilotes no tardaron en emplear en su vida cotidiana, como los canastos chicheros, que
servían para filtrar la chicha dulce de manzana, y uno de los símbolos patrimoniales de la
isla: la escoba quilineja. 

Aunque su semilla es fácil de reproducir, para que los artesanos lleguen a extraer la
quilineja deben pasar entre veinte y cuarenta años. Solo entonces, después de abrirse paso
por el suelo y treparse a lo largo de los árboles, cuando por la enredadora brotan raíces
aéreas que vuelven al suelo, la fibra vegetal adquiere la resistencia y el grosor que los
artesanos cesteros buscan.

Extraer la fibra no es llegar y sacar, y la época de recolección es variable. Aunque el
verano, por sus condiciones, es un periodo ideal, es en invierno cuando su limpieza es más
fácil, cuando la vegetación está más suelta.

C.omo cada vez que obtienen algo de la naturaleza, antes de inmiscuirse en el bosque y recorrer largos tramos a pie hasta dar con la enredadera, los artesanos le piden permiso a la madre tierra. Cada uno a su modo consulta con los espíritus. Y solo con su venia continúan el camino por tupidos senderos hasta encontrar lumas, ulmos, tepas o canelos, en cuyos troncos crece la quilineja.

Para su recolección, la quilineja se tira desde el nacimiento del tronco del árbol, despegándola de él en forma circular ascendente, siguiendo el recorrido de la enredadera. Posteriormente se limpia, sacándole la vegetación adherida por medio de golpes con una vara especialmente preparada para este fin, terminando el proceso de limpieza con las manos. Una vez limpia, la quilineja recolectada se estira en el suelo y se ordena poniendo todos los ataos juntos con la raíz hacia abajo. La fina con la fina para hacer piezas más pequeñas, como maceteros redonditos con forma de copa. Y la gruesa con la gruesa, para hacer canastos, escobillones y escobas. Con un hacha las despuntan. Solo entonces se enrolla, formando una rueda, y se amarra.

De vuelta en sus casas la quilineja se deja sacar, mientras los maestros artesanos reúnen todo el material que necesitan para ponerse a fabricar: el palo de la escoba, que suele ser de pello-pello, un arbusto que abunda en Chiloé, y algo para atar como un alambre, un tarugo de madera o clavo, o una trenza hecha con la misma quilineja. En un buen día los artesanos pueden llegar a hacer entre noventa y cien escobas, que si se les saca el jugo, pueden llegar a barrer durante dos meses, en perfectas condiciones, pisos de tierra y patios, y las pelusas que se alojan en sus gruesas alfombras hechas en telar.

De esas montañas plagadas de quilineja que sus cultores alcanzaron a conocer siendo niños, poco queda. Esos eran ataos grandes, tres veces lo que se pilla ahora, dicen sus cultores, además de ser más limpia y delgada. Si antes los artesanos la encontraban en el patio de su casa, ahora deben recorrer decenas de kilómetros a caballo y a pie para encontrar las fibras que han sobrevivido de ser arrasadas, cortadas o quemadas. Con lo que encuentran son alrededor de cuarenta los artesanos y artesanas que mantienen viva esta tradición cestera, que conjugan para seguir haciendo las mismas piezas antiguas y otras más contemporáneas,
como pantallas de lámparas, bandejas, teteras, juegos de té y cuelgas tejidas. 

Retrato:
René Valderas, escobero Isla Caucahué.

Clodomiro Marilicán. Reconocido en 2016 como Tesoro Humano Vivo. Falleció en 2017.

Crédito fotografíasDavid Núñez / Elizabeth Mockridge

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