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Revista Digital

VIVE LA ARTESANÍA

“Poner en valor el bordado ha hecho que mujeres rurales salgan del anonimato”

En Cochrane, una de las comunas más australes de Chile, un grupo de mujeres mantiene desde hace décadas la tradición de bordar pañuelos y tabaqueras con las coloridas flores que abundan en sus jardines. Verdaderos tesoros que son resultado de un oficio que aún persiste en la Patagonia chilena y que la periodista e historiadora Catalina Camus ha trabajado para que sea conocido por todo el país. Aquí cuenta cómo pretende hacerlo.
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La idea se le ocurrió hace cinco años, cuando todavía trabajaba en la sede de Coyhaique del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio. Por entonces, la periodista e historiadora Catalina Camus comenzó a visitar a artesanas textiles de Cochrane para hacer un diagnóstico sobre mujeres que se dedicaban a tejer con lana de oveja. “Iba a las casas a entrevistarlas y de repente me topaba con un pañito bordado”, recuerda Catalina, quien curiosa les preguntaba por este tipo de piezas. Además de las telas, le llamaban la atención las tabaqueras de cuero de ñandú. “Me decían que eso ya no se bordaba, que se hacía antiguamente y que solo quedaban dos hermanas que se dedicaban a este oficio. Como yo conocía a esas dos hermanas, cuando las visité les pregunté cómo habían aprendido a bordar, cómo creaban estos diseños. Pero ellas me respondieron diciéndome ¿por qué me preguntas tanto si bordar es como hacer pan?”. Hoy, al teléfono, Catalina comenta que fue en ese instante cuando se dio cuenta de que bordar para esas mujeres era tan común como dedicarse a la huerta o a sus gallinas. Y si bien los tejidos con lana de oveja los vendían, el bordado era algo que hacían para la casa.

Entonces, Catalina fue investigando. En su ir y venir descubrió que en la segunda mitad del siglo XX las tabaqueras que tanto llamaban su atención se vendían. “Muchas mujeres rurales bordaban y lo hacían para los hombres. Les bordaban pañuelos que llevaban al cuello en eventos costumbristas, tabaqueras en cuero de choike -el cuello del ñandú- o de tela. Era una tradición muy propia de la Patagonia”, cuenta Catalina. En ese proceso confirmó que los diseños de los bordados de flores no correspondían a especies nativas del Baker, sino a flores que las artesanas cultivaban en sus jardines: rosas, clavelines, pensamientos. “Ellas bordan su imaginario cotidiano compuesto por el colorido de su jardín de flores. Como son ellas mismas quienes las cultivan y ven crecer, dominan muy bien los diseños y los colores propios de esas plantas”, cuenta.

¿Bordar fue algo intuitivo en ellas o fue por un traspaso de generaciones?

Sus mamás y abuelas bordaban flores. Pero lo que llama la atención es que una familia bordaba flores y otra familia que quedaba a un día a caballo también bordaba flores. En ellas hay mucho de influencia Argentina, donde también se bordan tabaqueras con flores. Los que llegaron a Cochrane venían de La Araucanía, Biobío y Los Ríos y para llegar desde esas zonas tenían que pasar primero por Argentina. Esto lo estamos recopilando en un libro que se llama “Bordados con historia”, donde vamos narrando la historia de cada una de ellas.

¿Cuál es su motivación para bordar?
Cada una tiene su motivación súper personal. Para algunas el bordado las conecta con su mamá, quien les enseñó. Para otras es un relajo, un momento en el que ponen la mente en blanco y es cuando hacen unos bordados impresionantes. Había muchas que querían bordarle algo al papá, sentirse útil o admiradas por él. Las tabaqueras se hacían mucho por amor: amor al papá, al hermano o a la pareja.

Cuando hace cinco años Catalina comenzó a recorrer Cochrane en búsqueda de artesanas que mantuvieran vivo el oficio del bordado en el Baker, solía escuchar una y otra vez “que no encontraría a nadie”. Craso error. “Ahora tenemos cerca de 30 mujeres que bordan en la comuna”, cuenta orgullosa.

Su investigación la llevó a lanzar, en 2019, el documental “Bordadoras del Baker” – disponible en Vimeo -, que recoge las historias de mujeres que continúan bordando a mano flores en prendas y accesorios. Pero luego vino la pandemia. El aislamiento motivó a Catalina a juntarse con la diseñadora textil Francisca Vidal e impulsar un encuentro entre el grupo de bordadoras con el fin de generar, entre ellas, redes de amistad y compañerismo. El encuentro fue documentado en una nueva pieza fílmica que se estrenó en marzo de 2022 llamado “Encuentro de Bordadoras: Explorando el Jardín del Baker”, dirigido por el cineasta chileno Ignacio Ruiz. A diferencia del trabajo anterior, esta cinta muestra el proceso creativo que llevó a las artesanas a salir de sus jardines e ir a explorar y observar, literalmente con lupa, flores nativas del Baker, para luego dibujar y crear una pieza textil colaborativa. “Invitamos a una bióloga y a una artista textil, hicimos una salida a terreno, fuimos al bosque y observamos las flores. Por primera vez algunas dibujaron y bordaron la flor del Ciruelillo, también de otra especie que se llama Siete camisas e incluso maleza. Estas mujeres son las guardianas de estos bosques, de este territorio y el bordado es una forma de mostrar su entorno”, cuenta Catalina.

¿Qué resultado ha tenido la realización y exhibición de estos dos documentales?

Que varias se motiven a bordar; no solo nuevas generaciones, sino mujeres que aprendieron a bordar de pequeñas y lo dejaron, pero que ahora de adultas lo retomaron. Hilda, una de las bordadoras, me decía que no podía creer que por fin el bordado salía del anonimato, y eso significa que las mujeres rurales también salgan del anonimato y que no sea una tradición que se conservaba en el silencio doméstico, sino que salga al espacio público. Se hacen actividades en la comuna y las invitan, hoy las instituciones públicas las toman en cuenta.

Para ellas más allá de ser un trabajo de preservar el oficio por el amor patrimonial, ha sido un trabajo que ha dado fruto en su autoestima; darse cuenta que tienen un talento, que lo pueden enseñar, que es valorado por la comunidad local y esperamos que por el país. Poco a poco vamos difundiendo más el oficio.

Francisca Vidal, quien coincidió con Catalina cuando llegó a vivir a Coyhaique en 2018 luego de especializarse como diseñadora textil en Londres, tiene una teoría acerca del talento de las artesanas: “La mano lee sus pensamientos y aparece un dibujo espontáneo sobre la tela, el cual van contorneando y rellenando ‘a ratitos’, como describen ellas, hasta finiquitar”.

¿Qué diferencia este tipo de bordados de otros que hay en Chile?
La creación espontánea. Son artefactos textiles para el uso diario que visten al interior de sus casas. Sus bordados son realizados en intimidad: en su mayoría no son expuestos como piezas de arte dentro de sus casas, sino más bien son piezas funcionales que comparten el diario vivir de sus creadoras y habitantes de la casa, manchándose y absorbiendo al igual que sus creadoras el paso del tiempo. Otra particularidad son los jardines que cultivan y que son la fuente de inspiración inagotable para sus textiles. Con ojos y manos botánicas, las bordadoras traspasan estos conocimientos que se han ido traspasando, a su vez, entre generaciones de mujeres, entre abuelas, madres e hijas, contando a través de hilos de colores una historia.

*Aquí te dejamos los documentales Bordadoras del Baker y Encuentro de Bordadoras, ambos disponibles de forma gratuita.

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