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Tallado en madera de Liquiñe

Entre lagos y bosques, en Liquiñe, una pequeña localidad cordillerana de la comuna de Panguipulli, en la Región de Los Ríos, las comunidades Mapuche que allí habitan plasman su sabiduría ancestral en piezas tradicionales, que los mamüllfe tallan a mano a partir de troncos de maderas nativas que caen durante los inviernos.

Evitan talar los árboles, porque en ellos establecen un vínculo directo con el cosmos: el contacto espiritual entre el mundo natural con el sobrenatural. Por eso, cada vez que un artesano o artesana necesita una hoja, una raíz o un tronco del bosque, antes de extraerlo le pide permiso a la ñuke mapu (madre tierra) para usar su newen (energía). Mañío, laurel, canelo, olivillo, radal, roble, lingue y raulí son desde tiempos inmemoriales parte de la rica variedad de materias primas que los cultores de Liquiñe utilizan para otorgarle una variada gama de colores, vetas y significados a las piezas que
crean.

 

Por su durabilidad, a fines de los años treinta las especies más utilizadas para este oficio eran las más longevas y maduras, como el raulí y el pellín de roble, que podían resistir más de cincuenta años en el exterior, soportando el sol, la humedad, las lluvias y el hielo. Para recolectar las maderas, los hombres atravesaban los lagos Pirehueico, Panguipulli y Pellaifa, y se introducían en los bosques, hacia Coñaripe y Licanray, donde encontraban troncos de colores cafés-rojizos intensos, que transformaban en techos,
puentes, vigas, cercos y durmientes, que iban a parar a las vías del tren.

De esos milenarios árboles que los maestros y maestras vieron crecer de generación en generación, hoy apenas
quedan rastros. Troncos y despuntes en las quebradas que han sobrevivido a la tala masiva, llamada “fiebre del raulí”, y a los incendios forestales, que los mamüllfe recolectan apenas comienza el verano y se disponen a trabajar durante los días lluviosos y nevados del invierno.

Con la ayuda de una chonta de bueyes, los cultores acarrean los troncos desde el bosque hasta sus talleres, donde los apilan y cubren con aserrín o plástico, para mantener el verdor y la humedad. A partir de estos, tal y como hacían sus ancestros, se sientan a tallar piezas que responden a dos vertientes. Las de uso doméstico, como rali (platos), witrü (cuchara), wanko(asientos) y llahiñ (batea). Y las de uso ritual o festivo, comochemamüll (gente de madera), rewe (escaleras rituales), kollong (máscara) e instrumentos musicales como el kültrung y la pifilka (flauta).

En 2018 la localidad de Liquiñe fue declarada por el Consejo Mundial de Artesanías como “Ciudad Artesanal del Mundo” por su contribución en el desarrollo de la economía local y por salvaguardar el patrimonio cultural y natural, fortaleciendo la identidad Mapuche de la zona.

La elección y el tamaño de cada pieza dependerá exclusivamente del trozo de tronco que se obtenga, y he ahí su esencia: cualquier tipo de ensamble o pegamento queda totalmente excluido.

Para elaborar un utensilio de cocina, por ejemplo, el primer paso es preparar la materia prima. En un aserradero, artesanos y artesanas convierten el macizo en tablas, las cepillan hasta obtener superficies uniformes y marcan el contorno de la pieza, que será la guía al momento de cortar con una sierre caladora. Solo después de eso comienzan a tallar con la azuela o maichiwe,dando a la pieza la forma deseada.

Terminado el tallado todas las piezas se dejan secar a una temperatura controlada, previniendo que al perder humedad la pieza se deforme o se agriete. Entonces ocurre la magia: luego de lijar las terminaciones proceden al teñido, cubriendo la pieza con una película de aceite de linaza u oliva, que expande los poros de la madera hasta conseguir un color natural. El mismo que el árbol tenía cuando estaba vivo.  

Retrato: Artesano José Antihuala, tallador Mapuche de Liquiñe. Fotógrafo: Juan Queirolo. 

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