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Tallado en madera: estribos

Con misturas árabes, españolas, alemanas y chilenas, desperdigados en los alrededores de las ciudades de Santiago, Rancagua, Curicó, Linares y Chillán, artesanos talladores en madera elaboran uno de los aperos más iconográficos de la cultura del huaso chileno: los estribos.

Los primeros aperos arribaron al territorio en pleno siglo XVI, con la llegada de Pedro de Valdivia y otros ciento cincuenta jinetes; cuyos caballos lucían estribos hechos de hierro y plata. Gracias a su materialidad y peso los estribos facilitaban el equilibrio del jinete y el control del animal cuando el montador estaba en batalla, pero difícilmente podían resistir la diversa y desafiante geografía chilena. Por los agujeros de los estribos de metal se colaba el agua de las lluvias, mientras que ramas y piedras lastimaban los pies de los jinetes. Por eso, cuando la materia prima escaseó y los metales empezaron a ser destinados para construir armas y acuñar monedas, los talladores de la zona comenzaron a imitar unos soportes de madera procedentes de Asturias. Influenciados por el estilo árabe, desde la punta de los dedos hasta el talón, los estribos asturianos preservaban la humedad y protegían los pies de espinas, entre quebradas pedregosas y senderos irregulares.

Los talladores en madera locales comenzaron a fabricarlos a pequeña escala, y no fue hasta la llegada de los jesuitas alemanes, hábiles ebanistas y retableros, que los estribos se hicieron populares. De esa fuerte influencia barroca alemana surgieron cada vez más diseños, que utilizaba todo huaso chileno: estribos con forma de zapato, babucha, zueco, frailero, trompa de cancho, perro ñato, capacho y baúl, que los artesanos talladores elaboran hasta hoy, respetando de inicio a fin –aunque con algunas adaptaciones– el proceso tradicional.

Entre montañas y fundos, los artesanos recolectan maderas duras como el peumo, el quillay, el nogal, el naranjo y el peral, que por su resistencia no se rajan al tallar. Con un hacha cortan bloques de madera, con un lápiz marcan el contorno de la suela y apoyados sobre un tronco viejo comienzan a darle la forma de una papa.

Por cada bloque de madera se talla un estribo y una vez que el contorno está más o menos definido, sus cultores echan la pieza a cocer: en un tambor con agua dejan hervir la madera hasta que adquiera la resistencia y durabilidad que el apero requiere. Luego, se deja secar bajo el sol de todo un verano o al calor de una estufa o fogón. Ahora, cuando ya está seco, sin ninguna gota de agua, los artesanos comienzan el ahuecado, proceso en que se talla el pie del jinete, primero con taladro y después con un formón, a punta de martillazos, para finalmente continuar con la superficie exterior y las ornamentaciones. Con una gubia se planea la composición tallada con decorados: figuras de la naturaleza vegetal como flores, botones, rosetas, volutas; o estolas griegas presentes en los altares y retablos heredados de los primeros jesuitas.

El conocimiento de los escasos cultores es tal, que algunos artesanos ni siquiera requieren marcar con un lápiz la pieza. Y es que, aseguran estos cultores, la complejidad del oficio del estribero no está tanto en su forma, sino en que el par de estribos, tallados a partir de dos bloques distintos de madera, se vean completamente iguales. Sin ayuda de moldes ni hormas, solo con la agudeza del ojo de cada artesano.

“Me convertí en estribero a los dieciocho años. Aprendí solo, imitando un estribo roto de una antigua montura que tenía. Hoy somos poquitos los estriberos que quedamos, pero siempre va apareciendo algún joven que se interesa por el oficio. Ser estribero, para mí, es tener un conocimiento de vida”.— Carlos Riveros (61), artesano estribero de la ciudad de Santa Cruz, en el valle de Colchagua, Región de O’Higgins.

Fuente bibliográfica 
Para elaborar este contenido fueron consultadas los escritos del viajero y cronista Concolorcorvo, que datan de 1775, citado por el historiador argentino Federico Oberti, y Carlos Riveros, artesano estribero de la ciudad de Santa Cruz, en el valle de Colchagua, Región de O’Higgins.

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