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Tallado en madera Rapa Nui

Dice la leyenda que un día un ariki –miembro de alto rango, o noble en la Polinesia– se encontró con dos aku aku, o espíritus, durmiendo. Al darse cuenta de que el monarca los observaba, los aku aku le advirtieron que no podría decir ni una palabra sobre sus existencias. Sin embargo, cuando regresó a casa, el ariki inmortalizó en madera de toromiro a los dos espíritus: figuras de cara atemorizante, con costillas y vertebras sobresalientes, a los que llamó moái kava kava.

El nombre del mentado ariki es Tu’ u Ko Ihu y los artesanos de la isla lo reconocen como el primer ancestro tallador de Rapa Nui. Es debido a él que hasta hoy se nombra como sabio a todo aquel que posea la capacidad de tallar la madera. El oficio conlleva un gran valor social para el pueblo Rapa Nui, y sus escasos cultores hoy continúan desarrollando su trabajo tal como se hace desde tiempos inmemoriales; pese a los procesos de aculturación que llevó a cabo Occidente en ese territorio, entre los siglos XVIII y XIX.

 Antes del contacto con Occidente, los sabios recolectaban trozos de madera de toromiro y utilizando herramientas hechas de conchas, dientes de tiburón, piedra pómez y pieles de animales marinos para tallar todo tipo de piezas: moáis tangata manu (hombre pájaro), moko (lagartija), reimiro (ornamento que los ariki llevaban en el pecho), y ao y rapa o remos: el primero, usado para demostrar la jerarquía; y el segundo empleado en danzas. Eso pasaba hasta que en 1772 llegó a la isla el almirante holandés Jacob Roggeveen, y con eso creció el interés de flotas balleneras y otras expediciones europeas por estas tierras exóticas.

 

El intercambio de bienes se hizo cotidiano. Los europeos ofrecían piezas de hierro o plata, sombreros y botellas, mientras que los isleños intercambiaban plátanos, agua, pollo y, sobre todo, estas curiosas “estatuillas”. Para el siglo XIX las empresas esclavitas europeas se habían llevado a miles de Rapa Nui a las haciendas del Callao, en Perú. Entre ellos había sabios portadores de su memoria e identidad y, desde luego, se interrumpió la producción de piezas talladas. Además, durante las misiones fueron quemadas decenas de estas figuras idolátricas. En medio de ese clima de vulnerabilidad, algunos talladores escondieron sus piezas en cuevas, y fue a partir de esos tesoros que el pueblo Rapa Nui pudo rescatar estas figuras escultóricas ancestrales.

A fines de los años sesenta, cuando se construyó el aeropuerto Mataveri, la isla de abrió al mundo. Así, los artesanos podían recibir una mejor remuneración monetaria e incorporar nuevas técnicas, conocimientos y materias primas a sus trabajos. 

Para recolectar las maderas los artesanos hoy viajan en avión desde Rapa Nui hasta Tahití, y en un ferri se trasladan al archipiélago de Tuamotu, donde abunda la flora de la Polinesia. Ahí comienza el intercambio con los lugareños. Pisco, mayonesa, leche condensada o herramientas a cambio de matera prima. Con motosierras cortan las maderas, como el mako’i , tou y la preciada puauru. Luego, con una especie de azuela llamada kauteki, se quita la corteza. Finalmente la madera se fumiga, cumpliendo con los requisitos del Servicio Agrícola Ganadero (SAG) para ingresarla a la isla.

Más tarde, en sus talleres desempacan sacos y sacos de madera. Solo con una mirada los artesanos deciden qué tallar en cada pieza, según su tipo, textura y tamaño. Con sus manos hábiles y la ayuda de formones y gubias, tallan y tallan, plasmando una memoria milenaria, heredada de generación en generación por familias talladoras. Moaís Piro Piro, Haka Nanai’á, tangata o, kava kava o tahonga son algunas de sus piezas más conocidas. Sea cual sea la escultura, terminada la obra gruesa proceden a lijarla, suavizando cada centímetro cuadrado de la superficie de madera. El toque final es una capa selladora que le otorga a la figura un brillo único, resistencia y durabilidad; evitando que se quiebre o decolore por la humedad y el sol.   

De los cinco mil habitantes de Rapa Nui, hoy no son más de una decena los artesanos talladores que continúan el legado del ariki Tu’ u Ko Ihu, quienes se preparan todo el año para la fiesta Tapati, cuando comparten y difunden el oficio mediante una competencia. El artesano con mayor talento y rapidez para lograr diseños complejos y de terminaciones finas es el ganador. El premio mayor, eso sí, reconocen, se lo lleva quien con su oficio logre entusiasmar a algún joven, que ayude a perpetuar los conocimientos ancestrales de la madera.

“Como artesanos talladores nos preocupamos mucho de los cultores más antiguos, porque son ellos los que nos han enseñado a conservar nuestra cultura y a traspasarla a los más jóvenes. Somos sumamente pocos, por eso somos súper celosos y nos preocupamos de cada pieza que hacemos. Somos una cultura viva”. —Willian Atán Brant, artesano tallador en madera de Rapa Nui.  

Fuente bibliográfica
Para el desarrollo de este contenido fueron consultadas publicaciones de la antropóloga Javiera Alarcón (Colección de tallado en madera contemporáneo del Mapse-Museo Rapa Nui) y el artesano Rapa Nui William Atán Brant, reconocido en 2016 con el Sello Indígena otorgado por el Ministerio de las Artes, las Culturas y el Patrimonio. 

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