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Bordado

El bordado como oficio tradicional tiene su origen en Chile con la llegada de los españoles. Era una actividad doméstica realizada por las mujeres, como parte de las labores que debía dominar para llevar una casa. Con el bordado se decoraban piezas textiles de la casa. De ellas aprendieron las mujeres que trabajaban en el servicio y el oficio comenzó a propagarse en distintas zonas del país. De ahí que hoy existan tradiciones de bordado muy arraigadas como el trabajo que hacen las bordadoras de Isla Negra, en la Región de Valparaíso; de Huechuraba, en la Región Metropolitana; de Lihueimo, en la Región de O’Higgins; de Ninhue, al centro sur en la Región de Ñuble y luego otras tantas repartidas hasta llegar a la Patagonia con las bordadoras del Baker.

BORDADO

 

El bordado como oficio tradicional tiene su origen en Chile con la llegada de los españoles. Era una actividad doméstica realizada por las mujeres, como parte de las labores que debía dominar para llevar una casa. Con el bordado se decoraban piezas textiles de la casa. De ellas aprendieron las mujeres que trabajaban en el servicio y el oficio comenzó a propagarse en distintas zonas del país. De ahí que hoy existan tradiciones de bordado muy arraigadas como el trabajo que hacen las bordadoras de Isla Negra, en la Región de Valparaíso; de Huechuraba, en la Región Metropolitana; de Lihueimo, en la Región de O’Higgins; de Ninhue, al centro sur en la Región de Ñuble y luego otras tantas repartidas hasta llegar a la Patagonia con las bordadoras del Baker.

El oficio se fue extendiendo porque durante largo tiempo ser costurera era la mejor opción para ganar dinero que tenía una mujer española o mestiza que quisiera trabajar y mantener su honra al mismo tiempo. Por ser considerada una tarea de mujeres, las costureras trabajaron sin grandes restricciones o regulaciones de parte de las autoridades. Encerradas en sus casas o en la celda del monasterio, las mujeres que realizaban labores de manos como bordados, costura o zurcidos, no se exponían a los peligros de la calle y, por lo tanto, no alteraban el orden espacial, social de la Colonia.

Fue por estas razones que el oficio de costureras era bien visto por autoridades y vecinos del Chile tradicional y gozó de popularidad entre las mujeres. Es más, en el siglo XX, en pleno proceso de industrialización, fue uno de los oficios más ejercitados por las trabajadoras industriales.


Una de las zonas reconocidas por su tradición en el bordado es Copiulemu, en la comuna de Florida, a unos 30 km de la ciudad de Concepción, en la Región del Biobío, cuyas bordadoras ilustran la vida de campo con lanas de colores sobre un pedazo de paño o un saco de harina. Representan escenas de la trilla, rebaños de animales y fiestas dieciocheras, usando principalmente la puntada cadeneta, pese a que existen unos 15 puntos diferentes.

Este oficio nació en 1974 por iniciativa de la artista alemana Rosmarie Prim avecinda en la zona, quien incentivó a las mujeres a bordar sus propios diseños, logrando agruparlas y orientar sus productos para una mejor comercialización. Actualmente son casi cincuenta mujeres las que forman parte de la agrupación. Una de las bordadoras, Elvira Muñoz, lo recuerda: “Mi mamita, que fue de las primeras en formar parte del grupo, iba en un comienzo al retén de carabineros a bordar. Ahí se juntaban porque les prestaban una salita. Después, con los años, se fundó el centro artesanal junto al jardín infantil. Aunque las bordadoras trabajamos cada una en su casa, ahí es donde nos juntamos todos los meses para presentar lo que hemos hecho y recibir cada una la plata por los trabajos vendidos a través del centro…cada una tiene su estilo, lo más importante es que los dibujos sean originales y propios…de la imaginación y de nuestra vida cotidiana del campo”.

Este grupo de bordadoras son recordadas por crear en 1987 un gran tapiz papal que se puso de fondo en el altar en la Misa del Mundo del Trabajo que Juan Pablo II realizó en su visita a Concepción. El año 2010 fueron reconocidas con el Sello de Excelencia Artesanía Chile, el máximo galardón a un artesano que entrega el Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio.

En tanto, otra tradición del bordado está en Ninhue, en la Región de Ñuble, cuyas bordadoras plasman sus tradiciones, la naturaleza y la vida de campo en sus tapices, alfombras y animalitos tridimensionales de lana. La historia de las bordadoras se remonta a 1971, cuando una mujer llamada Carmen Benavente, viviendo en Estados Unidos, visita Chile y organiza un taller de bordado para mujeres de la tierra de su niñez. El bordado se convierte en parte de sus vidas, representando una forma de expresión y fuente de ingreso. Algunas obras forman parte de colecciones privadas en el extranjero.

Una de las expresiones artesanales más contemporáneas pero que hoy es considerado un oficio tradicional y que incorpora el bordado son las arpilleras, el que consiste en formar escenas a través de retazos de tela, los cuales se bordan para ser fijados. Esta expresión tiene como antecedente no menor, la obra plástica de Violeta Parra; quien en su trabajo como artista popular, plasmó su mundo interior en telas de arpillera sin tener un dibujo maquetado; al contrario, solo bordaba sus pensamientos y reflexiones. 

De esta manera, el oficio se vuelve una práctica cultivada en diferentes zonas del país, tras el golpe militar de 1973. Ante la necesidad de muchas familias de contar con un ingreso, el Comité de Cooperación para la Paz -años más tarde, la Vicaría de la Solidaridad- realizó talleres para que las mujeres tuvieran un sustento: entre ellos, componer escenas con retazos de tela unidos a través del bordado. En esos dibujos las mujeres comenzaron a contar sus historias familiares, y a nivel comunitario; pero también bordaron escenas de los relatos que no salían en los medios oficiales. De esta manera, el juntarse a confeccionar las arpilleras trascendió hasta convertirse en una catarsis emocional entre estas mujeres. 

Las telas bordadas son un soporte altamente permeable a las emociones de la arpillerista, y por eso su popularidad que se ha mantenido, y que nos permite recorrer la historia de Chile y su gente hasta hoy en día. 

Artesana (retrato):
Rosario Muñoz Gallardo, arpillerista Taller Lo Hermida
(Región Metropolitana)

Fuente bibliográfica: 
Memoria Chilena + Área de Patrimonio Fundación Artesanías de Chile

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