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Sonia Montecino: “No tiene el mismo sabor una cazuela preparada y servida en una olla negra de Quinchamalí que en una olla de aluminio”

Hoy 15 de abril se celebra el Día de la Cocina Chilena. Un día donde el clima loco nos hace soñar con una cazuela calentita, unas lentejas caseras o un estofado de San Juan. Recetas chilenas cuyo sabor, asegura la antropóloga Sonia Montecino, Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales 2013, sería mejor aún si se preparan en una olla de Quinchamalí y se llevan a la mesa en un lebrillo de greda. Defensora de la cocina como un saber lleno de identidad, en esta entrevista Montecino explica cuánto del sabor de la cocina chilena se lo debemos, en realidad, a los artesanos de norte a sur. 


Texto: Pilar Navarrete | Fotografías: Roberto de La Fuente

¿Entre las artesanías ligadas a la cocina, cuáles son tus favoritas?
Para mí el máximo lugar lo ocupan las ollas de Quinchamalí, las fuentes y lebrillos (el recipiente tradicional de greda), así como los pocillos para el pebre.

¿Hay alguna historia o recuerdo que explique ese cariño por ellas?
Tuve la oportunidad de conocer experiencialmente los usos de todos esos artefactos en las cocinas familiares: de mi abuela materna talquina y paterna osornina y conocí la relevancia de cada uno de los utensilios que eran regalados especialmente en los matrimonios casi como un ajuar.

¿Qué oficios artesanos consideras han sido los más emblemáticos a la hora de revolver la olla chilena?
La alfarería como primera expresión emblemática, porque restituye la posibilidad de confeccionar los platos más antiguos de las cocinas chilenas, como las ollas para las cazuelas, los estofados de San Juan, los porotos y los caldillos. Luego, los oficios relacionados con la madera, que se relacionan con las diversas cucharas, cucharones y útiles de cocina de madera, y, en tercer lugar, la piedra, que se relaciona con la necesaria molienda de condimentos y sal, los pebres y chanchos en piedra.

¿Desde cuándo la artesanía ha estado ligada a la cocina chilena? ¿Habría que partir desde más atrás y hablar de la artesanía de los pueblos indígenas en tiempos previos a la colonización española?
Sin el descubrimiento de las ollas de greda las cocinas precoloniales no se habrían desarrollado como lo hicieron, así como sin la piedra no tendríamos harinas y moliendas de maíz y quinoa. La limpieza de las semillas con el uso del llepu y toda clase de canastos para conservar, recolectar y transportar estuvieron ligados a los alimentos. Casi todas las formas artesanales utilitarias nuestras están ligadas a las cocinas. Por ello hablo de la densidad cultural inscrita en esas artesanías que aún perviven, a pesar del snobismo y del blanqueamiento que nos caracteriza. Perviven, obvio, gracias a la pertinacia y orgullo que sienten las y los artesanos por sus creaciones y de los pocos que las utilizan y valoran.

¿Por qué esas artesanías tienen que ser entendidas como expresiones culturales, como un patrimonio material e inmaterial?
El Patrimonio Cultural Inmaterial (PCI) se define justamente como los saberes y prácticas que las comunidades poseen y que les otorgan determinadas identidades. Las artesanías son una expresión de ello: están vinculadas a conocimientos de la naturaleza, técnicas, conjuntos de creencias y símbolos, rituales de producción y uso que dan fisonomías particulares a los grupos que las realizan.

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“Casi todas las formas artesanales utilitarias nuestras están ligadas a las cocinas. Por ello hablo de la densidad cultural inscrita en esas artesanías que aún perviven, a pesar del snobismo y del blanqueamiento que nos caracteriza. Perviven, obvio, gracias a la pertinacia y orgullo que sienten las y los artesanos por sus creaciones y de los pocos que las utilizan y valoran”.
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EL SABOR QUE APORTA LA ARTESANÍA
En los últimos años ha habido una revalorización a la cocina chilena. ¿Consideras que esa valoración ha sido justa con la artesanía?
Creo que estas últimas décadas ha habido esfuerzos y políticas de valoración de las artesanías como patrimonio cultural inmaterial, pero falta aún ligar esos esfuerzos y darles coherencia dentro del conjunto de los patrimonios chilenos.

¿Cómo le explicas a alguien que sabe poco o nada de artesanía cuál es la riqueza de aquella vinculada a la cocina en Chile?
Una artesanía es de enorme riqueza toda vez que hace posible que podamos mantener un lenguaje y un discurso que se relaciona con transmisiones transgeneracionales de saberes y prácticas culinarias. Si amalgamamos esos dos espacios, el de los saberes de construcción de las artesanías y los conocimientos culinarios, podemos apreciar que cuando degustamos un chupe de locos en un lebrillo de greda, por ejemplo, estamos disfrutando no solo de algo que consideramos apetitoso, sino que estamos consumiendo toda una historia de diálogo y aprendizaje generacional.

¿Cuánto de nuestra cocina chilena está ligada a la artesanía patrimonial?
Están imbricadas: no tiene el mismo sabor una cazuela preparada y servida en una olla negra de Quinchamalí que en una olla de aluminio; los sabores son distintos. Por otro lado, el uso de una fuente de greda en un pastel de choclo no tiene las mismas connotaciones estéticas en la mesa. No solo se trata de un modo de cocinar, sino de una puesta en escena de símbolos que hacen que la comida sea un ritual donde nos identificamos y experimentamos un estilo de vida.

¿Qué piezas artesanas te duele que hayan desaparecido de las cocinas chilenas?
En general todo lo que dice relación con las vajillas de cerámica; creo que se debe recuperar la belleza de una mesa chilena donde las preparaciones se sirven en loza artesanal y patrimonial porque eso da densidad cultural a nuestras costumbres culinarias. En nuestros países vecinos, sobre todo del mundo andino, hay una valoración en las élites y en el mundo popular de sus artesanías ligadas a la culinaria, desde los manteles hasta los platos y fuentes.

¿Qué artesanías podríamos volver a usar en la cocina en la vida cotidiana?
Platos y fuentes de cerámica de Quinchamalí o de Pilén; platos de madera y fuentes labradas mapuche; cucharas, morteros… hay una infinidad de artesanías. Rari también puede adornar las mesas o uno puede usar los diversos textiles como manteles. Hay mucho, solo se requiere de una puesta en valor de esos acerbos que poseemos pero  desdeñamos. En la medida en que se re-leen las cocinas chilenas, todos los artefactos y artesanías que las contienen deben ser puestos en las mesas de las casas, de los restaurantes y picadas (eso sí ocurre en muchas). Sobre todo si queremos construir un turismo cultural y culinario relevante las artesanías son parte crucial de ese empeño.

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“Una artesanía es de enorme riqueza toda vez que hace posible que podamos mantener un lenguaje y un discurso que se relaciona con transmisiones transgeneracionales de saberes y prácticas culinarias. Si amalgamamos esos dos espacios (…) podemos apreciar que cuando degustamos un chupe de locos en un lebrillo de greda, por ejemplo, estamos disfrutando no solo de algo que consideramos apetitoso, sino que estamos consumiendo toda una historia de diálogo y aprendizaje generacional”.
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LLEVAR A LA MESA LA RIQUEZA QUE NOS ANTECEDIÓ
Como defensora de la gastronomía como un saber lleno de identidad has alertado acerca del drama que supone la desaparición de ciertos cultivos tradicionales. ¿Es hora de hacer una alerta acerca de la artesanía vinculada al mundo de la cocina rural?
Un llamado de alerta, pero sobre todo un llamado a conocer y valorar. El drama está en la ignorancia de la historia de esas artesanías, en sus procesos de desarrollo y en su incorporación a la estética doméstica cotidiana. No solo se trata de la cocina rural, sino de todas las cocinas que tenemos, la urbana también, siendo esta última mayoritaria. Hay que hacer una “educación” en los gustos y en la apreciación de la hermosura de las artesanías en su gesto de permanecer pese a la abrumadora y popular producción en serie e industrializada.

Si bien hay quienes valoran la artesanía, muchas personas prefieren, por ejemplo, tener un recipiente de plástico para guardar comida o una olla industrial para cocinar. Pareciera verse como “más práctico”. ¿Cómo llamarías a retomar el uso de la artesanía en la cocina chilena? ¿Cuál es la urgencia e importancia de hacerlo?
Las cosas pueden convivir, las materialidades de las cocinas también pueden dialogar. El problema es que nosotros solo tenemos un tipo de materialidad en desmedro del que nos pertenece por cultura. Combinar las artesanías en las cocinas con los objetos industrializados es también un modo de tener presente el pasado con el presente.

Entre otras entidades formas parte del Comité Intergubernamental para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial de Unesco. Leí que por ese rol debes viajar tres veces al año a Francia para conocer cómo los diferentes Estados defienden su identidad. ¿Qué rol le dan en otros países a la artesanía que los chilenos no hemos aprovechado?
Todos los países valoran altamente sus artesanías. Si miras las listas representativas del Patrimonio Cultural Inmaterial mundial podrás apreciar que un alto número pertenece a artesanías de todo tipo: se valoran los bordados, los utensilios, las figuras cerámicas, la confección de instrumentos. Cuando ves eso puedes colegir que nosotros no tenemos en estima nuestros patrimonios artesanales.

En esa misma entrevista comentaste que cuando vas a esas reuniones de la Unesco y observas las cosas que llegan, sueles decir “¡Ay! Si nosotros tenemos cosas tan espectaculares”. ¿Qué ejemplos das?
Hay muchas expresiones de Patrimonio Cultural Inmaterial altamente valorables, solo por nombrar: Quinchamalí, Rari, la loza de Talagante, la artesanía en boqui, en madera, las arpilleras, la textilería (Doñihue como expresión mestiza y todo el caudal indígena), los cantos a lo divino y lo humano, la poesía popular… y así.

¿De qué nos perdemos los chilenos cuando no valoramos tener un vínculo con la artesanía patrimonial?
Perdemos la riqueza de todo lo que nos antecedió. Nos convertimos en una comunidad que vive de cara al presentismo, fatua y superficial, sin una mirada hacia la creatividad popular que es la base de un lenguaje social y de un estilo de estar en el mundo.

 

Radio Alto Biobío da cobertura a cierre de capacitación en Trapa Trapa

Tras la celebración del cierre de la capacitación realizada por Fundación Artesanías de Chile a un grupo de artesanas pehuenches en Trapa Trapa, la directora ejecutiva Claudia Hurtado y la encargada de la capacitación Javiera Beltrán se dirigieron a la radio Alto Biobío donde fueron invitadas a contar detalles del trabajo realizado durante este año, cuyo foco fue mejorar la técnica de tejido en telar pehuenche, específicamente del pelero.

El cierre de esta capacitación -que forma parte del proyecto “Mejora a la empleabilidad de artesanos y artesanas tradicionales de zonas rurales” que la fundación realiza en conjunto con la Subsecretaría del Trabajo-, se enmarca en un trabajo que la fundación está realizando en Trapa Trapa desde 2016. De hecho, esta es la segunda versión de esta capacitación y por ello se trabajó con un grupo de mujeres más jóvenes que en la anterior, con el objetivo de que hubiese un traspaso de conocimiento y, además, que las nuevas generaciones logren cierta independencia tanto comunicacional como de gestión en sus compras de insumos y ventas a sus clientes.

Rogelia Castro, última artesana aymara en ser parte de “Memorias del color 2016”

Por Rocío Hermosilla Z.

Los textiles y el color son el tema del año en el espacio educativo y cultural de la Fundación Artesanías de Chile en el Centro Cultural Palacio de la Moneda (CCPLM), a través de la muestra ‘‘Memorias del color’’, una exposición abierta al público que presenta y caracteriza la textilería Mapuche y Aymara. Tintes vegetales y minerales, el uso de distintos tipos de lana, procesos manuales de teñido, simbología de los diseños, y sobre todo colores, naturales o vibrantes, es lo que se disfruta y aprende en la tienda del menos uno.

Uno de los objetivos de esta exposición es valorizar el trabajo, esfuerzo y la dedicación que las y los artesanos entregan en cada pieza textil que confeccionan de forma manual, usando técnicas que son  centenarias. Frágil, por un lado, y sabio, por otro, la textilería depende mucho de la precisión de la técnica. La sabiduría, en tanto, se encuentra en cada artesano; no existe manual alguno que contenga instrucciones o pasos a seguir de los diseños, o la forma de hacer puntos en el telar, estos insumos sólo se encuentran en los conocimientos de quien entrelaza con las manos.

El blanco, el negro y el café, son los colores base de la textilería mapuche, que utiliza lana de oveja. Tintes vegetales como la cáscara de cebolla o las hojas de té, o los del tipo mineral, como el barro, dan origen a tonos que se contrastan en un telar vertical. El tejido es una actividad exclusivamente realizada por las mujeres y la antigua condición para tejer era estar anímicamente bien, ya que si la tejedora estaba triste o decaída eso se verá reflejado en el producto final. Cuenta una leyenda que a las niñas se les ponía una araña en las manos para que fueran buenas tejedoras en un futuro.

Todas las gamas de cafés, propios del pelo de alpaca, son, por otro lado, los predilectos del pueblo Aymara, los que son dispuestos en un telar de ‘‘cuatro estacas’’, mediante una impecable combinación en degradé, técnica denominada ‘‘Kisa’’. En tanto, los tonos más verdosos son entregados por los arbustos locales.  Pero, en las piezas altiplánicas también existe el color fuerte y fosforescente; el rojo, el fucsia, el verde y amarillo se logran gracias a las anilinas. En el caso del pueblo aymara los hombres también se integran en la textilería, confeccionando tejidos más resistente y gruesos de lo que las mujeres pueden hacer. El trabajo minucioso de los artesanos y la respetuosa técnica hacen de la textilería andina la más compleja y refinada del mundo.

La muestra también comprende la activación de talleres realizados por artesanas autóctonas de ambos pueblos, quienes reciben a cursos de distintos colegios, grupos de adultos o ancianos en la semana y a público general los fines de semana. Ellas enseñan su tradición y ayudan a los alumnos y alumnas de turno a crear piezas simples, las que pueden conservar, encapsulando la experiencia.

Es allí donde Rogelia Marcela Castro Flores, artesana textil aymara de 48 años oriunda del árido Colchane en la Región de Tarapacá, se convierte en maestra y reveladora de parte los secretos textiles que guarda desde su niñez. Rogelia nos compartió un poco de su historia y de su experiencia en el último día que dictó  clases en el espacio de la Fundación en el CCPLM.

 

¿Cómo llegó al oficio que hoy la sustenta? ¿De qué se trata la textilería para usted?

Por herencia, por mis bisabuelos. Esa es nuestra cultura, nosotros vivimos de eso y mi bisabuelita le enseño a mi mamá, y mi mamá me enseñó a mí.  Va de generación en generación esta tradición. Yo aprendí a hilar a los nueve o diez años. Al principio me enseñaron, pero después inventaba o salía de mi mente lo que quería hacer… entonces después voy haciendo más cosas.

Es una cultura que nosotros no estamos perdiendo, esa etnia que nos enseñaron nuestros abuelos  va siguiendo de generación en generación. Yo ahora la estoy dejando y transmitiendo a mis hijos también, para que no pierdan  esa cultura, porque nosotros vivimos de eso, esa es nuestra cultura.

¿Cómo crea sus productos?

Nosotros no tenemos libros ni nada, de nuestra mente y de nuestro corazón nace hacer las cosas.  La cultura aymara tiene distintos colores de la alpaca, entonces  vamos diseñando. Por ejemplo, el café se puede combinar con banco, negro, y así, según las diferentes prendas que tú quieras hacer, vas diseñando con tu mente y nace de nuestro corazón.

¿Cómo llegó a la idea de vender de sus productos?

Muchas veces antiguamente, hacíamos las prendas para puro vestirnos y no teníamos donde vender. Yo no tengo un estudio, entonces en ese momento, como a los 22, vi que llegaban a mi pueblo turistas y me preguntaban qué se trabajaba y ahí me compraban. Ahí vi yo el dinero que recibía de mis manos. En ese momento empecé a innovar las cosas para vender artesanías, ese era mi sustento para mantener a mi familia y sacar adelante a mis hijos para estudiar. Ahora yo vivo de esto, de mi artesanía.

¿De no haberse dedicado a las artesanías cual habría sido su opción?

Siempre tengo la opción de vender mi ganado en carne y en charqui.  Yo también soy ganadera y agricultura de quínoa, sembramos igual que el trigo la quínoa. De la quínoa sacamos todo, el graneado, la cazuela, la harina tostada de quínoa, entonces eso es sustentable también de allá de la cultura.

Rogelia Castro es una de las seleccionadas para participar en la Segunda Feria Nacional de Artesanías, Turismo y Productos Campesinos, organizada por la Fundación Artesanías de Chile a realizarse desde el 28 al 01 de diciembre en la Plaza de la Constitución, convirtiéndose en una de las representantes de la Región de Tarapacá.

¿Cómo nace la relación con la fundación?

Yo conocí a la Fundación Artesanías de Chile en una reunión con una amiga que yo conocía y ahí ella me contó lo que hacían, por eso me contacté. Ellos me pedían una muestra de qué es lo que hacía yo, y yo les mandaba y cumplía. Eso fue como hace siete años atrás.

¿De qué forma ha mejorado sus productos desde que está en la Fundación?

Me hacen capacitaciones, hay un control de calidad, no es cualquier producto el que uno puede vender. Me hicieron un curso de computación para poder escribir y hacerme un correo, y también crearme una página, hace poco me estaban haciendo un curso en Alto Hospicio, para poder promocionar mis productos. He mejorando la calidad de mis productos y he aprendido cosas que nos sabía.

¿De qué manera siente que la han ayudado en lo personal?

Yo recibí un apoyo de ellos, nos preguntaban qué necesitábamos y qué cursos queríamos hacer. Siempre preocupado de nosotros, nos llaman, yo me siento tan contenta porque siento el apoyo.

Ha sido  una ayuda muy grande de acá de Fundación Artesanías de Chile porque me hacen pedidos y me compran.  Me ayudó bastante para pagarla universidad de mis hijos, entonces yo lo valoro mucho y voy innovando para que se vendan mas tejidos.

La población aymara es la segunda etnia indígena que tiene más personas después de la mapuche. Según el censo del 2012, un 11,11% de la población en Chile declaró pertenecer a una etnia, de ésta más de 84% corresponde a mapuches y un 23,38% a los aymaras.

¿Cómo vive su raíz indígena y cómo ha cambiado con los años?

Nosotros en el norte somos unos aymaras que vivimos en el campo, un desierto en el que antes no podías comunicarte. Donde vivo yo no hay luz, ni teléfono, ni agua potable. El agua hace poquito llegó allá donde vivo yo, en Cholchane, y hay luz de cuatro horas no más. Antiguamente no había nada, pero ahora hay de todo. La gente de mi pueblo se siente bien por poder comunicarse, todos ya tienen sus celulares e internet. Pero el aymara siempre está mantenido su cultura y sus raíces, y no está perdiendo esa tradición. Seguimos transmitiendo a los niños y de generación en generación, porque no queremos perderlo.

¿Qué representa en ese sentido tu trabajo de artesana?

Representa a mi cultura. Mi trabajo es mi cultura; artesanía,  agricultura y ganadería.

¿Cómo ha sido la experiencia de ser profesora?

Ha sido bueno, hay gente que está interesada, me han pregunta mucho sobre qué lengua yo tenía, y yo explicaba y le hablaba a las personas. Me ha gustado enseñar y creo que será un aporte para mi trabajo, porque hay otras personas  que quieren aprender y puede ser otro ingreso para mí también.

¿De qué se trata el taller que hizo recientemente?

Les a hacer un pompón andino, que se llama ‘‘Banderilla’’  también, y se le pone al macho alpaca en la oreja. Le damos un cariño y lo adornamos a nuestro animal, porque él nos da nuestra lana, su pelaje, de eso vivimos nosotros, entonces nos encariñamos igual que con nuestros bebés, porque él también siente el cariño de nosotros… entonces él, mientas está comiendo en la orilla de los ríos, se ve que está bien adornado, y se sienten contentos de que los quiere su dueño. Ahora transferimos este pompón a llaveros.

¿Cuál es su objetivo al hacer los talleres?

Entregar esa herencia a los niños…quizás un día no saquen su carrera y pueden hacer artesanías para que se venda y saquen su platita. Me interesa que haya más talleres. Y están interesadas las personas, quieren aprender a hacer muchas cosas.

Si tuviese que elegir una pieza, ¿cuál cree que es la que más representa su cultura?

La tradición: los tejidos hechos en cuatros estacas, no tengo una pieza favorita. Ésa es mi cultura.

Artesano en tallado de madera de Rapa Nui José Luis Teao Lazo

En un rincón de la tienda de Artesanías de Chile ubicada en el Centro Cultural Palacio La Moneda hay un mesón lleno de herramientas, materiales, simbologías rapanui y un ukelele. El responsable es José Teao y con él vamos a conversar. “Para mis amigos y quienes me conocen más mi nombre es Pari”, dice de entrada. La pregunta es inevitable. ¿Conversaremos con José o con Pari? “Con Pari pues mi amigo, por supuesto”.

Nació y creció en la Isla de Pascua, lugar que abandonó a los 18 años para realizar el servicio militar en lo que él denomina “el continente”. “Fue la primera vez que dejaba la Isla y también la primera vez que usaba zapatos”. Hace tres años se radicó en Rancagua y desde ahí llegó la semana pasada para enseñar a tallar distintas figuras de la simbología rapa nui, utilizando moldes para dibujar los símbolos y un partidor para realizar el tallado, junto a Artesanías de Chile.

“Vengan, haré un taller gratuito”, le dice a quienes pasan cerca de donde se encuentra. Entró al mundo del arte rapa nui observando a hermanos, tíos y sabiendo que de esa forma podría honrar a sus antepasados. Cree que para convertirse en un maestro en cualquier disciplina se debe trabajar por cinco años. El lleva 25 haciendo artesanía y eso le entrega una confianza inquebrantable en su trabajo. “Cuando te conviertes en un profesional, en un maestro, puedes imprimirle un sello a tu trabajo. Mis moais tienen orejas curvas, no rectas como las hacen los demás, ese es mi sello”.

Pese a no vivir en la Isla, ha llevado la cultura rapa nui a Rancagua. Ahí tiene “Ko te Pini Rapa nui”, que significa “un rincón de rapa nui”. “Yo vivo de esto, trabajo entre 8 y 12 horas diarias, tengo mi marca registrada, una tienda grande, hago despachos y trabajo con transbank”, dice con orgullo. Desde ahí viaja permanentemente por Chile a través de distintas iniciativas municipales.

Se siente reconocido, pero sabe que no ha tocado techo. “Uno nunca termina de aprender, te sigues perfeccionando día a día. Alguien te puede decir que hiciste algo perfecto, pero uno sabe que hay un detalle, nadie lo puede ver pero uno sabe que está. Esa perseverancia te lleva a la innovación, proceso al que también se llega por accidente. De repente se me rompe una pieza y me enojo, pero un rato después la miro y me doy cuenta de que creé algo nuevo”.

Tahonga, que es el huevo de la fertilidad y Aringa ora, que es un moai que significa rostro de los antepasados, son algunos de los símbolos que los asistentes pueden aprender a tallar. “Estamos trabajando con cuadraditos de trupán, los niños dibujan las distintas figuras con un molde y luego utilizan un partidor para tallar. Cuando terminan les cuento la historia que hay detrás del símbolo que realizaron y como regalo se llevan la pieza para la casa”, cuenta.

Cuando los asistentes son adultos hay un valor agregado. “En esos casos me preocupo de analizar el grado de estrés de cada uno, pues con los 25 años que tengo de experiencia sé que cuando uno trabaja la parte psicomotora fina demuestra el nivel de estrés que posee. En Santiago, donde todos viven apurados, durmiendo con un ojo en lo que harán el día siguiente, con medios de transporte colapsados, el estrés es muy alto”.

Su vínculo con Artesanías de Chile está comenzando y se muestra muy ilusionado. “Yo procuro traspasar mucho cariño, sé que es difícil traer gente desde la Isla y para mí es muy importante estar aquí traspasándole a la gente conocimientos sobre mi cultura, pues abunda la ignorancia y espacios así son muy relevantes, pueden contar con la entrega del Pari”.

De lunes a viernes realiza talleres programados para instituciones educativas, colegios subvencionados, liceos, establecimientos para personas con necesidades educativas especiales y también para agrupaciones de adultos mayores. Durante los fines de semana los talleres son abiertos al público y se realizan a las 12:00 y a las 16:00 de manera gratuita, por lo que se privilegia el orden de llegada.

Este sábado 21 de noviembre estará en estación Quinta Normal realizando talleres en una actividad conjunta entre Artesanías de Chile y Metro de Santiago.

Juan Carlos González Puca Tallador en piedra de Toconao

En un rincón de la tienda de Artesanías de Chile ubicada en el Centro Cultural Palacio La Moneda está Juan Carlos con sus herramientas y trabajos sobre una mesa. Conversa con una pareja de jóvenes que le compran una casita hecha con piedra poma, la materia prima con que realiza su arte. Con una sonrisa cómplice me indica que en instantes conversará conmigo.

Juan Carlos proviene de Toconao, localidad que se ubica a 40 kilómetros del centro de San Pedro de Atacama, en la Región de Antofagasta. Desde ese lugar ha viajado a Santiago, donde estará dos semanas haciendo talleres y mostrando su trabajo. “Para mí trabajar es descansar”, es lo primero que dice, dejando claro que no dejará sus herramientas mientras conversemos.

Cuenta que antes de llegar a Toconao vivió en Calama y Antofagasta y que durante su niñez y adolescencia nunca estuvo ligado a la artesanía. “Llegué a Toconao a los 23 años buscando una mejor situación laboral. Ahí me acogió mi abuela materna y así me ahorraba gastos importantes”.

En un principio trabajó en una cantera sacando loza y materiales para la construcción de casas. Su vínculo con la artesanía se dio de manera inesperada y gracias a otra de las cosas que le gustan. “Me gusta mucho el fútbol y me gustaba llegar un rato antes de que empezaran los partidos para así poder ver qué hacían los otros jóvenes. Ahí me di cuenta de que todos tenían sus herramientas y andaban recogiendo piedras. Me pareció interesante y de a poquito fui aprendiendo”.

En Aguas Blancas, a 12 kilómetros de Toconao, es donde se extrae la materia prima. En ese lugar Juan Carlos catea las piedras blandas, duras y partidas. Escoge las que él considera propicias  y luego vuelve al pueblo. “Una vez en el taller uno tiene que volver a seleccionar, para cortar en forma manual o con máquina según dimensiones. Después de eso me siento cómodamente y empiezo a trabajar según lo que me han pedido”.

En un comienzo se dedicó exclusivamente a la artesanía, pero hoy tiene que realizar otros trabajos para poder subsistir y ayudar a sus 7 hijos. “En los años 80’ tú pasabas por las casas del pueblo y veías a familias enteras trabajando, hoy quedo yo y 3 personas más. La artesanía de afuera es mucho más barata, no se puede competir. Por suerte todavía hay gente a la que le interesa el origen de la artesanía y eso hace que aún podamos existir”.

Sobre su vínculo con Artesanías de Chile señala lo siguiente. “Yo empecé a trabajar con la Fundación este año y estoy muy agradecido porque muchos artesanos vivimos en pueblos que están desprotegidos, a los que nadie mira, por lo que estar aquí en Santiago y que la gente me pueda conocer es algo que me ayuda muchísimo”.

La pieza que más realiza es el campanario, pero no tiene una favorita. Después de todo, cree que lo más importante es lo que le guste a la gente.  “Si a mí me piden algo, yo lo hago feliz. En el taller soy feliz, con los parlantes a todo chancho, escucho harta música tropical”. Hace poco le pidieron 30 antenas como las que hay en los observatorios del norte. “Entiendo que a la gente le gusten porque algo que disfruto mucho es acostarme a ver la estrellas, tal como lo hacen las antenas”.

Como tallador en piedra poma cree que nunca tocó techo, pero con la experiencia que ha adquirido en un poco más de tres décadas como artesano ha desarrollado sus virtudes. “Con la piedra poma se hacen muchas cosas, yo creo que no llegué al máximo, pero sí llegué a la técnica, que es ser capaz de ir a la cantera y entre mil piedras distintas elegir precisamente las cien que te sirven. Voy con mi martillo y voy cateando, sabiendo cuáles son las correctas”.

Según sus propias palabras lo que su artesanía representa es la zona andina de las Regiones de Tarapacá y Antofagasta. Dice que en todos los pueblos uno se va a encontrar con un campanario en el medio de la plaza y que en todas las zonas hay cactus. Asegura que cada artesano debe mantener vivo al pueblo que tiene detrás.

Sobre lo que intenta expresar como artesano es claro. “Yo trato de representar lo que voy descubriendo, porque tenemos mucha riqueza bajo nuestros pies y el hecho de poder darle un valor material a eso me ha permitido crear un gran grupo familiar. La artesanía fue clave en ese sentido y por lo mismo debo agradecerle a la Fundación por permitirme mostrar y vender lo que hago”.

Antes de despedirse aclara que no se puede obligar a nadie a que se interese por la artesanía, pero sí cree  que es necesario acercarla a los niños. Muestra una casita realizada por un niño que estuvo en el taller. “Está mejor que la mía”, dice.

Deja la casita sobre la mesa y cierra: “hay que lograr que las escuelas de todo Chile puedan hacer que los niños vean esto y se interesen, te aseguro que a muchos les motivaría, pero si no lo conocen nunca se van a acercar. Gracias a la Fundación logré sacar personalidad y puedo explicarle a la gente mi trabajo y contar mi historia. Hay que conseguir que esto no se pierda, que crezca. Si me llaman de nuevo para que venga a Santiago voy a venir feliz, me gustaría que me llamen”.

Carolina Huaiquinao Artesana textilera mapuche

Carolina Huaquinao Huichacura es textilera mapuche y nos visita desde Temuco, comuna Padre de las Casas, para realizar los talleres de difusión de oficio en nuestro espacio educativo del Centro Cultural Palacio La Moneda (CCPLM). Ella y su familia son parte de la comunidad Francisco Quereban, la cual está compuesta por 60 familias, más de 250 personas. Carolina tiene 9 hermanos y 2 hijos, quienes se encuentran estudiando en el liceo en Temuco.

“Yo aprendí mirando a mi mamá que tejía en la noche, me quedaba dormida al lado de ella en la ruca. Siempre estaba muy calentito por el fogón, mi familia está ligada a la textilería desde siempre, mis hermanas también tienen este oficio”.

La madre de Carolina, Carmela Huichacura Calfin, tiene hoy 76 años y sigue haciendo algunas entregas a Fundación Artesanías de Chile. Cuando Carolina era pequeña iban juntas al terminal antiguo de buses de Temuco, cada dos semanas a vender sus piezas, lo cual animaba mucho a Carolina ya que “ir a la feria era conocer el mundo y algunas veces me podían comprar algo que yo quería. Había que caminar mucho para ir y lo que más se vendía eran los ponchos con ñimin”; el ñimin son figuras que forman un diseño determinado, identificando a cada una de las comunidades mapuche, éstas pueden ser plantas, animales o la figura del praprawe (laberinto) escalonado y que se relacionan siempre a la mujer y a la naturaleza. Eran tiempos, cuenta Carolina, “donde todo era más precario que hoy en día”.

Los hijos de Carolina aunque estén en el liceo, siempre están pendientes de ella y de su oficio, Carolina cuenta que le gustaría que ellos estudiaran, que llegaran “más lejos” que ella, que el oficio textil fuera algo paralelo a otro oficio o profesión que ellos tuvieran. También cuenta que hoy en día algunas cosas han cambiado para mejor. Por ejemplo sus hijos han aprendido un poco de mapudungún, siendo que antes se castigaba.

Carolina pertenece a la Agrupación Comité Paillanao, la cual se formó hace 30 años en la Casa de la Mujer Mapuche. Desde el comienzo de Fundación Artesanías de Chile, hace 12 años, hacen entregas de diversos textiles de excelente calidad. Son 12 mujeres las que componen el Comité, siendo común que sus maridos, parejas o hijos las ayudan en algunas labores.

Es primera vez que Carolina viene a hacer los talleres al CCPLM, aunque su hermana ya había venidos un par de veces a hacer los talleres y Sylvia, su hermana menor ha realizado talleres en la sede de Artesanías de Chile en Puerto Varas. Sylvia fue también parte de la misión que, junto a Artesanías de Chile, viajó el año pasado a la VI Feria Artesanal Texturas, Colores & Sabores en Quito, Ecuador. En la década de los ’90 Carolina también viajó, esta vez a participar en una exposición de artesanía en la capital de EE.UU., Washington D.C. “Es muy bueno el poder viajar difundiendo nuestra cultura a través de la artesanía, que se sepa que existimos” señala.

De esta experiencia en el CCPLM rescata que la gente se va contenta y agradecida, ella cuenta de su vida y del oficio textil mapuche, y los participantes hacen muchas preguntas. “Yo en el curso muestro con qué hojas y plantas hago los teñidos y también muestro el proceso hasta hacer el telar. Estaré hasta el 11 de agosto aquí, así que hago una invitación a que el público general asista este fin de semana a los talleres ya que es el último que estará aquí”.

Julia Hotus Artesana rapanui

Nacida y criada en la Isla de Pascua, Julia Hotus se vino al continente a los 20 años. Y fue aquí en Santiago donde trabajó junto a la organización Orongo, junto a 5 artesanos más de la isla.


¿Cómo aprendiste el trabajo con conchitas?

La artesanía siempre me llamó la atención, mi madre me enseñó y también aprendí mirando a mis tías el trabajo las conchitas de la isla.

Surgió primero como una necesidad ya que estudié solo hasta 8º básico y luego fue el cariño y todo el éxito que me ha entregado este oficio lo que me instó a seguir, ya que a los chilenos les gusta nuestro trabajo y lo compran mucho.

En la isla la artesanía significa relajación, me siento muy orgullosa de mostrar lo que es el trabajo del caracol en la isla, quienes son parte del regalo que nos hace la naturaleza del mar, es parte ornamental para hombres y mujeres, para verse más lindos en los trajes típicos. Que se une también al trabajo con plumas.

¿Qué relación tienes con Fundación Artesanías de Chile?

Hace muchos años que trabajo para Artesanías de Chile, pero luego perdimos rastro para retomar ahora último. Mi padre Lázaro Hotus tiene 95 años y para el reciente Día Nacional de los Pueblos Indígenas que se celebró en La Moneda, vi piezas en la exposición que preparó Artesanías de Chile que eran de él, realizadas con hueso de ballena, eso me llenó de orgullo, además de saber que estas piezas no estaban a la venta sino que eran parte de la colección patrimonial de la Fundación.

El trabajo que se realiza en la Fundación es de primera calidad, aquí he aprendido el valor de los detalles en la presentación de la artesanía, como también en la imagen general, en la entrega de contenido, no solo del producto, sino de su historia, de la historia de nosotros sus creadores y nuestro pueblo, nuestro entorno.

En este viaje también conocí donde se cambió la Fundación, la casa patrimonial donde están ahora, me alegro que la Fundación esté allí ya que son los rescatan a los mejores artesanos del país.

¿Es importante la artesanía en la isla?

Mucho, por ejemplo para el Tapati, la semana Rapanui que se celebra todos los años, los primero 10 días de febrero, une la gastronomía, el arte, la música, el deporte, las lanzas y la artesanía típica, en convivencia y armonía tanto para los isleños como para los que nos visitan.

¿Cómo ha sido tu experiencia en los talleres del Centro Cultural Palacio La Moneda?

Los talleres han sido muy lindos, es tercera vez que vengo aunque la segunda vez los hizo mi hija Siri Hotus. Ahora eso sí considero que están mucho mejor, ya que hay guías que hacen la introducción al taller y que luego me ayudan con los participantes.
Desde la primera vez fue muy interesante ya que aquí llegan tanto chilenos como extranjeros.

También trabajar con niños es muy bueno ya que así saben el trabajo de la Fundación y aprendan lo que es parte del país y del pueblo Rapanui. También es muy bonito que participen grupos de adultos mayores o los que tienen necesidades educativas especiales.

Estar acá me enseña y potencia que no es solo vender mi artesanía, sino que debe estar presente la preocupación por difundir la historia y el rescate inmaterial.

A la gente le encantan las caracolas, es tan importante la manualidad ya que cada uno tiene sus habilidades, cada uno diseña como más les guste, que el niño haga su propia creación lo pone muy feliz.

¿Cómo se llaman las conchitas con las que trabajas?

Son conchitas y semillas, como los ketekete, los pure (conchitas más grandes), los compipi (caracolas finas), los pipiuriuri (conchitas negras), semillas de ceibo, las caracolas tomotótane y las tomotó vahine.

Maururu Taua ara piri (¡Muchas gracias, nos vemos pronto!)

“La platería mapuche es fantástica” Rodolfo Pichunman, orfebre mapuche

Rodolfo Pichunman vive en una pequeña casa ubicada en la comuna de El Bosque. Comparte el espacio con parte de su familia, en una morada que cubre las necesidades de siete personas además de él. El taller se encuentra en el segundo piso, aunque solamente es una habitación que se ha visto gradualmente invadida por los materiales y herramientas que Rodolfo juntó durante largos años.

Nos ofrece té. Mientras baja a buscarlo al primer piso nos dedicamos a recorrer aquel reducido espacio. Hay una mesa de trabajo con trozos de plata encima. Dos pequeñas ventanas contrapuestas regalan una débil luz, tan cálida y grisácea como el verano que ya se marcha. La radio rellena con una forzada conversación el silencio que ha dejado Rodolfo, el mismo que desaparece en cuanto vuelve a cruzar la puerta con su humeante bebida en la mano.

Los primeros pasos

Rodolfo tiene 43 años y desde hace 13 que trabaja orfebrería. A los 30 años ingresó a estudiar diseño en la Universidad Católica de Temuco. Nos cuenta que allá había un taller de orfebrería y que en ese lugar se involucró con el trabajo en plata. “Me gustó mucho, me encantó, al igual que la cerámica… y al igual que todos los otros materiales” dice riendo. Señala que le parece interesante trabajar manualidades en cualquier elemento, pero que la plata lo cautivó particularmente, tanto así, que hizo su práctica en un taller de trabajo orfebre, intentando observar y aprender lo más posible de aquella experiencia.

Desde eso hasta independizarse pasaron unos cuántos años. El 2008 su madre enfermó y debió volver a Santiago para vivir con ella y cuidarla. Aquella circunstancia le dejó tiempo para comenzar a trabajar en un taller que hasta ese momento no existía. Juntó herramientas de a poco y empezó a ensayar en materiales sólidos los diseños que su mente constantemente creaba. Su madre falleció en enero del 2011.

Los años posteriores a aquel punto de inflexión se los pasó trabajando en metales. Asistió a algunos talleres para mejorar su técnica y comenzó a experimentar con el tallado de madera. “Yo trabajo con madera también. Hago trabajos de orfebrería, madera y la combinación de materiales”. Se reconoce a sí mismo como un reproductor de la orfebrería mapuche y lamenta muchas situaciones históricas que han mermado la preservación de aquella cultura y sus tradiciones.

¿Los diseños en plata tienen algún significado particular?

“Claro que lo hay, pero lo que pasa es que esa información se perdió cuando ocurrió el genocidio y mataron a mucha gente mapuche en los años 70’. La llamada ‘pacificación de la Araucanía’. Toda la gente que conocía los símbolos y tenía esa sabiduría murió. Por lo tanto nosotros nos quedamos sin esa información. Hay muchas cosas de la cultura mapuche que, por lo mismo, aún no se les revela el significado. No hay antecedentes, nadie sabe”.

Rodolfo cree que la platería mapuche es muy menospreciada dentro de las artesanías originarias de Latinoamérica. Nos cuenta que en algunos de los seminarios en que ha participado, la orfebrería mapuche no es correctamente reconocida. “No se habla de platería mapuche. Es como si nunca hubiera existido. El discurso habla de las orfebrerías de otros países y de que acá no hay cultura platera. Pero eso está mal. La intervención en la plata plasma técnicas ancestrales de nuestro pueblo. Los mapuches impregnan su cosmovisión en la plata”.

El presente

Hoy en día Rodolfo se dedica a trabajar en su taller y a hacer clases. Buscó trabajo en varias municipalidades y en Quilicura fue aceptado. Actualmente realiza una clase semanal de tres horas. Se define como un maestro generoso en la entrega de información, puesto que no le gusta que la gente abandone el taller por no encontrar motivaciones.

En relación a la venta de sus productos declara que ejercer la labor de vendedor es muy difícil, porque tampoco posee una gran cantidad de clientes. “Mis compradores son, por lo general, personas conocidas. Gente que le gusta la orfebrería y contactos que he ido haciendo a lo largo de los años. La información de mi trabajo se mueve de boca en boca. Yo soy el encargado de vender mis cosas, de llamar a la gente, de catetear para que paguen. Igual es un poco estresante ese estilo de venta”.

Con respecto a Fundación Artesanías de Chile señala: “Artesanías de Chile es muy conocida entre los artesanos. Yo quise entrar para visibilizar mi trabajo, para que mis productos se conocieran. Para mí era como obtener un reconocimiento y lo logré. Además que conviene porque te pagan rápido y no te tienen tramitando. Eso es bueno, porque lo que más necesitamos nosotros los artesanos es que se pague a tiempo y que además sea por un precio justo”.

Sobre el final vienen las fotografías. Dice que prefiere sacarlas antes que ser apuntado por el lente de la cámara. Mientras es fotografiado nos comenta sobre sus proyectos a futuro, los talleres que hará, las piezas que pretende crear, los fondos que espera obtener. Comenta que las piezas que fabrica en plata son reproducciones miniatura porque no puede permitirse obtener grandes cantidades de material.

Dice que le gustaría tener más espacio, que su taller fuese más céntrico, que Quilicura no quedara tan lejos y que más gente llegase hasta su casa a aprender. Pero se le ve contento. Ha deslizado la idea de que le gusta la gente que es capaz de lograr grandes cosas con pocos elementos. No maneja un gran capital y no lo necesita. Su creatividad y versatilidad convierten aquel taller en un barco que navega a toda máquina.

“Esta es una pega de sacrificio” Francisco Santana, artesano de espuelería

La casa de Francisco Santana está ubicada en la comuna de Conchalí. Él hace espuelas desde el principio hasta el final. Es decir, toma metal desechado y lo funde en un horno casero, lo lanza a la tierra en moldes que ha diseñado previamente y empieza a realizar los dibujos cuando ya tiene el material solidificado. Les lija, les saca brillo y, finalmente, les pone aquel aro puntiagudo que termina de conformar la espuela.

Su casa estaba atestada de diversos materiales con apariencia escombrosa. Llantas añejas, juguetes perdidos, piezas de vehículos, maderas roñosas, metales atemorizados, entre otras cosas irreconocibles. Torres y torres de una realidad que colmaba el patio y que no entendíamos a primeras. Jamás preguntamos por la acumulación de cacharros en la casa. Lo asumimos como normal, casi por una imposición de lo que nuestra noción de cordialidad nos dictaba.

Se acomodó en su lugar de trabajo en silencio, tomó un martillo, un clavo, una espuela en proceso y, sin mirarnos, comenzaron a resonar los golpes sobre el metal. Nos asombramos de la fuerza con la que lanzaba los martillazos hacia el clavo, situación que da cuenta de la experiencia que acumula. Son los años de trabajo los que han hecho olvidar el miedo a reventarse un dedo en un mal cálculo. Ya no realiza malos cálculos.

¿Cuándo comenzaste a hacer espuelas?

“Uuuh, desde cabro chico. Es que esta es una tradición familiar. Mi abuelo empezó con esto. Él trabajó con el papá de Ramón Vinay (famoso cantante lírico) quien comenzó con el asunto de las espuelas en Chillán”.

Además de dedicarse a la espuelería, Francisco es taxista, labor en la que se desenvuelve durante los meses estivales a causa de las bajas ventas de su artesanía. Dice que con lo del taxi y las espuelas le alcanza para vivir, que al fin y al cabo solo queda él junto a su esposa, ya que los hijos han emigrado del nido hace un tiempo.

¿Y tus hijos saben trabajar espuelas?

“No, mis hijos no saben. Más que nada por el sacrificio que involucra esta pega y porque es mal pagada. O sea, a decir verdad a mí nunca me ha ido mal. Ni a mí, ni a ninguno de mis tres hermanos nos ha ido mal, pero esta es una pega de sacrificio, como te digo. Mis dos hijos menores se dedican a arreglar motos, que es lo que les gusta, y mi hijo mayor trabaja en un banco. Les va bien a todos”.

De pronto mira hacia el entorno y repasa cuidadosamente las montañas de materiales que inundan su patio. Nos mira y explica sin que lo esperáramos: “Esta embarrada en el patio me la tienen mis hijos. Tuvieron unos problemas en el taller y me llenaron la casa de cosas. Ahí debajo de esas cuestiones yo tengo mi horno para fundir el metal. Si no estuviese enterrado por ahí te lo mostraría”.

¿Por qué te dedicaste a la espuelería?

“Aprendí por la tradición familiar a hacer esto. Me acuerdo que cuando tenía quince o dieciséis años obtuve una beca y la posibilidad de viajar a Brasil a estudiar lo que yo quería en ese tiempo. Yo quería ser mecánico, me gustaba harto el asunto ese. Bueno, finalmente no me dejaron ir y yo me salí del colegio. Si no podía estudiar lo que quería, ¿para qué iba a seguir estudiando?  Así que ahí empecé a dedicarme en serio a esto, que también me gustaba mucho. Creo que fue para mejor, aunque uno nunca sabe”.

En relación a Artesanías de Chile, nos cuenta que lleva un buen tiempo trabajando en conjunto a la fundación. Dice también que durante varios años ha sido un espacio de venta importante, uno de los pocos que maneja, y que, si bien no le compran todo lo que quisiera, entiende que en Chile hay una enorme cantidad de artesanos que necesitan lo mismo que él.

¿Has enseñado la técnica para hacer espuelas?

“Sí, claro que sí. He trabajado con hartos muchachos acá y les he enseñado a hacer esto. Pero la verdad es que la mayoría se aburre después de un tiempo. Es una pega re fácil de aprender. Lo más difícil es hacer los diseños en la espuela”.

Coloca un trozo de metal sobre su yunque de trabajo y me alcanza el martillo con los clavos que utiliza para dibujar. “Trata tú”. Con timidez intento golpear, pero estoy lejos de poder impregnarle la fuerza que le he visto a él poner en los martillazos. Acabo con el experimento tras golpearme un dedo. “Es cosa de que te acostumbres” dice él.

Tras mostrarnos todo el proceso de creación de una espuela nos invita a un vaso de bebida. Nos sentamos en el interior de la casa y conversamos sobre nuestras vidas. Nos habla de su padre, de sus hijos, nos muestra fotos. Le preguntamos por su esposa. “Ella anda de vacaciones. Está en Ovalle. Que aproveche de viajar no más. Cuando ella vuelva voy a salir yo. Quizás me voy a Pucón o más al sur. El tema es viajar. A mí me encanta viajar”.

Cuando ya ha pasado un rato se ofrece a acercarnos al metro en su auto. “Yo los llevo, súbanse no más. Además en una de esas me sale una carrerita”. Me dice que vaya a la nieve, que aproveche de conocer. Mientras tanto, a mí duele un poco el dedo que me golpeé, pero jamás se lo diría. Llegamos a nuestro destino y nos despide con una sonrisa. “Ojalá le salga un cliente” comentamos al caminar, justo cuando su auto se detiene y sube una señora por la puerta trasera.

“Estoy difundiendo, no rescatando” Leonardo Muñoz, reproducción de cultura atacameña

El departamento de Leonardo Muñoz llama la atención por muchas cosas. Lo primero que saltó a mi vista fue un clarinete descansando sobre una repisa repleta de libros. Había mucho material de lectura repartido por el lugar. Solo revisando la habitación principal se podían obtener datos sobre él y su personalidad, sus gustos e intereses. El Quijote de la Farola (fotografía clásica de la época pre revolucionaria en Cuba) adornaba con gran presencia una de las paredes que quedaban descubiertas. Afiches de encuentros chamánicos revestían otros espacios, así como los vinilos acumulados sobre una vieja estantería colmaban el aire de sonidos inminentes.

Su acercamiento a la cultura atacameña vino por una inquietud musical. De joven, nos cuenta, le encantó la música nortina y se dedicó a explorar sus melodías e implicancias. Hace veinticinco años se unió a una agrupación musical llamada Manka Saya, conjunto donde hasta el día de hoy toca la zampoña y la mandolina. Así se fue sumergiendo en el mundo atacameño, rodeándose de personas que admiraban aquella cultura y viajando a los lugares que habitaron los pueblos precolombinos del norte. En este contexto se aventuró, por hobby, a realizar tallados de figuras que copiaba de antiguos libros.

La reproducción que realiza es de objetos ceremoniales. Particularmente talla tabletas de rapé y todas las piezas complementarias a la función que en tiempos pasados cumplieron. En estas tabletas los chamanes vertían un polvo alucinógeno que les provocaba estados de conciencia con los cuales podían realizar ritos espirituales. El polvo se obtenía desde las semillas de una planta nativa y se molía en un mortero. Se inhalaba con un tubo también tallado en madera, cuya principales fuentes eran el algarrobo, el chañar y algunos árboles amazónicos.

A pesar de ser de Santiago tiene sus raíces en las tierras nortinas. Su madre nació y vivió durante largo tiempo en la localidad de Toco, una salitrera ubicada en un espacio intermedio entre Iquique, Tocopilla y Antofagasta. Dice que esa raíz le cobija a la hora de trabajar con dicha cultura. Fue un libro que encontró por las estanterías de su casa el que encendió la mecha. Siempre ha sido autodidacta. El conocer gente y recopilar material de estudio son los elementos que le llevaron a alcanzar el nivel prolijo que hoy plasma en sus trabajos.

Leonardo lleva diez años tallando. En cuanto a sus ventas, señala que lleva alrededor de cuatro años trabajando junto a Artesanías de Chile y un tiempo similar realizando encargos para el Museo Chileno de Arte Precolombino. “Estoy difundiendo, no rescatando” señala respecto a este oficio. “Me gusta mucho. La parte fome de esto es la parte comercial. Siempre tengo problemas con impuestos internos por la cuestión de las facturas y esas cosas, pero la verdad es que olvido todos esos trámites”.

La confianza en su trabajo la ha ido adquiriendo gracias a la buena recepción de las personas que lo han visto, tanto así, que lo han invitado a participar de diferentes espacios en el continente para exhibir sus reproducciones. “Yo creo que logré alcanzar el nivel de trabajo que esperaba. Ahora lo que más quiero es poder hacer más piezas”. Durante sus tiempos libres se dedica a crear artesanías nuevas, mezclando diferentes materiales y explorando los alcances de su creatividad. “Tallar otras cosas y trabajar con otros materiales me ayuda a mejorar la mano y la técnica” dice.

Nos explica que el proceso de creación tiene muchas etapas. Al momento de recibir un encargo debe investigar en relación a lo que se le pide y realizar un trabajo de observación y aprendizaje antes de tallar. Luego, conseguir la madera en bruto, por lo general raulí, y utilizar la sierra para ajustarla al tamaño necesario. Lo siguiente es tomar el cinzel y trabajar prolijamente la forma y los detalles de la pieza en construcción. La pieza es teñida con extracto de nogal, una  tintura natural que le otorga un color café similar al que poseían las originales. Finalmente las pule y les incrusta las piedras turquesa previamente lijadas y modeladas.

Nos cuenta que le gusta enseñar el tallado, que trabajó en un colegio de educación diferenciada y que la experiencia fue sumamente enriquecedora. Sin embargo, critica la falta de valor que le atribuyen en el mercado al conocimiento que él ha desarrollado, puesto que cuando le quieren contratar para realizar talleres de su especialidad siempre las remuneraciones ofrecidas son bastante bajas.

Antes de irnos nos pregunta, con el relajo que le ha caracterizado, dónde puede ver el producto final de esta conversación. Dice que hace unos meses fueron a fotografiarlo y que nunca le enviaron nada. Esta vez espera que sea distinto. Nos agradece y nos acompaña hasta fuera del edificio, cuidadoso de que su perro no escape. Nosotros dejamos el lugar con la tarea de enviarle todo y emparejar la gratitud.

“Somos una cultura viva” Antonio Paillafil, maestro artesano tallador mapuche

Paillafil se despidió de nosotros con una parsimonia que a esas alturas ya no nos impresionaba e inmediatamente atendió el llamado de alguien que no alcanzábamos a ver. Su figura, o quizás la investidura que le daba la conversación que habíamos sostenido, hacía juego con aquella fachada que escasamente habíamos contemplado antes. Lo miramos caminar directo hacia una esquina y se nos hizo evidente que en los próximos segundos desaparecería de nuestra vista.

Una de las cosas que más impresión me causó fue su equilibrado sentimiento de resignación y molestia en torno a su nombre y a la forma en que el pueblo chileno se lo había deformado. Me había comentado momentos antes que Paillafil Llanquileo era su nombre verdadero, donde Paillafil significa serpiente tranquila y Llanquileo piedra de río. “Nosotros no tenemos apellido, pero cuando me fueron a inscribir en el registro civil la gente occidental exigió que yo tuviese un nombre. Todo fue muy extraño, porque los que eran mis nombres pasaron a ser mis apellidos”.

La gente del lugar charlaba sonriente dentro de la ruca en la que acabábamos de estar, mientras que el sol daba fuertes azotes fuera de ella. La bandera del pueblo mapuche revoloteaba sin patrones. Las cosas tenían sentido, pensé antes de caminar, tanto como la espontaneidad de Paillafil, su forma directa, su solidez, su contundencia, su seguridad y, por sobre todo, su orgullo mapuche.

Serpiente tranquila

Para conversar nos instalamos dentro de la ruca, sentados sobre cualquiera de los troncos que por allí había. No hubo muchos preámbulos. En cuanto se sentó me quedó mirando fijo, como expectante, y yo, que no tenía muy claro por donde sería mejor partir, lancé una tímida primera pregunta: “¿Cómo se llaman los tótems que tallas?”.

“Esas figuras se llaman chemamel o mamelche que significa gente de madera. Che significa gente y mamel madera. En la cultura mapuche puedes leer cruzando las sílabas. Como sea que se pronuncie significa lo mismo”.

Me cuenta que los tótems son figuras astrales que pertenecen singularmente a cada mapuche, en un mundo donde todo tiene que ver con una existencia que supera la materialidad. Dice que su cultura no cree en una muerte tan brutal como la que se suele pensar, puesto que dicho perecer se realiza solo en términos físicos. “Lo único que se muere es la materia. Nosotros sabemos que paralelo a ese tránsito existe una vida espiritual y, por lo tanto, el miedo que la muerte provoca en la cultura occidental, esa idea de que tú tienes un inicio y que tienes un final, nosotros no la tenemos”.

Las maderas que utiliza en sus trabajos pertenecen a árboles nativos distribuidos a lo largo de este suelo. En particular, hace uso del Ciprés debido a su alto contenido resinoso. Me explica que las maderas nobles tienen un gran vigor dentro y fuera de ellas, cualidad que las hace resistentes al sol, la lluvia y el frío. Finalmente agrega con respecto a su trabajo: “Hoy en día no solo hago tótems. Ahora también estoy descifrando la simbología mapuche. Esta simbología es muy sencilla, pero es muy grande y rica en contenido, y tiene que ver con la cosmovisión de nuestro pueblo”.

Resguardando el patrimonio

Paillafil rescata el acercamiento que tiene la gente hacia sus trabajos. Cree firmemente en que hay una necesidad dentro de las personas por conocer otras verdades que superen aquel espacio rutinario que determinan las estructuras económicas regentes. Me cuenta que antes de empezar a tallar una pieza efectúa un rito de purificación, un baño con agua limpia de la interacción humana la cual consigue en alguna cascada del Cajón del Maipo. “Los mapuches vivimos de rituales y por eso no tenemos una semana santa. Para nosotros desde que nacemos, en cada día y a cada hora, todo es santo”.

Me explica que ha trabajado en diversos lugares de Santiago, recorriendo comunas como Peñalolén, Pudahuel, Quinta Normal, Buin, Paine, entre otras. La idea de su trabajo es generar un efecto dominó capaz de combatir el genocidio intelectual que occidente promueve hacia los pueblos originarios. Para él, este ataque se debe principalmente a que los pueblos originarios viven al ritmo de la naturaleza, fuera de la estructura que occidente le ha dado al tiempo en torno a la producción. “Nosotros vivimos en base a un calendario de la naturaleza y del movimiento de la tierra, no del dinero”.

Para Paillafil ambos mundos son muy diferentes. “Los pueblos originarios son únicos porque provienen de una cultura ancestral. Las nuevas culturas son híbridas y no tienen una raíz clara; tienen muchos colores y mezclas y les es difícil saber de dónde vienen. Nosotros en cambio tenemos todo a mano. Nuestra cultura la respiramos, la palpamos, la comemos. Somos una cultura viva”.

Amarra tu bestia afuera y entra

Le pregunto por una máscara que cuelga en la pared. “Esa máscara se llama yankán. Son las máscaras que usan en los rituales en los que se espanta el mal. Todos los seres humanos nacemos con un mal, inevitablemente, porque somos imperfectos. Ese mal nuestro es la envidia. No existe la envidia sana. Uno tiene envidia porque está pendiente de lo que el otro tiene y no está pendiente de lo que uno mismo tiene. Ese mal hay que extirparlo para poder vivir en armonía. Es como se dice en español: Amarra tu bestia afuera y entra”.

Paillafil me cuenta que el pueblo mapuche lleva constantemente una búsqueda que va más allá de lo material. La materia tiene una existencia finita, siendo tan solo una pincelada de tiempo dentro de la gran historia de la eternidad. No hay un eterno retorno, ni una muerte constante con forma de presente, sino que el espacio que ocupa esta cosmovisión trasciende las narrativas tradicionales y fusiona el espacio de lo eterno con todo aquello que lo quiera encontrar. La vivencia es única. Por lo mismo, su búsqueda apunta a estar en armonía con el entorno y eso incluye a los pares.

Eso mismo es lo que vemos en nuestro cuadro final antes de marcharnos. La gente está alegre dentro de aquella ruca, con la misma simpleza que saborearon hace miles de años. Son las mismas personas, aquellas que saben que pueden abrazar la eternidad y prescindir de la banalidad. Paillafil Llanquileo desaparece definitivamente de nuestra vista al doblar la esquina y nosotros, en silencio, emprendemos el camino de regreso a casa.

Nancy Cortínez, artesana en crin de caballo Colores de Rari

Alguien nos comentó en algún momento que Nancy era una mujer sumamente agradable y, a decir verdad, eso nos dio mucha confianza. Su voz al teléfono daba señales de que así sería, de que no teníamos espacios para dudarlo, de que todo saldría bien pasara lo que pasara, dijésemos lo que dijésemos, hiciéramos lo que hiciéramos.

Llegamos hasta la comuna de San Miguel y nos paramos frente a su casa. Antes de que entráramos amarraron al perro que pululaba con timidez intimidante por todo lo largo del patio, esos patios que pueden acoger la aparatosa carrocería de un par de autos o un par de camionetas. El joven que amarró al perro era, según nos enteraríamos más tarde, la pareja de una de las hijas de Nancy, un tipo altísimo y flacuchento con una expresión liviana en el rostro. Buscamos a Nancy con la mirada. No pudimos encontrarla hasta que ella nos encontró a nosotros.

Salió de la casa y atravesó el patio para abrir la reja del portón. Sus saludos y comentarios venían siempre con una sonrisa adjunta, una demostración del derroche de simpatía que nos entregaría minutos después. Cruzamos el umbral de la puerta y nos repartimos por la sala de estar. Dos sillones negros contrapuestos hicieron el llamado a una charla que comenzó cauta y simple, aferrada a la pauta mental que diseñé para obtener lo que quería.

La alegría de la niñez

Nancy Cortínez nació en Panimávida, una pequeña localidad en la Región del Maule, ubicada a unos pocos kilómetros de Linares. Panimávida se sustenta económicamente gracias a la atracción turística que representan las termas ubicadas en el sector. La artesanía en crin de caballo proviene de un pueblito llamado Rari, cercano a Linares y Panimávida, donde desde principios del siglo XIX se desarrolla dicha actividad. Es aquella cercanía entre las distintas localidades nombradas la que volvió el tejido en crin un oficio representativo de la familia de Nancy.

La primera persona en la familia que aprendió la artesanía fue su bisabuela. Los productos significaron siempre un ingreso extra, puesto que la actividad turística del sector propiciaba un tránsito monetario idóneo para las ventas artesanales. Ella dice que aprendió más por juego que por obligación. Las tardes en que su madre y sus tías enfocaban sus mentes en entrelazar y doblar aquellos hilos gruesos y de alegres colores, ella flotaba por el sitio con la ligera personalidad y drástica inocencia que caracteriza a los niños, queriendo jugar a la adultez aunque fuera un instante.

En la actividad se le dio un espacio para la distención y la parsimonia. Aquella bella artesanía, tan ínfima y delicada, encaja irremediablemente con su voz tenue y sus maneras livianas de comportarse. Las primeras producciones propias llegaron en su adolescencia, donde la fineza de sus figuras le significaron ingresos que pintó sobre los demandantes bosquejos que presenta la juventud.

El tiempo le trajo cambios, con esa forma inevitable en que la narrativa que posee vida los trae. Contrajo matrimonio y tuvo hijos. De Rari debió emigrar a Santiago para aportar en la educación de Natalia, hija que nació con sordera y que, por ende, quedaba a la deriva en la menoscabada integración que este país entrega en sus descentralizadas regiones. Bajo la misma premisa debió abandonar la artesanía y concentrar sus esfuerzos en ayudar a su hija, lucha que ha tenido los resultados que ella esperaba.

La mesa inundada

Al preguntarle por los tipos de figura que elabora se levanta y desaparece de la escena por un par de minutos. Sus pasos se oyen más lentos, crecientes y arrítmicos en la lejanía, deambula por su casa, pero también por su historia. Cuando regresa, lo hace cargada con cajas de materiales y productos, ofreciéndonos mirar y tocar lo que queramos. Nosotros no nos atrevemos a tocar.

Marcadores de libros, collares, mariposas, brujas, damas antiguas y ángeles en época de navidad. Explica que elabora los productos según los pedidos de la Fundación Artesanías de Chile y de los clientes que desde hace años le compran. Tras cada pequeña explicación acerca de sus trabajos va dejando ejemplos de los tipos de productos sobre la mesa de centro, la cual se vuelve cada vez más pequeña conforme pasan los minutos. Las figuras que realiza son representaciones de épocas que albergan los cimientos de nuestra actualidad, como las damas antiguas que diseña y que visten los vestidos largos y anchos propios de esos tiempos en suspensión.

Dice también que le encanta enseñar. Cada vez que las complicaciones que representan el tiempo y el dinero no son un peso demasiado importante, se da la tarea de compartir sus conocimientos. “La gente valora más esta artesanía cuando se da cuenta de la inversión que significa”. Los niños son los que más le impresionan, quienes junto a sus juegos y risas ensamblan un respeto hacia el trabajo que le emociona.

Ha realizado múltiples talleres en diferentes lugares del país. Puerto Varas, Linares, Antofagasta y Santiago son algunos de los sitios en los que ha enseñado a tejer. Hoy trabaja en el Centro Penitenciario Femenino de San Joaquín, en una actividad que califica de enriquecedora debido a los intercambios de perspectiva que obtiene de las diferentes historias y personalidades de aquellas mujeres privadas de su libertad ambulatoria.

Una última foto

Los aspectos técnicos e históricos de los que necesitábamos saber de ella quedan al descubierto muy pronto y la charla evoluciona. Sus dos nietos le hacen brillar aún más los ojos, sus hijas le significan aún más sonrisas, su madre, a quien podemos ver en un cuadro colgado en la sala principal, es aún más motivo de orgullo. Pronto tiene que viajar al sur a atender un negocio familiar que nada tiene que ver con artesanías. Parece exigente, pero ella sonríe.

El tiempo llevaba una siesta larga esa mañana y los minutos que duraría esa conversación se transformaron en horas. Ahora estamos más entrados en confianza y no hay artesanía que dejemos descansar en la mesa. No nos quedan dudas de que son bellas creaciones o quizás así nos lo ha hecho sentir. Le pedimos que nos deje fotografiarla trabajando y ella accede. Mientras manipula el crin de caballo con paciencia y elegancia, sonríe como ha sonreído durante toda la mañana. Ese encanto que se encuentra en el ímpetu infantil sigue saliendo de sus ojos, como si desde su primer intento con el tejido no hubiesen pasado ni dos domingos. Y ahí estamos nosotros, viéndola tejer, viéndola sonreír.

“Es una pega sacrificada pero muy gratificante” Guillermo Cisternas, reproducción de mascarones

Los años de trabajo acabaron por convertirse en una manifestación concreta del goce o el padecimiento que significó cada una de las producciones que se posan dentro de la casa de Guillermo Cisternas. Figuras talladas en madera, expectantes, como visitantes lejanos que jamás se irán; mascarones que empapelan las paredes, susurrando tímidamente sus propias historias de nacimiento, y el techo, palpitante y solemne, convertido en una parra que germina ángeles, vírgenes y santos. Cada pieza se mantiene erguida con orgullo, inundando su hogar de diversas narraciones que transforman la visita a su mundo en un auténtico y conmovedor viaje. Su esposa, Fanny Hermosilla, relata a la par cada una de las experiencias que ha tenido que vivir Guillermo para contar con tal patrimonio de artesanías, y se queja, entre sonrisas, de la forma en que su casa ha sido invadida por aquellas creaciones.

Inquieto de ideas

Guillermo relata que desde pequeño fue inquieto de ideas y retraído de acciones. Su padre, de profesión arquitecto, estimuló dentro de su despacho la veta artística de su hijo. Guillermo observaba silente los dibujos que su padre hacía, llenando su cabeza de diseños y de impulsos creativos que se terminarían por transformar en costumbre. A los doce años le regalaron un juego de herramientas para tallar madera junto al cual pasó largas horas. Ese fue el prólogo de su capacidad artesana y de sus peregrinajes.

Me cuenta que todo nació en sus momentos de ocio. El aburrimiento y la inquietud desarrollaron su condición autodidacta, su amor por la lectura, por el dibujo y también por el jazz. Las manualidades siempre se le dieron bastante bien y, aunque comenzó tallando madera, maneja la artesanía en cerámica con gran pericia. Fanny me cuenta que cuando conoció a Guillermo, él se dedicaba a elaborar manualmente diferentes tipos de calzado y, en particular, botas de trabajo. Señala con aires justicieros que fue ella quien le impulsó a utilizar sus habilidades de artesano como una fuente de ingreso real, realizando piezas que realmente le llenaran como persona, independiente de la caída en términos monetarios que debieron aguantar. Guillermo y Fanny lograron soportarlo y de aquello ya van más de treinta años.

El desarrollo de la técnica

Si bien siempre ha sido Guillermo quien se ha impulsado a evolucionar en la calidad de su técnica, también existen momentos en su vida que decantaron en el desarrollo de ésta gracias a espacios particularmente enriquecedores. Tras el golpe militar, me cuenta con una sonrisa que elimina todo lo caótico que debió ser aquel proceso, decidió abandonar el continente. Con el dinero que pudo conseguir en pocos días aceptó la oferta de un amigo de acompañarlo a Isla de Pascua, sabiendo que aquel periplo duraría solo mientras le aguantase el dinero. Entre risas me explica que dicho dinero se agotó en una semana y que, contrario al plan de volver cuando éste se agotara, se quedó allá durante cinco años.

En ese período se las rebuscó como pudo. Se inventó un trabajo como bibliotecario de escuela y posteriormente trabajó como pañol para ENAP. Por una casualidad, terminó trabajando con artesanos Rapa Nui, ayudándolos con sus tallados en Miro Tahiti (la madera de la isla) mientras aprendía sus técnicas y, de paso, perfeccionaba la propia.

El siguiente episodio de su vida tuvo lugar en Isla Negra. Un tiempo después de abandonar Isla de Pascua contrajo matrimonio y se instaló en el pueblo costero. En aquella localidad desarrolló el tallado de mascarones y su posterior producción en cerámica. El trabajo que más le brindó ingresos durante dicho período fue la restauración de mascarones de proa con los que llegaban hasta él los dueños de los barcos. Tras seis años en Isla Negra volvió a la capital a vivir de sus propias artesanías.

Hoy y mañana

Guillermo tuvo un taller en el Parque Mahuida hasta hace un par de años. Hoy, en un momento de su vida en que las circunstancias lo tienen frente a una suerte de crisis financiera, no puede darse el tiempo para hacerlo. A pesar de esto, cree firmemente en que su técnica para ambos tipos de artesanía debe ser traspasada y que, incluso, es su obligación transmitir el legado. Es por eso que enseña cada vez que tiene la posibilidad.

Mientras me explica esto aparece su esposa para decirle que su primer nieto será en realidad nieta. Su rostro se emociona y el tema cambia a sus hijos. Ambos han emigrado del nido hace ya varios años. Tienen estudios universitarios y ninguno practica las labores de su padre. Guillermo los entiende. Sabe que le han visto muchas veces tener que trabajar día y noche para resistir económicamente y que, incluso con el máximo esfuerzo, a ratos ha sufrido los bofeteos de la escasez. “Es una pega sacrificada pero muy gratificante” me dice.

La clientela que tiene es escasa pero fiel. Me cuenta que aquellos que le compran lo hacen desde hace varios años y que, lo que más le entrega dividendos, son sus producciones en cerámica. En cuanto a su relación con Artesanías de Chile, señala que los más de diez años que lleva siendo parte de la red de artesanos y artesanas, le han sido bastante beneficiosos y que, en la actualidad, continúa vendiendo mascarones de cerámica a la Fundación.

Guillermo me ha contado parte su vida con gran soltura. Ahora que nuestra conversación termina puedo afirmar que es un hombre bastante agradable en la charla, al igual que su esposa. La distensión se instala en aquel patio repleto de repisas con figuras por terminar y troncos que serán transformados en cristos, ángeles, lámparas o lo que sea que traigan los nuevos días de verano.

No hay rincón de la casa en el que uno no se tope con alguna pieza. “Hay que tener paciencia con los artistas” dice su mujer. Él bromea con las cumbias que salen de la radio mientras se deja tomar fotos. Se pone la pechera y dice que esas se las hace su esposa. Fanny asiente orgullosa. Mientras me enseña las herramientas que tiene sobre su mesa de trabajo, me doy el impulso para preguntarle sobre el tan complicado e inexistente futuro. Él me responde: “yo creo que nunca me voy a cansar de esto”.

Jorge Pérez y Beatriz Sotelo “Nos sentimos orgullosos de esta artesanía y de nuestro trabajo”

Lo que más me llamó la atención fue lo ceremonioso de su actitud y las extensas indicaciones que me dio para llegar a su casa, tan específicas y bien intencionadas que mi cabeza las iba perdiendo tras anotar un par de detalles sobre cada instrucción. El lugar que dio como referencia el artesano textil Jorge Pérez era una plaza, la única, que había cerca de su hogar. La nostalgia de ver niños y niñas jugando flotaba sobre la insípida sensación que proponía la cancha vacía, la tierra pegada al suelo, y las bancas sedientas de un amor dominical.
Golpeé la puerta y apareció raudo. Su actitud solemne era al mismo tiempo tan liviana que me confundió. Me recibió con una sonrisa en la cara, como gusta que lo reciban a uno en otras casas, y caminamos hasta su taller. Apenas entramos a dicha habitación apareció su esposa, Beatriz Sotelo, y ambos tomaron posición de trabajo. “Esto es lo que hacemos” dijo Jorge mientras el paleteo en el telar llenaba la sala de preguntas.
Doñihue
Los chamantos y las mantas, me explican entre los dos, tienen un gran peso en cuanto a la representatividad. Quienes hacen uso de estas prendas son los corraleros y los folcloristas, donde los diseños y colores de sus vestimentas cargan la identidad de la familia o de la institución que les toque representar. Los competidores, en cada campeonato de cueca o jornada de rodeo, llevan una ornamenta que los diferencia del resto.
La cuna de esta artesanía está en Doñihue. Jorge me cuenta sus recuerdos referentes a dicha localidad, los cuales narra con estas palabras:
“Es un pueblo pequeño a unos 45 kilómetros del centro de Rancagua. Usted rodea por la carretera el río Cachapoal y llega a Doñihue a los 20 minutos de andar en auto. Antiguamente era de calle polvorientas; yo me acuerdo de haber ido a Doñihue cuando no había pavimento, pero sí una chamantera casa por medio. El paleteo se escuchaba desde que usted ingresaba al pueblo. Ahora, en estos días, encontrar una chamantera en Doñihue es muy escaso.”
¿Qué tan antigua es la tradición chamantera?
“Mi abuela aprendió allá en Doñihue. Imagínese que ella nació en 1913 y que en Doñihue ya había varias generaciones de tradición chamantera: la persona que le enseñó a mi abuela, la persona que le enseñó a esa otra persona, y así para atrás. Yo calculo que esta tradición debe tener fácilmente unos doscientos años”.
Beatriz complementa:
“La artesanía chamantera viene de la artesanía de los mapuches y de lo que ellos hacen en sus telares. Según sabemos nosotros, la técnica del chamanto la perfeccionó una ciudadana francesa. Ella trajo hilos más finos y empezó a cuidar más los detalles. Comenzó a poner diseños en las telas, como flores y colores que fuesen más representativos de quien hacía la manta o de quien la usaba”.
Ambos disfrutan explicando lo que hacen. Tienen sus telares para repasar con detalle los conceptos que no alcanzo a comprender. Nos reímos entre medio. Cuentan la historia de sus vidas con una alegría que contagia. Jorge es quien ha heredado la tradición y Beatriz la ha recibido como dote desde su matrimonio. Él lleva más de treinta años y ella casi 20, pareciera que aún les queda mucho tiempo más.
La importancia del patrimonio
Empapado del sano entusiasmo que han demostrado con respecto a su oficio, les pregunto si están dispuestos a enseñar la técnica a alguien más. Jorge apunta con un ademán los otros dos telares en la sala, esos que están desiertos y que no utilizan ni él ni su mujer.
“Claro que sí. Esos telares que usted ve ahí los usan un matrimonio joven que trabaja con nosotros. Ellos se acercaron y tuvieron la disposición de aprender. Ya llevan como seis meses trabajando aquí. A todas las personas que estén interesadas yo estoy dispuesto a enseñarles.”
¿Le parece importante conservar la tradición?
“Por supuesto. Y mantenerla tal cual se me enseñó a mí, sin alterar los dibujos ni hacer inventos que echen a perder las piezas. Hay que preservar los detalles porque si no la artesanía se muere.”
Jorge hace una demostración con la paleta, la cual me ha dicho que se fabrica de corazón de espino, madera noble nativa de nuestro país y que tiene la resistencia necesaria para dar golpes fuertes que afirmen el tejido. “Si uno no golpea fuerte, por ejemplo, el chamanto se le puede desarmar después” dice mientras retumba un mazazo en el telar. Beatriz toma la palabra.
“Ha habido otros estilos de tejido. Mi suegra vio un tejido liso y firme, el llamado chamanto con crescidura, y que hoy en día nadie sabe hacer porque nadie lo enseñó. Mi suegra no tuvo la oportunidad de aprender y, aunque lo vio, no sabe cómo realizarlo. Esa técnica se perdió en el tiempo”.
Jorge agrega: “Hay mucha gente que ha pasado por acá para aprender y yo siempre estoy dispuesto a compartir lo que se”.
Jorge y Beatriz dicen que muchas veces llega gente con ganas de aprender y que muchos de ellos se aburren rápidamente. Explican que el trabajo chamantero involucra muchas horas de actividad, que ellos comienzan a trabajar a las nueve de la mañana y que a veces terminan su jornada pasado de la medianoche. Tardan meses en hacer un chamanto y el cansancio de aquello se acumula con los años.
Su tiempo con la Fundación
Jorge trabaja con Artesanías de Chile desde que la fundación existe. En sus palabras, explica que el trabajo con la fundación le resulta bastante funcional: “Ha sido beneficioso y estoy muy conforme. Además del par de mantas mías que tienen en exhibición, ellos me ayudan bastante con la labor de venta. Nosotros pasamos mucho tiempo trabajando en las piezas, por lo que salir a ofrecer y vender el producto es muy difícil. A veces voy a rodeos para ofrecer mis chamantos y eso sería todo. Así que me resulta una ventana súper buena. La Fundación, junto a las recomendaciones que hacen los clientes que quedan satisfechos, son mis únicos canales de venta”.
La manta que tienen en el museo es de 1996. Aquella pieza fue comprada por la red de artesanos, quienes de paso le invitaron a formar parte de ella. La Fundación Tiempos Nuevos compró el chamanto con la promesa de volverlo parte de un museo itinerante. El tejido de Jorge continúa formando parte del actual espacio que Fundación Artesanías de Chile tiene a disposición del público en el Centro Cultural del Palacio La Moneda.
El futuro
“Lo bueno de esto es que, aunque se maneje la misma técnica, ningún trabajo queda igual al otro. Los detalles son tan pequeños que no se pueden notar, pero para nosotros, que llevamos años, nos parecen evidentes. Uno a veces se equivoca sin querer y tiene que solucionarlo. Ahí se va creando lo único de cada pieza”.
Les encanta trabajar juntos y administrar sus propios tiempos. Lo único que lamentan son las vacaciones, las cuales no se dan nunca por su devoción al trabajo y lo demandante de este. A pesar de eso les gusta lo que hacen y saben que lo hacen bien. “Nos sentimos orgullosos de esta artesanía y de nuestro trabajo” dice el siempre sonriente Jorge.
Antes de irme le pregunto si seguiría en esto mucho tiempo más. “Si mi vista y mis manos no me fallan, voy a seguir en esto hasta que me den las fuerzas. Con esto, mi mente se mantiene activa y además hago ejercicio. Imagínese que mi mamá tiene setenta y tantos años y sigue paleteando”.
La despedida en la puerta fue menos ceremoniosa, pero no menos liviana. De ahí la caminata hasta la plaza, con los niños que no estaban y las bancas vacías. Ya no se veía tan desolador como al principio y no porque algo hubiese cambiado. Quizás había más luz que antes o, definitivamente, era una señal de que la nostalgia que flota nunca se encuentra afuera de uno.
Periodista: Alfredo Rojas
Fotografía: María Paz Arias

Entrevista a Jorge Monares, artesano en cobre “Soy una persona privilegiada”

Jorge Monares es artesano del cobre y trabaja junto a Fundación Artesanías de Chile desde hace más de una década. Su casa, ubicada en la comuna de Estación Central en Santiago, esconde a gritos la euforia de la celebración íntima. Sus trabajos son dignos de elogios y así lo señalan los reconocimientos y premios que ha obtenido: Premio a Maestro Artesano el 2013, otorgado por el Consejo de la Cultura y las Artes, y el Sello de Excelencia a la Artesanía el 2011 entregado por el mismo organismo.
¿Hace cuánto trabajas como artesano del cobre?
Hace unos 35 años, más o menos. Yo trabajo desde los 17 años y tengo 56 así que sácate la cuenta… serían una buena cantidad de años.
¿Cómo empezaste en el oficio?
Mi papá trabajaba en cobre y yo terminé cayendo en el taller. Le ayudé con el trabajo para levantar el negocio, porque estaba bien de capa caída el asunto de artesanía esos años. Yo entré por ahí por el 70 y tanto, en que las cosas comerciales no estaban muy buenas. Ahí me dediqué más que nada a hacer diseños y a aprender a usar las herramientas. Trabajé con mi papá unos 8 años y después por asuntos económicos tuve que salir del taller. Así terminé independizándome.
¿Todo lo que está aquí lo diseñas tú?
Claro, todo. Yo aprendí en el taller de mi papá. Aprendí a usar el martillo, un poco los cinceles y ese tipo de cosas. Como a mí me gustaba el dibujo, entonces me dediqué a diseñar y a hacer cosas. Y buscando novedades, tratando de abrir un poco el mercado para poder subsistir, es que me puse a hacer cosas distintas.
¿Qué tipo de piezas fabricas?
Hoy en día estoy haciendo nacimientos y ángeles, que es lo que me compra Artesanías de Chile. También hago joyería, cincelado, piezas únicas, máscaras; una gama grande de productos.
¿Cuándo te diste cuenta que te dedicarías a esto definitivamente?
Yo creo que a todos nos pasa que estudiamos y no sabemos qué vamos a hacer después de salir de cuarto medio. A qué me voy a dedicar, qué me gusta realmente. A mí la verdad es que las circunstancias me hicieron llegar a esto. Me casé muy joven y me puse a trabajar con mi papá. La situación estuvo mala y me tuve que separar del trabajo con mi papá, busqué trabajo en otra cosa, jamás encontré trabajo. Yo venía ya con dos hijos ¿cachai? Entonces había que buscar la forma de hacer lucas. Entonces me dije: si me tengo que dedicar a esto, tengo que hacerlo lo mejor posible. Y ahí me metí con todo y no salí más. Y meterse con todo es tratar de ser de los mejores. Y ahí que empecé a tener todos los diseños que tengo. Todo lo que sale de estas manos es diseñado por mí. No hay nada copiado. Eso me ayuda a abrirme las puertas, porque desgraciadamente no todos los artesanos tienen la habilidad de dibujar y ser diseñadores.
¿Dónde vendes tus productos?
En Artesanías de Chile y en algunas tiendas de artesanías que van quedando en Santiago. Tengo poca clientela. Aquí en Santiago debo tener unos 3 o 4 clientes, algunos fuera de Santiago, y eso. La ventaja de no vender tanto es que mi producto no se hace tan masivo, aunque hoy en día ya hay varios que están tratando de copiar mis cosas, gracias a Dios no con la calidad con que las fabrico yo.
¿Qué te llena más de este oficio?
Es lo que me gusta hacer. Por lo demás, es tanto el asunto que por ejemplo, en cuanto a este trabajo, son cosas que nadie más las hace: la forja en cobre, levantar un disco, hacer una pieza. No hay nadie que la haga. Entonces esas cosas me dan satisfacción, por lo que he logrado.
¿Pretendes enseñar la técnica a alguien?
Sí. Tengo que enseñarlo porque esto no lo sabe nadie. Yo tengo videos de cómo hacer los trabajos, tengo fotografías de cómo se realiza, pero no tengo a nadie aún metido aquí en el taller aprendiendo. Es complicado enseñar aquí porque es pequeño y los vecinos se pueden molestar por el ruido. Entonces por ahora no tengo las condiciones. Pero de que más adelante lo quiero enseñar, sí.
Y trabajando en cobre vas a seguir hasta…
Ya quedé amarrado con esto. ¿Qué hago? Tengo 56 años, ¿en qué puedo trabajar? En esto hay que morirse con las botas puestas. No puedes hacer otra cosa. Yo he hecho esto todo la vida y, de partida, no me veo con jefe; no podría soportar un jefe. Además que tengo la libertad de hacer lo que yo quiero. Yo creo que soy una persona privilegiada que trabaja en lo que le gusta o que hace lo que le gusta. Muchos trabajan, pero lo hacen por la necesidad y no porque les guste realmente lo que están haciendo.
Y como esto me gusta, pretendo seguir muchos años más. Tengo que morirme trabajando en esto, no puedo hacer otra cosa tampoco. Por ahí va el cuento de poder enseñarlo más adelante. El trabajo te va pasando la cuenta y ya los brazos no los tengo como antes. Entonces físicamente los músculos se van resintiendo y ya no se puede rendir como se rendía antes. Y ahí hay que ir bajando y ver cómo te seguís ganando la vida después. Es así el cuento.